La cancha de los locos, por Miguel de Loyola.

zapatos de futbolEl sábado me pasaron a buscar antes de las 9:00, cuando todavía estaba durmiendo. Mi vieja me despertó tras la correspondiente zamarreada. Despierta, despierta Alejandro. No pienso ir, balbuceé apenas abrí los ojos.  Eso mismo grité a mis amigos después de asomarme a la ventana en pijamas. No voy, grité entre bostezos y estiradas de brazos. Tenía mucho sueño esa mañana. Pero los compadres no se movieron. Apúrate Negra, fue su respuesta, como si hubiesen estado absolutamente sordos, nada. Seguro les faltaba uno para el equipo, de lo contrario se habrían largado en breve. La cancha distaba a sólo tres cuadras del barrio y normalmente los partidos comenzaban a las 9:00 en punto. Váyanse a joder a otro lado, cabrones. No tengo ganas, volví a reclamar. El Cacho lo primero que hizo fue contestar a grito pelado: ¡No seas marica, Negra! Usando un vozarrón nada despreciable a esa hora de la mañana, la voz parecía emitida por un megáfono, la verdad. Eso terminó por sacarme los choros del canasto, como se dice. Vayan a buscar a otro, grité malhumorado y cerré la ventana de golpe, sin dar más explicaciones.

Sin embargo, los muy malditos se pusieron a gritar en coro: maricón, maricón, maricón, maricona…  Mi vieja llegó corriendo desde su habitación con el rostro enrojecido, y el corazón alborotado,  aunque sólo pudo decir un tímido pasa algo mijito. La calmé diciéndole  nada, vieja. No pasa nada mamá. Y me quedó mirando desconfiada unos segundos, después la oiría bajar al primer piso. Volví entonces a asomarme a la ventana para devolver aquel cordial saludo a mis amigos, y comprobé que los compadres se encaminaban decididos hacia la cancha. Menos mal, pensé. Un atado menos. Volví entonces a meterme a la cama, que estaba hasta hacía unos minutos tibia, suave y atractiva. Un refugio incomparable. Me había acostado cerca de las cinco de la madrugada, el sueño lo tenía más vivo en el pellejo que cualquier otra cosa en el mundo. Además los partidos de los sábados me tenían hasta las pelotas, la verdad. Los tipos no se cansaban nunca. Cerré los ojos y traté de dormir, quería dejarme arrastrar por esa sensación extraordinaria de atontamiento, de pérdida de conciencia, de entrega, de placer en definitiva, pero por desgracia no lo conseguí. Por el contrario, al cerrar los ojos mi conciencia encendió sus luces alógenas, potentes, penetrantes, señalándome, sindicándome, apuntándome como culpable, culpable, si señor. En tanto: ¿de qué? comenzaba a preguntar yo a ese juez que tenía metido en alguna maldita parte. Traidor no era, claro que no, mi lealtad a los amigos era intachable. Pero tampoco me parecía lógico sentirse perseguido por no haber ido a la cancha, asunto por el cual me estaba urgiendo aquel compadre oculto en los tribunales del cerebro, con una persistencia rayana en la paranoia. Y ahí estaba, sin poder pegar los ojos, acosado por los remordimientos, sintiéndome desleal a la patota, a los amigos del barrio, que aunque fanáticos cargantes, seguían siendo mis amigos más cercanos, con quienes compartía las horas de ocio y mis angustiantes confidencias amorosas. Entonces, para cortarla de raíz, me levanté, me puse los pantalones, las medias, los zapatos, me mojé la cara en el lavatorio sin mirar mucho al espejo (sabía que después de un trasnoche mi rostro lucía siempre irresistible. Ojeras, pelo seboso, aplastado, dientes amarillos. Aliento pesado y pasado. Una verdadera preciosidad en definitiva). Pasé por el comedor por una rebanada de pan. Me voy a la cancha de Los Locos, le grité a mamá.  Serían poco más de la nueve y media, cuando salí al trote.

