Partículas cancerígenas

Hallar el mal, primero que el bien. Pensar mal en vez de bien. Dejarse deprimir, dejarse arrastrar sin resistir, va generando poco a poco el tumor, el tumor que inmovilizará tu vida. Lo primero es pensar el bien, por sobre todo el bien que hay, que existe, que está latente en el mundo, de lo contrario nuestro mundo abría desaparecido hace rato. Eso no implica ignorar el mal. Pero reprimir o negar el bien a fin de resaltar el mal, conduce al abismo. Entonces nuestro deber no es, por cierto, ocultar el mal, sino resaltar el bien a pesar de la existencia del mal. Y hoy hacemos precisamente lo contrario. Es decir, ocultamos el bien y dejamos ver el mal. Eso está ocurriendo hoy día, estamos más preocupados en resaltar el mal para ocultar el bien. Lo vemos a diario en la televisión, en las protestas sociales, en los discursos de los políticos, en esas supuestas manifestaciones pacíficas que inequívocamente terminan siendo violentas, porque se plantean en los términos expuestos. Es decir, surgen con el fin de resaltar el mal sobre el bien, para inducirnos al caos y a la confusión, y, parafraseando a Sócrates, a olvidarnos de nosotros mismos. De esta manera caemos en la espiral de la muerte.

Podemos preguntarnos que está pasando por nuestra psiquis, toda vez que subvertimos el enfoque connatural a la vida, y que vamos ocultando a fin de ocultarnos nosotros mismos en aquel marasmo. Esa es la cuestión. Al destacar el mal sobre el bien, nos ocultamos en la oscuridad del mal que es siempre más oscuro que el bien. De esta manera, nos vamos privando de la felicidad, de esa felicidad que tanto ansiamos para nosotros y para los otros, y a la cual apelamos y denunciamos como una carencia en nuestra vida, social o privada. Hay aquí, desde luego, una perversión, o una tergiversación del pensamiento cuya raíz desconocemos, ignoramos, o bien escondemos celosamente porque sabemos bien que es la consecuencia de una enfermedad, de esa enfermedad conocida como individualismo, que nos encierra en el deseo de ser nosotros, ante todo, primero que nadie. Y al pretender serlo, negamos cualquier otra posibilidad a los demás. Hemos olvidado principios éticos elementales que ayer eran sagrados, como el desconocimiento de que nuestra libertad termina, o se determina en la libertad del otro. Hemos olvidado el sentido de la responsabilidad que nos permite respetar al otro, y pretendemos pasar por encima de todo. Como efectivamente está ocurriendo en muchos planos. En las relaciones de pareja, en la relación padre e hijo, en la educación, en la política. Hay, a partir de la posmodernidad, una tendencia generalizada al caos, producto de una ausencia de ética que nos sostenga. Y estamos siempre buscando a los culpables, cuando los culpables somos nosotros mismos: los individualistas que ansían el poder movidos por el deseo, por aquel deseo desatado tras la caída de todos los idealismos que lo mantenían sujeto.

Santiago de Chile – Miguel de Loyola – Junio del 2012

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