El castillo

Entre la multitud de casas del costado norte del balneario que miran al mar, una en particular capturó ese verano mi atención. La descubrí una tarde en que -como otras de ese mismo verano-, me encontraba caminando por los alrededores, después de una jornada frente al computador. Mi fascinación al principio fue tan intensa frente al hallazgo, que una vez de vuelta en mi habitación, llegué a dudar de haberla visto. Luego, influyó en el clima de excitación de esa noche, la respuesta desconcertante de la dueña de la pensión mientras cenábamos junto a los demás veraneantes. Cuando se me ocurrió preguntarle si conocía la casa en cuestión, doña Clarita respondió resueltamente que no. Y eso me pareció extraño, puesto que vivía durante todo el año en el balneario, y la casa distaba de la suya sólo en unas cuantas cuadras. Así, me fui dormir envuelto en la duda, como si la casa hubiese sido sólo una alucinación, y si no hubiera sido una noche helada y de espesa niebla, lo más probable es que hubiera vuelto a salir después de cenar a verificar mi visión.

Al día siguiente, lo primero que hice fue salir temprano en la mañana, a pesar que el día amaneció nublado, e incluso, a la hora del desayuno, más de alguien en la pensión pronosticó lluvia. Afortunadamente, la casa estaba allí, sobre el acantilado, mirando de frente al mar como otras existentes a izquierda y derecha, aunque aquellas me resultaban completamente indiferentes, por su estructura y aspecto general típico al de la mayoría de las casas grandes de veraneo a lo largo de la Costa Azul. El castillo en cambio, se alzaba en medio de las casas contiguas envuelto en un halo de misterio.

La propiedad disponía de dos accesos. Uno por abajo, lugar desde donde la había visto por primera vez, y otro por arriba, donde me llevaría la curiosidad algunos días después.  Abajo, es decir, casi pegada al mar, la propiedad estaba cercada por un muro alto de piedra, y en uno de los extremos   -colindante al muro del patio de la casa vecina-, tenía un portón de fierro donde se hallaba impreso en números romanos, lo que supuse el año de su construcción: M C M X L V, y luego, leyendo más abajo, unas iniciales: V. R. K., que posiblemente correspondían al nombre del propietario, o bien al constructor. Debo confesar que esta particularidad excitó mi imaginación. Pocas veces había visto impreso el año de construcción de un edificio en números romanos, y el sólo hecho de descifrarlos, me tomó unos cuantos minutos.

Al otro lado de esa puerta de fierro, podía suponerse -y de hecho algo se veía desde afuera-, un escalera de piedra subía hasta la casa, cruzando una espesa vegetación de matorrales que otorgaban un aspecto de abandono al lugar. Entre esa maleza surgía arriba la casa. Un edificio réplica, sin duda -aunque de un tamaño reducido, casi una miniatura-, de un castillo medieval posiblemente alemán, construido enteramente en piedra, cuadradas y uniformes, de ventanales pequeños en sus cuatro torreones mirando hacia mar.

Evidentemente, observar una construcción de esa naturaleza, aislada de su contexto, tal vez no resulte singular, como sí lo parece al verla entre las pequeñas mansiones de veraneo existentes a su alrededor. Los ventanales abiertos y enormes, contrastan con las estrechas ventanitas rectangulares del castillo, donde es fácil adivinar que sólo una luz tenue y lúgubre logra penetrar hacia sus espacios interiores. Lo mismo ocurre con la vegetación. Las casas colindantes aparecen rodeadas de un césped verde y parejo, en contraposición al descuidado jardín que rodea el perímetro del castillo. Quizá fueron esos detalles los que me impresionaron al principio, y al verla por segunda vez, mi imaginación comenzó a desatarse, sumándose muchos otros. Quise averiguar respecto a sus moradores, pero nadie en el balneario supo darme alguna pista. Nadie conocía del propietario de dicha casa. Eso ayudó a aumentar el enigma. Y los días nublados en que me había tocado conocerla, también influyeron, puesto la atmósfera gris que la envolvía como un manto trágico -no digo una vez-, sino en casi todas las ocasiones en que la vi, me llevaron a pensar en la Casa de Husher, de Edgar Alan Poe.  Su aspecto hacía pensar en la posibilidad de esconder en sus aposentos a más de algún extraño habitante. El hecho de no saber quién vivía allí aumentaba la intriga, y pasé varios días rondándola esperanzado en hallar a alguien que me llevara a una pista concreta.

