La joyita de papá, cuento de Miguel de Loyola (1980)

Papá se salió con la suya, se compró un auto nuevo. Para ello se endeudó de tal manera, aseguraba mamá, que le fue necesario hipotecar la casa al banco. Mi vieja le dijo hasta el cansancio que no comprara un cero kilómetro. Pero el muy porfiado no la llevó ni de apunte en la compra.

Lo que pasa es que mi viejo fue hijo único. Cuando niño, según cuenta, sus padres compraban siempre lo mejor. Entonces, arguye a veces, no puede salirse de esa línea. ¡Lo barato cuesta caro, Gabriela! Suele decirle a menudo a mamá cuando se habla de una posible compra. Ella, obviamente, tiene una política diferente al respecto. Sus puntos de vistas suelen ser muy distintos. Mi vieja, en sus compras diarias en el almacén o en la carnicería, regatea hasta el último centavo antes de pagar. En cambio él, paga ipso facto el primer precio que le ofertan.

La cuestión es que cuando llegó a casa conduciendo el Datsun Blue Bird 1.8 azul al barrio, se armó un tremendo alboroto entre los vecinos. Los más chicos, estaban eufóricos mirándolo, lo manoseaban por aquí y por allá, haciendo los más variados comentarios. A la vieja copuchenta del frente, la envidia la puso esa tarde roja como un tomate. El Guatón y el Pato, la corrieron que papá hacía negocios sucios. La única que no opinó nada ese día, fue mamá. Muy por el contrario, se mostró tan indiferente que hasta me dio rabia. Seguramente, y eso sólo lo entendería más tarde, estaba tremendamente asustada de imaginar hasta qué punto se había endeudado su testarudo marido.

Por supuesto que ese primer día nos subimos todos al Blue Bird para dar un largo paseo por la vecindad. Mi viejo al volante lucía una sonrisa de este volado, se reía solo cuando aceleraba, y comentaba a viva voz: ¡Se pasó el auto! ¡Mira como corre, como es de suave! Nosotros, sus hijos, motivados por sus aspavientos, estábamos muy dichosos de poder disfrutar de aquel aparato. Anduvimos varias horas dando vueltas sin rumbo por la ciudad, maravillados de poder viajar en una nave semejante, al punto que después, cuando regresamos a casa, no nos queríamos bajar. Y a Gonzalo, mi hermano menor, mamá tuvo que bajarlo a la fuerza con lloriqueo y todo.

Tras la compra del automóvil, papá cambió radicalmente su forma de vida. Los días sábados, se levantaba muy temprano a lavar su “joyita” como le decía. Lo dejaba soplado por todos lados y aprovechaba la ocasión también para cachiporrearse delante de los vecinos, cuando éstos se acercaban mientras él terminaba de sacarle brillo a sus latas. Les comentaba que sí, cuando le preguntaban algo referente al Datsun, que le había salido cero faltas, que era una máquina moderna, confortable al máximo e inclusive hasta económico. En definitiva, decía, del todo acorde con las necesidades del hombre moderno.

En realidad mi viejo desde que tenía el auto parecía otro hombre. Caminaba hasta más derecho, sin encoger los hombros como un anciano. Mamá lo recriminaba a menudo por eso antes. Hasta se veía un tipo elegante y alegre, pese a seguir usando la ropa de costumbre. Se había quitado unos cuantos años de encima, aseguraba la gente del barrio. Llegas a tirar pinta detrás del volante, Hernán. Le dijo más de una vez la tía Rosario. Por supuesto que nosotros sus hijos, también disfrutamos de su alegría y buen humor durante ese tiempo, sin que nos llegara a regañara como antes. Ni si quiera por las malas notas, ya que sobre ese punto siempre había sido extremadamente jodido el viejo.

Lo curioso de esta metamorfosis es que mi vieja se mostraba cada día más descontenta. Se irritaba por cualquier motivo. Discutía con papá a cada rato, en definitiva, no estaba para nada contenta con la “joyita”. Razón que a ninguno de nosotros nos podía caber en la cabeza, y por supuesto que nos poníamos de parte del viejo en los alegatos. Nos parecía entonces que mamá era una mujer muy rara y hasta envidiosa. Y lo pensábamos porque ella no sabía conducir, ni tampoco tenía intenciones de aprender. A veces llegábamos a la conclusión entre nosotros, que a ella no había forma de darle en el gusto. Y lo decíamos, pienso ahora, nada más porque se lo escuchábamos decir a papá tras cada alegato.

Recuerdo los paseos inolvidables que hicimos al Cajón del Maipo en el auto. Para el Dieciocho de septiembre, yo mismo amarré una banderita de género a la antena, y durante todo el trayecto de ida la fui mirando flamear al viento. En esa ocasión salimos junto a los primos y tíos a celebrar las Fiestas Patrias. Los viejos hasta bailaron cueca gracias la excelente radio del Datsun. Lo pasamos tan bien, que de vuelta nos vinimos cantando y de vez en cuando, papá apretaba el acelerador más de lo normal de puro contento, y también para demostrarle al tío que viajaba en un auto viejo, el fabuloso pique de su joyita japonesa. Lo bueno también era que a mi viejo no parecía importarle demasiado el trato que le dábamos al auto, tampoco decía nada cuando Gonzalo ponía los zapatos sobre la felpa azul de sus asientos. La paciencia le había crecido gracias a la existencia del Blue-bird.

