La ponencia del Escritor, cuento de Miguel de Loyola.

El Escritor ha sido invitado esta vez a dar una conferencia que ha intitulado La difícil tarea de darse a conocer. Como era de esperar, y ya es habitual, llega con algunos minutos de retraso. Debido  a las aglomeraciones en el tren subterráneo, comenta a modo de disculpa al moderador, quien haciendo caso omiso de sus palabras, después de la introducción de rigor, le pasa el micrófono, advirtiendo que sólo dispone de quince minutos para su exposición.

Ayer estuve dándole vueltas a la idea de fundar el club o asociación de Escritores Desconocidos, comienza diciendo el Escritor. Es una entidad que hace mucha falta en este país, continúa. Sobre todo en estos tiempos, cuando los escritores abundan,  especialmente los desconocidos, aquellos que no tenemos la posibilidad de dar a conocer nuestras obras, porque carecemos del rango social suficiente para aparecer en la prensa; y somos, al decir de Sartre, unos bastardos. Es decir, tenemos que darnos nosotros mismos el ser.

Desde el fondo del auditorio se oyen algunas risitas sarcásticas. Pero el Escritor continúa impertérrito leyendo. Creo que la idea podría prender, y constituirse en el futuro en una gran asociación artística, como deben serlo, por lo demás, las agrupaciones artísticas. Un club que acoja a cada uno de sus miembros, otorgándole soporte y razón de ser a su quehacer. Eso hace mucha falta a quienes todavía tenemos que justificar el trabajo de artistas ante la pareja, parientes y amigos, en términos de ser sólo un hobbie, un pasatiempo, un deporte, aunque en ello se nos vaya la vida.

La idea al principio me pareció brillante, y aluciné. Estuve tirando líneas pensando en los posibles asociados, reconocí entre ellos muchos rostros, viejos amigos de tiempos juveniles, algunos ahora barbicanos, otros ya completamente calvos. El primer día se armaba una larga cola frente a las puertas del club, y una jovencita, de esas que se arriendan para eventos, rubia, curvilínea, preciosa, iba poniendo en la solapa la correspondiente insignia con el rótulo del club: Escritores desconocidos. Después, entraban poco a poco en el salón, un gran salón, porque la casa era enorme, un viejo palacete, de muchas salas y pasadizos por donde circularían en el futuro los socios, felices de hallar su lugar en el mundo, donde nadie podría acusarlos de haraganes, bichos raros, ratas o algo por el estilo.

Cuando ya estaban todos reunidos bajo la luz de la gran lámpara medieval, uno de los socios de luenga barba y lentes poto de botella, tomaba el micrófono y arengaba a la multitud congregada en el salón:

En el club de Escritores Desconocidos estará prohibido criticarse unos a otros, decía. Eso lo vamos a dejar en claro aquí desde un principio. Nada de opiniones ni reparos respecto de la obra ajena. No señor. Este será el primer estatuto: no opine acerca de la obra del otro. Manténgase distante. Lo más lejos posible, mire que la cercanía puede herir sensibilidades. Segundo; No cuchichee ni murmulle en los pasillos acerca de sus colegas como en los centros de madres. Tercero; tampoco pida nunca a nadie que hable o presente su libro. Si ese alguien quiere hacerlo por su propia voluntad, podrá hacerlo, pero no es recomendable, porque ya le cobrarán algún favorcillo en el futuro por aquello. Cuarto; como bien se comprenderá, queda prohibido destacarse, salir en la prensa, ofrecer conferencias, y vender más de mil ejemplares de un libro. En el club de escritores desconocidos, todos seremos iguales…

Recuerdo que el aplauso de la sala fue cerrado. La ovación fue semejante a las del teatro, después de una obra de Moliere, o el final de Fígaro en el Teatro Municipal. Algunos socios lanzaron sus gorras y bufandas al cielo manifestando su júbilo. Otros gritaban asintiendo como verdaderos descerebrados…

Eso fue realmente lo que me espantó, y por eso salí corriendo despavorido del salón, buscando la puerta de escape que no hallé. La puerta había sido clausurada, y las ventanas que daban a la calle tenían barrotes. Tuve que devolverme a oír las risotadas estentóreas que  los cientos de miles de escritores desconocidos no terminaban, ni terminarían nunca de emitir, enseñando sus dentaduras aportilladas, sus colmillos amarillentos, sus molares ennegrecidos…

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Octubre del 2012

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2 comentarios en “La ponencia del Escritor, cuento de Miguel de Loyola.

  1. podría decir que es un particular y clásico modo de ver el quehacer creativo ,
    sobre los estatutos, pues cada quien hace lo que quiere, nadie está obligado a nada, y al que no le gusta , pues que se vista y se retire

    para los tiempos que corren lo que la lleva es la WEB, estás a un clik de todo el mundo

    pero lo que no pasa de época es que las personas leen a quienes realmente tienen algo que decir, todo decanta al final
    y los que ayer fueron boom, resulta que quedan como muchos quedan
    “one hit wonder”
    y los que buscan la fama y estar en estantes de la feria internacional del libro, de seguro estarán con algo de esfuerzo y dinero y otros con pitutos lo lograrán como en todas las cosas de la vida jejeje

    feliz fin de semana MIguel

  2. Qué buena!!!
    Una buena caricatura-ficción de algunos desconocidos… pero me encanta eso de desconocido bastardo. Sí, me place ser una bastarda en todo sentido, con ese resentimiento al “padre” que es el mejor acicate para avanzar y aplanarlo si se puede. Aclaro: no es por maldad, sino…por reto personal. ¡Es que hay demasiados “padres” y “madres” en este mundillo¡.

    Un alcance: en el punto de “queda prohibido destacarse…”sonamos, ya que por la vía que sea (papel, tertulias, lecturas o blogger), lo que se busca es destacar, aunque sea frente a nuestros propios fantasmas reflejados en el espejo.
    Tú sabes…el eterno dilema de la reafirmación.

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