Durante la noche, la casa quedaba iluminada por un pálido farol que sobresalía hacia fuera de uno de los torreones, iluminando sólo una esquina del castillo, proporcionándole un aspecto tenebroso, al dejar en las sombras la otra parte del edificio. Más allá del espacio cubierto por la franja de luz, todo se tornaba oscuro y siniestro. Y, otro un detalle que le daba aquel aspecto fantasmal, lo constituía un ala del castillo, donde las ventanas del primer piso se hallaban clausuradas por gruesas tablas, señalando que aquel sector había quedado sin terminar. Aunque yo no dejaba de imaginar que en ese preciso lugar tenía su refugio el solitario morador del castillo.

Una de mis primeras hipótesis respecto al o los posibles habitantes -y la que por más tiempo sostuve, acaso porque excitaba más mi imaginación, estaba relacionada con la fecha de su construcción. Según esa fecha, M C M X L V, podía tratarse de algún conde alemán escapado a fines de la Segunda Guerra. Sin embargo, -y era lo que no cuadraba en esta hipótesis-, el tiempo para construir un edificio de esas características, completamente de piedra, y piedras uniformes y parejas, no podría haber sido menos de un año, lo que indudablemente echaba por tierra la hipótesis del refugiado nazi. Aunque, por otra parte, bien podía éste haberlo mandado construir con anterioridad a su llegada, previendo la derrota, la caía del Tercer Reich, lo que volvía a dejar abierta la posibilidad.

Desde arriba, es decir, subiendo por el camino que daba hacia ese sector del balneario, y que servía de acceso a las casas, la vista ofrecida por el castillo,  concordaba con la vista general obtenida desde abajo. Desde allí se podía precisar otros detalles importantes: el acceso desde la reja hasta la puerta principal, se veía siempre limpio, lo que indudablemente inducía a pensar que en aquel edificio vivía alguien, alguien que barría de noche, desde luego.

Una mañana me levanté temprano a fin de hacer guardia frente a la casa. Estuve gran parte del día soportando el calor del sol,  y no logré ver absolutamente a nadie. El enigma quedó otra vez pendiente. Por la tarde, cerca de la hora del crepúsculo me instalé abajo, sobre las rocas a unos metros del mar, y estuve mirando el castillo premunido de lentes de larga vista. Pero sólo vi encenderse la luz del farol cerca de las nueve de la noche. El hecho excitó mi imaginación de un modo angustiante. Era demasiado evidente que si esa luz se encendía, se debía a la existencia de alguien. Entonces me puse a caminar como un autómata en dirección a la casa, me detuve un segundo frente al portón de fierro forjado donde se hallaban impresos los números romanos. Luego seguí hasta la calle que daba acceso al castillo por la parte de arriba, por donde tenía su principal acceso. Iba decidido a terminar de unas vez  con el misterio golpeando lo puerta. Sin embargo, cuando llegué arriba, y miré hacia el castillo ahora a mi izquierda, el farol estaba apagado, y la casa ofrecía un aspecto fantasmal que logró intimidarme al punto de echar atrás lo andado. Si tenía que encontrar algo inesperado, pensé, sería mejor esperar la luz del día.  Regresé a la pensión y me tumbé en la cama, afiebrado por la imaginación.

Una tarde me encontré conversando con el dueño de la panadería cuestiones relativas a la casa, pero no logré sonsacarle información importante. Don Pepe era un hombre demasiado lógico para creer en asuntos dudosos, y de hecho, cuando de alguna manera traté de insinuarle algunos misterios respecto al asunto, no logré ni siquiera conmoverlo. Lo más probable es que allí no viva nadie, aseguró tercamente. Vivo hace más de veinte años aquí, hombre, afirmó con aire de suficiencia, y ya no tuve ánimo para continuar el interrogatorio.

Sin embargo, una tarde volví a preguntarle a doña Clarita, la dueña de la pensión, si se había acordado de la casa en cuestión. Fue la tarde cuando nos encontramos a boca de jarro en el pasillo conducente a los dormitorios, y luego de permanecer petrificada frente a mí durante varios segundos, me respondió que sí, que la había visto, con lo que me sacó una especie de peso de encima, puesto que ya empezaba a dudar seriamente de mi alterada imaginación de escritor. Pero no agregó mucho más. Sólo confirmó que la casa tenía cuidador, pero ella jamás lo había visto.

