Hijo de ladrón, de Manuel Rojas.

 

La lectura de Hijo de ladrón, novela del escritor chileno Manuel Rojas publicada en1951, me transformó en Aniceto Hevia, el inolvidable protagonista. Desde entonces tomé conciencia de mi propia individualidad, del ser único e irrepetible que llevamos dentro, y con quien debemos entablar amistad cuanto antes mejor para asumir la existencia. La leí por primera vez en plena adolescencia, en la etapa del salto desde la plataforma segura de la niñez,  al precipicio del encuentro con ese yo múltiple, capaz de confundir el tiempo, de sentir a veces que la vida es sueño, y el sueño vida, tal como le ocurre al protagonista de la novela. Aniceto Hevia no sabe al principio quién es, ni cómo ni cuándo llegó al lugar donde se encuentra, preso en un cárcel de Valparaíso, acusado además del robo a una joyería que no recuerda. Desde allí comienza el raconto de su vida entera, hasta su liberación y peregrinaje por la costa de Valparaíso, buscando el modo de ganarse la vida, en medio de un país donde asola la pobreza, donde no hay trabajo, donde las puertas se cierran a los individuos de su especie, menos el cielo azul del Océano Pacífico, que inunda de esperanza el porvenir.

Ninguna novela chilena se había metido hasta entonces tan adentro del yo, de los diferentes planos de la conciencia, con la excepción de La última Niebla (1935)de María Luisa Bombal, por cierto, quien no tuvo el reconocimiento en su época, ni tampoco después de la publicación de su impresionante novela. La ceguera de los críticos, o la censura social de su tiempo, no quiso reconocer  el valor de su obra, el que si consigue Manuel Rojas 16 años más tarde. Una novela de estructura narrativa que dice relación con la literatura desarrollada por Faulkner, en cuanto al manejo del narrador y a la yuxtaposición de hechos y circunstancias que va acotando la historia. Después vendrá Coronación (1957), de José Donoso, otra obra que escarba los reticulados más íntimos del yo, hasta avanzar hacia los túneles negros del inconsciente. Estas tres novelas trabajan también minuciosamente la sociedad donde se mueven sus personajes, haciendo la crítica social correspondiente con la maestría de los grandes narradores, sin caer en aquel error de creación de traicionarse a sí mismos, en el sentido de introducir su propia ideología, sino dejando siempre en plena libertad a sus personajes.

En el plano más lineal,  Hijo de ladrón es un viaje triste en la anécdota, pero profundo en su tema: un adolescente huye de un hogar desintegrado tras la muerte de la madre y el abandono del padre, porque no tiene otra alternativa en el mundo. Pero huye también de esa realidad para ir al encuentro consigo mismo, que es la experiencia universal de todos los  individuos. Viaje que a muchos los lleva a la gloria y a otros tantos al fracaso permanente. Aniceto representa al prototipo de hombre perteneciente a la clase baja, azotada por la miseria y los infortunios, pero no exenta de alegría y esperanza, del amparo de una madre noble que mantiene limpios a sus hijos, y de un padre que si bien ladrón, ocupa el lugar de protector en el imaginario infantil.

Cabe aquí señalar que El gallego, padre de Aniceto, no es un delincuente cualquiera, sino aquel estereotipo de héroe novelesco que le otorga cierto misterio policial al relato, tensando la cuerda de la intriga para atrapar en los primeros capítulos al lector, en un relato que prescinde de la clásica cuestión amorosa para entusiasmar al lector. Desde luego, el personaje también interpreta la denuncia del autor al sistema, al orden secular del mundo, injusto al punto de llevar a ciertos individuos al fracaso, especialmente, como diría Dostoievski, a los humillados y ofendidos de esta tierra. Es indudable la conexión de esta obra con la literatura rusa, ya por sus personajes pertenecientes a la clase baja, o por el intento de abordar sus almas.

Sin embargo, al decir del propio  Manuel Rojas en sus ensayos y en la misma novela: puede el que cree que puede Y he ahí un aforismo a tomar muy en cuenta, porque subvierte todo pesimismo en un profundo optimismo. Un aforismo impresionante acuñado por Rojas para usar todavía en estos tiempos, como escudo y también de arma de ataque para ir contra los infortunios cual Quijote. Dicho aforismo, es acaso el arma empuñada por Manuel Rojas para enfrentar las vicisitudes de su propia vida, las cuales en su caso –sabemos por sus memorias- en más de algún momento no fueron mejores a los infortunios padecidos por Aniceto Hevia.

