La culpa, cuento de Miguel de Loyola

Paola me llamó por teléfono el martes preguntándome por un cenicero. Al principio pensé que me estaba tomando el pelo. Pero ella no se demoró ni medio minuto en aclarar que el asunto iba en serio. El cenicero de cristal que se llevaron ustedes cuando estuvieron en mi casa el lunes, afirmó en forma categórica desde el otro lado de la línea, con una voz que denotaba molestia, malestar, rabia, enojo… Mi vieja casi nos mata, continuó después en tono un poco más condescendiente. Si hubieran visto la cara que puso cuando se dio cuenta que no estaba en la mesita de centro donde suele estar regularmente, se habrían espantado como nos espantamos nosotras de verla transformada en un energúmeno. Se trata de un recuerdo, además, bastante valioso, por si no lo sabían…

En tanto yo continuaba en la luna, bajando muy lentamente hacia un planeta llamado tierra, donde suelen aterrizar los cuerpos cuando entran a la atmósfera. De esa manera le quedó claro que no estuvimos solas esa noche en casa, que tuvimos visitas y todo eso. Tuve que decirle que habías venido tú y unos amigos tuyos. Ese tú, pronunciado por Paola, encendió mi rostro de rojo en forma automática, comencé entonces a sentirme culpable, culpable de la desaparición de un objeto valioso… Yo no tengo nada que ver, repliqué sin pensarlo, sintiéndome horriblemente salpicado por el rubor de los semáforos. ¿Quién fue?. Necesito saberlo. Tienes que decírmelo, Bernardo. Mi vieja nos dio plazo hasta el viernes para recuperarlo.

Por supuesto, no supe que contestarle a la mina. El cuento me caía como balde de agua fría. Permanecí en silencio por largos segundos, demasiado asombrado de la situación. Sintiéndome culpable, a pesar de no tener la menor idea del cenicero en cuestión. Luego, en vista de mi silencio, Paola colgó.

¿Lo sacaste tu Roberto, o fue el ocurrente de Sergio el que esa noche se lo metió al bolsillo antes de salir de la casa? Pregunté por teléfono a Roberto apenas logré comunicarme.

A mí que me registren, contestó Roberto. No tengo idea, continuó. Ni siquiera lo vi. Entonces estamos hechos, repliqué, porque Paola comentó que su vieja era perfectamente capaz de ir con el cuento completo a la policía. Que vaya la vieja, contestó Roberto, te apuesto a que no le dan ni la hora. En todo caso, llama a Sergio, puede que  sepa algo más. Llámalo tú, le dije a Roberto, mientras yo llamo a Marcelo.

El caso es que ninguno confesó haberlo visto. Para mí que la vieja está loca, fue el comentario de Sergio cuando nos encontramos los cuatro en su casa para hablar del tema. Apuesto a que se lo llevó su amante, argumentó entre risitas Roberto. Y no es chiste, compadre. De su casa he visto salir a un tipo alto que no se parece mucho a su marido que digamos. Déjate de joder, Paola está muy asustada, comenté. Necesitamos hacer algo. ¿Están seguro que ninguno lo vio?, insistí. ¿Qué le voy a decir cuando me llame de nuevo?, alegué. Dile que no lo tenemos, eso es todo lo que tienes que decir a menos que quieras voluntariamente echarte la culpa de algo que no hiciste, contestó irónicamente otra vez Sergio.

Llamé a Paola el martes, le dije que ninguno sabía nada del mentado cenicero. No puede ser, contestó. No puede ser, Bernardo, alguno de ustedes tiene que haberlo tomado ese día. Hablaba casi con desesperación. Dame el número de Sergio por favor, me rogó. Se lo di sin pensarlo un minuto. Lo voy a llamar ahora mismo, dijo y colgó.

Mientras suponía que Paola estaba comunicándose directamente con Sergio, volví a llamar a Roberto por el mismo asunto. Ándate a la cresta, me contestó. Comenzó entonces a entrarme el indio. A los tres pelotas los había invitado yo. Ninguno de los tres cerdos conocía a Paola ni a su hermana Alicia, menos aún a su familia como yo, por eso me sentía más involucrado y hasta responsable del problema. Un cenicero es un cenicero, claro. Pero cuando se trata de un cenicero de cristal, cambia la cosa. Esos todavía no los venden por kilo los malditos chinos. Además estaba el hecho en sí, que resultaba bastante más terrible que la desaparición de un simple cenicero. Comencé entonces a rascarme la cabeza a ver si en una de esas podía dar con el sospechoso. Roberto podía ser, desde luego, lo mismo que Sergio y Marcelo. Aunque saqué la cuenta que los tres juntos no. Tenía que ser uno de los tres. Pero ¿cuál?

