Mc Gahern, John: La oscuridad.

La novela La oscuridad, del escritor irlandés John Mc Gahern (1934-2006), plantea el eterno problema del adolescente frente al umbral de la adultez, focalizada en un muchacho de origen campesino enfrentado a la difícil tarea de decidir su destino, desde su precariedad provinciana.

Por cierto, la novela recuerda tantas otras que han tratado el tema, pero particularmente  El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, por la diametral diferencia socio-económica existente entre ambos personajes. Una diferencia que bien viene a enseñar dos caras de una misma realidad. En Salinger nos enfrentamos a un adolescente de clase alta, despreocupado, irresponsable  y desenvuelto. En La oscuridad, nos hallamos frente a un adolescente de clase media, responsable y consciente de sus obligaciones no sólo escolares, sino también familiares. Es el primero de su clase y debe ayudar a su padre agricultor a sembrar y cosechar las papas que son el sustento de la familia.  Esta diferencia, marcada acaso por la condición económica,  induce a preguntar hasta qué punto la situación económica libera a los jóvenes de sus problemas existenciales, sin hallar mayores diferencias. Indudablemente, el adolescente de Gahern es un joven más consciente y responsable de su existencia, en relación al personaje de Salinger, pero ninguno de los dos parece libre de las más profundas preocupaciones que asisten a los jóvenes de todos los tiempos.  Ambos nadan igualmente en el mar de la incertidumbre, buscando consciente o inconscientemente el punto de apoyo en sus padres, o en personas pertenecientes a una generación anterior a la suya, pero solos decidirán finalmente su propio camino.

La novela de Gahern sondea además la cuestión religiosa, las clásicas dudas y creencias del joven perteneciente a una sociedad de tradición religiosa, como lo es sin duda la irlandesa, y nos permite adentrarnos en un viejo asunto que la literatura de otros hemisferios ha dejado siempre al margen. El sacerdote Gerald,  primo de su padre, intentará inducir al joven adolescente por el camino del sacerdocio,  pero sorpresivamente se hallará frente a un joven resuelto y seguro de sí mismo para negarse, tras el claro descubrimiento de su sexualidad que lo lleva a soñar y desear relaciones prohibidas en el sacerdocio. Hay aquí, desde luego, un cuestionamiento soterrado al celibato católico, que viene acaso a explicar o denunciar una de las causas principales de la falta de interés de los jóvenes en el camino del sacerdocio. Una inquietud que indudablemente está latente en una sociedad de profundas raíces religiosas, y a la que el joven Mohoney –en ese sentido- muy bien representa, porque las vive en carne propia.

Sorprende en la novela la relación entre padre e hijo, y deslumbra al igual que en la obra de Salinger, la relación de amistad y confianza existente entre el protagonista y su hermana. Hay allí una complicidad que habla muy bien del amor familiar, como eje fundamental y ejemplar en una sociedad sana. Los  hermanos se entienden, pertenecen a una misma generación, y perdonan con humor y sarcasmo los exabruptos del padre, porque saben de sus dolores y sufrimientos, aunque al principio no lo entiendan y lo detesten por sus continuos reclamos. El viejo Mahoney es viudo, y lleva la carga de los hijos a quienes debe alimentar, y a pesar de refunfuñar por el peso que lleva encima, hace su tarea, cumple sus obligaciones de padre, y llega a sentirse orgulloso que su hijo sea un alumno sobresaliente en la escuela, y adelante a los hijos de los más ricos en los estudios. Patrick terminará sus estudios escolares como alumno sobresaliente, ganando una beca para la universidad. Y hasta allí lo acompañará su padre,  sin negarle la libertad para tomar la beca, aunque para el viejo Mahoney signifique perder en casa a su brazo derecho en las tareas del campo

La oscuridad, de John Gahern termina siendo un camino hacia la luz, tras la descripción de un joven adolescente resuelto a decidir su destino, a pesar de las dificultades y tristezas que lo embargan. Es decir, no hay aquí la clásica y eterna lamentación del antihéroe moderno que busca a los culpables de sus desdichas para sindicarlos, y sobre todo justificar sus propios problemas, sino el joven desenvuelto capaz de sobreponerse a ellos para seguir avanzando, buscando la luz.

“Yo hubiera sido mejor de haber vivido tu madre. Un padre no sabe mucho de la casa. Pero sabes que, no importa lo que pase, tu padre te ama. Y que, sin importar lo que pase en el futuro, seguirá amándote”. Quizá sean estas palabras, dichas por el viejo Mahoney, las que le han dado el valor al joven Patrick, porque si bien no las dice al comienzo del relato, es un hecho que están inscritas en muchos de los actos que han marcado la convivencia entre ambos.

Miguel de Loyola – Santiago de  Chile – marzo de 2012

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