Robert Graves, La guerra de Troya.

La guerra de Troya del escritor inglés Robert Graves (1895 -1985), nos sitúa en un acontecimiento histórico de profundas connotaciones culturales, acaso en el sustrato de toda fantasía del mundo antiguo que aún pervive en el imaginario de cualquier lector como hecho determinante. Desde luego, nos remite al imperio griego, a la grandiosidad de una cultura que muy tempranamente abordó todos los temas de la humanidad, gracias a sus filósofos, dramaturgos e historiadores, gracias al desarrollo y esplendor de una civilización todavía sorprendente en nuestra época,  perdida en el túnel del tiempo a más de dos mil quinientos años de distancia. Bien podríamos sacar lecciones muy importantes para nuestros días, cuando todavía en nuestra era se persiste en controversias semejantes a la de griegos y troyanos. Bien podría ser ésta, la guerra de Troya,  un espejo de la historia de la humanidad, donde la ambición, el deseo y la soberbia todavía se impone por sobre la razón. Por esa razón que indica siempre que es mejor hacer la paz.

Robert Graves, recrea magistralmente y en muy breves páginas el conflicto, perfilando a cada uno de los actores que tomaron parte en una guerra que tardó diez años, hasta la victoria final de los griegos y la correspondiente destrucción de Troya, gracias a un ardid. Y aquí debemos poner mucha atención, porque caballos de Troya se siguen construyendo a diario a fin de destruir, y rara vez construir. El ardid de los griegos esconde verdades muy profundas, tales como, cuando no se puede vencer al enemigo por la fuerza ni por la razón, el único camino es el ardid, el embuste, la mentira. Vemos aquí como a través de la mentira, los griegos consiguen instalarse en medio de la fortaleza troyana, engañando a sus enemigos y tomándolos por sorpresa desde el corazón mismo de su imperio. El ardid, el embuste, el engaño, ha sido el arma secreta más segura para hacerse del poder, y en el futuro de la historia de la humanidad, veremos repetirse una y otra la misma estrategia, ante el estupor, o mejor dicho ante una falta total de reacción, anestesiada por el embuste.

 En la Guerra de Troya aparecen perfilados los grandes héroes de la mitología griega, los más notables guerreros, y también los más ambiciosos. Aquiles, Agamenón, Ulises, Menelao, Gran Ayax , Héctor, París, Priamo… Y las mujeres, las mujeres más simbólicas, Helena, Clitenmestra,  Casandra, Polixena… Son muchos los personajes recreados en la historia, y todos cargan un símbolo, representan algo todavía más importante que la historia misma. Sin duda el lector tomará partido por más de alguno de los involucrados en un conflicto en principio amoroso, pero evidentemente de grandes intereses económicos. Troya en el mundo antiguo, gobernaba la salida al Mar Negro. Por tanto constituía un punto estratégico para cualquier imperio.

En La guerra de Troya, asistimos a un concierto de intrigas mitológicas, donde los dioses determinan la guerra misma, tomando partido ya por griegos o troyanos, interviniendo con sus poderes en  el curso de los acontecimientos, fortaleciendo a unos y debilitando a otros, enseñando sus atributos mágicos y por sobre todo sus simpatías y antipatías, tan humanas como las nuestras, transformándose en metáforas alegóricas de nuestras propias miserias. Zeus, Hera, Afrodita, Ateneas, Apolo, todos los dioses involucrados como en un juego macabro, haciendo de los combatientes títeres manejables por el poder de sus propios caprichos, de ese gran poderío alegórico que representan, enseñando así la inconsistencia, o bien la estupidez de las pasiones humanas, idénticas a las de los dioses.

El motivo de la guerra, sabemos, es en principio amoroso. Helena  abandona a su esposo para irse con Paris. Hay aquí, desde luego,  una cuestión  de sumo interés, y también de  muchas lecturas, en parte viene reflejar el significado dado a la mujer en la mitología griega: un mal hermoso, creada por Zeus para apaciguar el espíritu belicoso de los hombres. Pero en la realidad no hay tal, si aceptamos la tesis de que la causa de la guerra de Troya fue el amor de Helena y Paris. Muy por el contrario, chocamos con ese amor como la causa de la misma. Bastaba devolverla a Menelao, para que la guerra llegara a su fin. Es preferible entonces optar por la metáfora de lo que esta guerra representa, considerándola una fábula de los verdaderos intereses que hay detrás. Ya lo dijimos, económicos y estratégicos, como todo conflicto militar. Grecia necesitaba de aquel punto para el dominio de su imperio marítimo.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Marzo del 2012

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Un comentario en “Robert Graves, La guerra de Troya.

  1. Me agrada la comparación que haces sobre los verdaderos motivos que urdieron esta gesta del pasado y cómo, en la actualidad, eso se sigue practicando soterradamante, sin que la cantidad de personas que caen y caen en esos ardides merme, a pesar de la modernidad.

    Los embustes, la estrategia cerebral, libre de emocionalidad, sigue en “jauja” desde uno y otro lado.
    La credibilidad del inocente, del iluso o de los que poseen pocas armas en el conocimiento, es usada y arrasada sin compasión por los engañosos rostros de quienes persiguen sus propios fines.

    ¡Qué mejor que urdir toda una metáfora al respecto! Tal como ayer, singulares caballos de Troya atraviesan las paredes de la desconfianza a diario, sin otra meta que destruir o sacar partido de quienes creen…en la bondad del obsequio, en la oportunidad brindada, en lla sinceridad del abrazo de saludo, en la falsa alabanza, en muchos casos vertida de por la boca de (tal como en la antiguedad), una bella maldad*.

    Puchas que eran sabios en muchos aspectos los griegos!
    Bien lo recrea Robert Graves,
    Claro lo expones tú, y largo lo comento yo, mientras rondan mi cabeza unos “inofensivos” íconos new age.

    * Qué de misógenos estos griegos!

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