Paola me volvió a llamar después de hablar con Sergio. Me contó que había conseguido hablar  también con Marcelo.  Los dos me aseguraron que el cenicero lo tenías tú, Bernardo. Que tu coleccionabas ese tipo de cosas, aseguraron los dos. La tinta de la ira se me subió a la cabeza de golpe y no pude al principio articular palabra. Me sentía en ese momento aturdido también por la vergüenza, aunque no fuera el culpable del asunto mi conciencia culposa me estaba dando duro, demasiado duro. Quería hundirme en ese momento. En cambio ellos, pensé, los cara dura, apuesto a que están muertos de la risa. Incluso los imaginaba en ese mismo momento fumando y echando la ceniza al mismo cenicero de Paola, como si nada, como si nada hubiese sucedido o estuviera por suceder en el mundo.

Le dije a Paola que todo eso era mentira, que jamás se me ocurriría hacer una cosa semejante. Aunque después me di cuenta que esa clase de confesión no solucionaba nada. Paola necesitaba hallar un culpable, un maldito culpable. La oí sollozar al otro lado de la línea, muy complicada. Eso generó en mí un sentimiento de odio fulminante hacia mis amigos. Si en ese momento hubiese aparecido alguno de esos dos hijos de la grandísima, podría haberlo matado.

Volví a llamar a Sergio, ahora en un tono amenazante le dije que si no aparecía el famoso cenicero seríamos citados a declarar al cuartel de policía o al tribunal de la comuna. Devuélvelo entonces, me contestó el desgraciado. Porque yo no lo tengo, y me colgó sin más trámite. Así de simple. Estaba claro que querían quedarse de todas formas con el cenicero los cabrones.

Al día siguiente fui a ver a Paola directamente a su casa para hablar personalmente acerca del problema. Me atendió afuera, en la reja, no me hizo pasar como otras veces. Mi vieja no quiere verte, me dijo en voz muy baja, tan baja que casi tuve que adivinar sus palabras. Le expliqué entonces que ninguno tenía la menor idea del cenicero. Eso ya lo sabía, me contestó esbozando una mueca de ironía. Puede que se haya perdido antes y nadie se había dado cuenta hasta esa noche, argumenté buscando posibles explicaciones y atenuantes al problema. También se le puede haber quebrado a la empleada ese mismo día y no lo notaron sino hasta el día siguiente… Paola no contestó nada. Intenté darle un beso en la boca como lo conseguí muchas veces esa noche del lunes, mientras los tres pelotas conversaban con Alicia en el comedor, pero me volvió el rostro y me dejó marcando ocupado, ocupado, ocupado. Estaba claro que no volvería a darme en lo sucesivo ninguno más, a menos que apareciera el dichoso cenicero de cristal. Eso me lo dijo con los ojos, mirándome como quien mira algo que comienza a desmoronarse. Su expresión me dio más lata todavía que la pérdida del cenicero. Yo tengo la culpa, le dije. Se lo dije porque no aguantaba más. Yo tengo la culpa. Y en cierto sentido era verdad, nada más que la verdad, porque esa noche Paola me había invitado a mí y a ningún otro. Pero se me ocurrió invitar a la pandilla. El muy marica no me atrevía a ir solo a su casa. Entonces Paola me dijo que me fuera, que no quería continuar hablando conmigo. Además, de un momento a otro estaba por llegar su vieja de la oficina. Sospeché que era el final. El final de una historia amorosa que había comenzado extremadamente bien para mí, porque antes de ese lunes ni siquiera se me había pasado por la mente encontrarme besuqueando con Paola en su propia casa. La mina me gustaba, claro. Pero no me hacía ninguna idea con ella porque la encontraba demasiado estupenda para mí.

No volví a saber de ella, ni del cenicero sino hasta mucho tiempo después, cuando me llevé la sorpresa que Sergio estaba saliendo con Paola. El muy canalla se las había ingeniado de la manera más ruin para alejarme de Paola. Porque a mi la mina no volvió nunca más a saludarme, ni menos a preguntarme por el dichoso cenicero.

Miguel de Loyola – Constitución – Año 1983.

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3 comentarios en “La culpa, cuento de Miguel de Loyola

  1. lei el cuento de un tiron, disfrute la lectura muy limpia y sin tanta complicación, pobre Bernardo lo dejaron oliendose el dedo como decimos en Nicaragua…. pero bueno este hijo de la grandísima encontrará a alguien que le robe el cenicer a él tambien jajajaja….

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