Lástima que después las cosas se complicaran tanto. No alcanzó a transcurrir más de un año para que se pusiera otra vez insoportable. Creo que llegaba tarde, cuando mamá ya se hallaba cansada de esperarlo para cenar. Por ese motivo se lo pasaban discutiendo. Muchas noches oí reclamar a mamá que la plata no le alcanzaba, y mi viejo por otro lado se defendía gritando a voz en cuello: ¿Crees que soy una máquina cuyo único objetivo es traer dinero al hogar?

Muchas noches Efraín y yo los escuchamos discutir sobre lo mismo. Al principio salíamos al patio a espiarlos por la ventana. Después, como fueran tan seguidas las discusiones, optamos por hacer oídos sordos poniendo el volumen de la radio de la pieza al máximo, para no escuchar más que la música, y al diablo los viejos. Aunque de todos modos sabíamos que las cosas no andaban nada bien entre ellos, y creo que hasta le rogábamos a Dios para que se arreglaran. Desgraciadamente los rezos no ayudaban en nada, y lo más curioso es que poco a poco nos fue bajando una especie de odio no hacia papá, sino hacia el auto. Oímos reclamar a mamá que el dinero se les iba en las malditas letras que debía cancelar mes tras mes infatigablemente.

En lo sucesivo, veíamos a mamá ponerse cada día peor. Incluso encontramos un día que de un tiempo a esa parte, mamá se había puesto hasta más vieja la pobre. De seguro las cosas andaban bastante mal en casa. Algunos días faltaba el presupuesto para comer, y ella tenía que ingeniárselas en el almacén de la esquina para conseguir crédito. Por eso a mí me daba vergüenza cuando el patudo de mi viejo me mandaba a comprarle sus famosos Kent Golden Light, ya que mamá reclamaba que para cigarrillos y bencina al papá no le faltaba nunca el dinero.

Las relaciones estuvieron todavía peor después entre ellos. Al extremo que mi viejo se fue de la casa. Mamá lo sorprendió un día paseando con una tipa rubia en el auto. Y este fue el acabose dijo mi madre. Hubo semanas completas en que se lo pasó llorando. Nosotros no hallábamos qué hacer. Tirábamos para un lado y otro como muñecos. El papá nos llamaba por teléfono todos los días y a ella se le llenaban los ojos de lágrimas. En todo caso a nosotros nos fue bajando un odio increíble hacia esa ñata que la imaginábamos una bruja descarada para estrujarle los bolsillos a -este tonto tarado de Hernán- como comentaba por teléfono mamá a sus amigas.

No recuerdo cuanto tiempo pasó mientras estuvo fuera de la casa, lo que si recuerdo es que lo pasamos muy mal. La alegría parecía haberse extinguido de nuestras almas. Incluso hasta en la de Gonzalo, el cual, por supuesto, no entendía nada de lo que estaba pasando. Por las noches le daba por preguntar: ¿Cuándo va a venir el papí? Y mamá no tenía otra alternativa que decirle: muy pronto mi niño.

La cuestión es que cuando regresó, los problemas se arreglaron en parte. Por lo menos mamá no volvió a llorar desconsoladamente, pero el problema económico no se solucionó. Por el contrario, empeoró al extremo que un día vinieron a embargarnos los muebles y creo que había posibilidades de que se llevaran la casa completa con murallas y todo. Para qué hablar del llanterío y la tristeza que colmó ese día la faz de nuestro hogar. Y todo por el maldito Datsun Blue-Bird, pensábamos Efraín yo.

Finalmente papá tuvo que venderlo para pagar las letras que se hallaban todavía impagas. Y lo bueno fue que a ninguno nos dio lata. Por el contrario, estábamos felices que se sacara aquel cacho de encima que tantos infortunios nos había acarreado. Aunque, a mí me dio mucha rabia que la gente del barrio estuviera feliz de eso. No faltaba el viejo pelotudo que le preguntaba con evidente sarcasmo a papá: ¿Por qué vendiste el auto Hernán?

                                                                  * * * * * * * *

Miguel de Loyola  – Santiago de Chile – 1980

 

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Un comentario en “La joyita de papá, cuento de Miguel de Loyola (1980)

  1. A muchos papás les pasa esta especie de “enamoramiento” con sus joyitas. Y muchas mujeres también, comprensiblemente, sufren esta especie de ataque de celos ante la llegada de “el intruso”. Lo triste, en este caso, es que faltaban los $, además….Me pasa contigo, Miguel, que algunos de tus textos me dejan en la duda entre ficción y realidad. Aunque sé que es común tomar de aquí y de allá….tienen el estilo de esas viejas reuniones familiares en donde se dedicaban (a falta de tv) a contar cuentos de diversa índole, pero siempre como vividos por ellos. Una marca fuerte.

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