Salí así otra tarde decidido a golpear la puerta del castillo. Caminé por el camino que ya me resultaba familiar, puesto que lo había recorrido muchas veces durante ese verano, y no tardé más de veinte minutos en estar frente a la reja que cercaba el recinto. Tampoco tardé en abrir el portón. La aldaba estaba sin candado, así que la deslicé dotado de una maestría asombrosa, para luego introducirme hacia el centro del edificio, en dirección a la puerta principal. Primero di dos golpes suaves apretando los nudillos, y como no contestara nadie, insistí al punto que los golpes dados sobre la madera retumbaron en mis oídos. Pero continué allí esperando, decidido y dispuesto a cualquier cosa. Al no sentir ruidos en el interior, estuve seguro que allí, efectivamente, no había nadie y que por lo tanto, bien podía aprovechar la ocasión para dar una vuelta por alrededor del castillo, idea que me entusiasmaba sobremanera, aunque, indudablemente, me intimidaba. Así caminé hacia la izquierda pegado a sus paredes hasta llegar a la primera torre, luego doble en la esquina, y continué hasta la torre del fondo pasando bajo un arco espléndido que partía desde el costado del edificio, terminando en un pie cuadrado unos tres metros más allá. Seguí entonces el recorrido ahora por atrás, es decir por la parte que se veía desde abajo y que correspondía al sector clausurado del castillo, por donde no dejé de sentir cierto escalofrío al cruzar. Las ventanas estaban tapiadas a machote, y había telas de araña enraizadas en las esquinas. Obviamente, no se podía ver nada hacia dentro. Aunque, a decir verdad, ni si quiera intenté hacerlo por cuanto me hallaba, no digo hipnotizado por el miedo, sino por algo muy parecido a eso. Cuando ya estaba a punto de llegar al siguiente torreón para doblar a la derecha, oí una voz por detrás mío, proveniente del interior de las ventanas clausuradas. ¿No sabe que esto es propiedad privada? Oí decir…

Soy el nuevo cartero, anuncié con una facilidad asombrosa para salir del paso.

Es aquí la casa de la familia Iturriate?, pregunté después, sacudido por un impulso de inteligencia.

No, contestó secamente la voz.

Disculpe entonces,  ¿Pero quién vive aquí? Insistí usando un tono indulgente.

Eso a usted no le incumbe, respondió la voz, y tenga la amabilidad de salir inmediatamente de aquí.

Por supuesto que lo hice en el acto. El tono de la voz no admitía réplica, y en ese momento confirmé la sospecha de que se trataba de la voz de un hombre oscuro y siniestro. Hubiera querido preguntar tantas cosas relativas no sólo a los dueños de aquel castillo, sino también a su construcción, pero no me quedó más que continuar avanzando hacia el siguiente torreón, para doblar luego otra vez a la derecha, y llegar así a la puerta principal, lugar donde había comenzado el recorrido.

Ni siquiera me volví para mirar hacia la ventana de donde había surgido la voz. La situación me hizo sentir que en verdad estaba invadiendo propiedad privada. Salí de allí sin detenerme a cerrar la aldaba del portón, como alma que se la lleva el diablo, habría dicho mi abuela.

Eso fue todo lo que pude averiguar por mi cuenta, y eso, me había tomado la mayor parte de mis vacaciones. Había descuidado la lectura, y la novela que estaba resuelto a terminar ese verano a causa del enigma de aquel castillo. La realidad había capturado toda mi atención. Pero mi esfuerzo había sido infructuoso. Jamás llegué a saber algo más, y cuando llegó la hora de partir, al despedirme de doña Clarita, y comunicarle que me gustaría volver en otra oportunidad a pasar allí unos días durante el invierno, se disculpó diciendo que era probable que la próxima temporada ella estuviera instalada en otro sitio. Es mejor que se olvide Don Alberto de una vez por todas del asunto, me dijo con voz concluyente.

En conclusión, si se podía sacar alguna, quedaba claro que doña Clarita no quería volver a verme otra vez, acaso porque había alborotado a sus pensionistas por causa del castillo. O bien, porque ella era parte importante de aquel misterio y prefería mantenerlo oculto. De las dos hipótesis, por su supuesto,  me quedé con la última. En mi viaje de regreso en omnibús a la ciudad, tercié una larga conversación con mi vecina de asiento, una mujer entrada en años, quien insinuó la enigmática relación existente entre doña Clarita y el castillo. Ella, aseguró la mujer bajando la voz para hablarme al oído, entra y sale de allí a las horas más inesperadas.

Miguel de Loyola – El Quisco – 1989

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Un comentario en “El castillo

  1. 1945 o como lo escribiste MCMXLV ; es un año muy especial en la historia de la humanidad, se relacionan tantos hechos y personajes que delinearon de algún modo nuestra cultura y nuestro devenir actual como sociedad moderna , que no pasa indiferente como dato cronológico

    Me gustó mucho tu relato Miguel, con esos aires de misterio y suspenso , un recorrido por escenarios del litoral que me son conocidos y con personajes que siempre tienen giros inesperados pero que son muy sabrosos para amoldar en la construcción narrativa.

    besitos y feliz inicio de semana

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