Desde luego, en Hijo de ladrón,  no estamos frente a una obra narrativa de mera entretención, como las producidas por los autores chilenos en boga en los últimos tiempos. Lejos de esos facilismos de la posmodernidad, en que la novela adquiere más bien las formas y el estilo del kitsch, el lector enfrenta una obra que va buscando una interpretación de la vida, de esa vida difícil que carga Aniceto Hevia, producto del desarraigo y la pobreza extrema, marcando esa necesidad humana de echar raíces profundas para consolidar su existencia. La cual, poco a poco, veremos salir a flote, tras el encuentro con  sus pares: Alfonso Echeverría, apodado el “filósofo” y Cristián, quienes le abrirán las puertas a un nuevo a mundo, a una nueva posibilidad de sobrevivencia y de encuentro con su propia identidad. En los últimos capítulos, veremos a los personajes alucinados por pintar una ventana,  esa ventana  símbolo, porque a través de ella siempre es posible mirar el mundo desde otra perspectiva,

Hijo de ladrón es un encuentro de golpe con la realidad móvil y a veces tan pesada como un yunque sobre los hombros. Un viaje, un periplo, una aventura literaria que trae consigo el reconocimiento del ser precario que todos llevamos dentro, y al que, sin embargo, el individuo desde su infinita precariedad tiene que asirse para enfrentar  el mundo,  su camino, su derrotero, reconocer sus límites y vivir, cualquiera sea su suerte. Como en efecto ocurre con Aniceto Hevia, el protagonista, a quien vemos recorrer un angustioso periplo en busca de la sobrevivencia y la identidad.

¿Acaso hay alguien en el mundo que no sea hijo de ladrón? En un sentido figurado, claro. Tal vez Manuel Rojas quiso decir eso cuando se metió en la conciencia de Aniceto, para mostrar la condición humana de ser arrojado al mundo cada uno a su suerte, condenado a salir en busca de su identidad, cual hijo de ladrón. Como en efecto, da cuenta la novela, apoyándose en  todos los recursos narrativos posibles.

Jean Paul Sartre hablaba del concepto de bastardía, decía que el hombre común estaba condenado a hacerse su esencia, no así el aristócrata a quien lo sostienen sus títulos nobiliarios. Un gran verdad, por cierto. El hombre común debe poner ladrillo sobre ladrillo para sostener su existencia. Es acaso el mayor desafío, la gran tarea de la vida. Debemos, siguiendo el derrotero del filósofo darnos el ser. Somos, concluye, lo que elegimos ser. Y en Hijo de ladrón, corroboramos en parte estas ideas sartreanas. Aniceto Hevia encuentra su camino cuando termina por tomar conciencia de su existencia.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – 1990.

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5 comentarios en “Hijo de ladrón, de Manuel Rojas.

  1. Cierto es que impresionaba la lectura de esta novela durante nuestros años mozos. No estoy segura de si pasaría igual a los adolescentes de este tiempo. Pesimista, afirmo que no. Hoy es otro mundo, en el cual, sin embargo, pululan abierta o soterradamente varios Anicetos o Anicetas aplastados sin piedad por el tipo de sociedad que fomenta la clase dominante. Peor aún: la clase emergente ignora y hasta desprecia a este tipo de seres, ya que está demasiado ocupada tratando ade adquirir todo lo de moda, la tecnología de punta y la marca que le permita lucir y actuar igual que los “de arriba”.
    Manuel Rojas se moriría de nuevo si pudiese contemplar el devenir del ser humano en general!
    Pero…perdón, divagué y me aparté del asunto. Una buena reseña de una novela imprescindible en la formación de nuestro bagaje literario.

    Eso.

  2. este libro lo leí en el cole y después ya más de vieja
    el ser humano no ha cambiado mucho , Rojas supo muy bien indagar en la naturaleza humana y por eso sus obras son transversales en el tiempo

    Excelente reseña has hecho Miguel, siempre un gusto estar por tu rincón

    abrazos y energías siempre
    🙂

  3. Excelente, no sé cuantas veces leí la novela, al punto de poder hacer un resumen de corrido sin consultar el libro. Hoy no sabría hacerlo, no sabría desentrañar los tiempos de su acción, y por lo tanto creo que es tiempo de volver a ella. Gracias.

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