El partido había comenzado. El marcador estaba dos a cero en contra de mis amigotes. Los tipos estaban pidiendo agüita dentro de la cancha. No había más de nueve jugadores contra un equipo completo, bien plantado, luciendo camisetas rayadas amarillo con negro, bastante más llamativas a las nuestras. El Cacho, enfundado en aquel celeste desteñido parecido al de la selección uruguaya, pantalón negro y medias del mismo tono, me miró con la misma cara que le había visto desde la ventana el último minuto antes de irse, aunque ahora me quedaba claro que además quería decir por culpa tuya… Dos cero por culpa tuya, cabrón. En este país la gente siempre anda buscando a los culpables de sus perras desgracias, culpando a otros de sus destinos malditos, al Estado, la parentela, los amigos… Pero no me sentía responsable, no podía sentirme responsable. No tenía ninguna responsabilidad en el equipo. Es más, desde un comienzo había puesto claramente mis condiciones para jugar, no todos los sábados, eso se lo dije hasta el cansancio al Cacho, el cabrón de todo esto. Pero el compadre no entiende, no entiende nada más que de fútbol, su cabeza es una pelota y dentro de ella hay otra y otra pelota, y así sucesivamente hasta llegar a cero, una caja china, en definitiva, un a pelota dentro de otra pelota hasta el infinito. El fue quien consiguió la cancha del colegio de los locos (Discapacitados mentales) para armar el campeonato inter barrios; juntó las platas respectivas para nuestras camisetas desteñidas; vio la manera de traer un árbitro profesional; de lo contrario la batalla campal habría sido inevitable tras cada partido; consiguió también un descuento especial cuando se compraron los balones en San Diego. En fin. Lo había hecho todo por su propia voluntad y riesgo para armar el club. Pero a mí no me vengan con cuentos. A mí el fútbol nunca me ha gustado lo suficiente. Tampoco he sido una estrella semejante al Cacho, capaz de meter tres goles promedio por partido. El compadre puede pasarse al arquero al estilo Cassely cuando consigue meterse en el área chica con la pelota en los pies. Pero yo no, lo mío es quitarla,  después no se me ocurre mucho que hacer, la pelota comienza a quemarme como una brasa de carbón. Entonces es cuando aparece normalmente el Cacho a buscarla. Tócala, grita, tócala Negra. Y se la entrego como salga, total el cabrón la baja de pecho, la agarra lo mismo con la derecha o la izquierda sin ningún problema. A la mayoría nos pasa un poco lo mismo en la cancha, el Cacho termina por salvarnos, a Rodrigo, a Gustavo, al Flaco, al Negro, al Guata. Pero ahí estaba esa mañana mirándome despreciativo, rencoroso, con todo el odio pintado en el rostro, acusándome que por mi culpa iban perdiendo. No lo pesqué, me acerqué a la mesa y pasé mi carnet tranquilamente. El tipo anotó mi número de malas ganas en el acta de juego. A nadie le gustan los atrasados en ninguna parte, sospeché. Después me paré al borde de la cancha a esperar que el árbitro tomara atención de mi existencia y me dejara entrar al campo de juego. En ese momento me habían dado muchas ganas de jugar. Sin embargo, en ese intertanto les hicieron otro gol a Los Picapiedras, un golazo de cabeza que yo perfectamente podría haber evitado si hubiese estado en ese momento en la cancha.

La cuenta quedó así tres a cero. Al Cacho le salía humo de la cabeza como a una tetera al fuego. El compadre no puede perder. Debería ser argentino, digo yo. Cuando el equipo pierde es capaz de no hablar en una semana a nadie, ni a su madre, dicen, comentan sus más cercanos. Hasta el año pasado, antes de armar el campeonato  jugaba todas las semanas en las inferiores de la U de Chile. Asistía regularmente a los entrenamientos durante la semana, pero lo echaron. Todos en el barrio estamos seguros que por picado, nada más que por picado este compadre no va a llegar a ser profesional en el ramo. Condiciones le sobran. Eso lo sabe todo el mundo, pero no tiene carácter, asegura su propia madre.

Entré a la cancha ansioso, picando detrás de una pelota sin ninguna necesidad, porque salió fuera del campo. Adentro el ambiente estaba caldeado, a una temperatura de loco-motora. Cacho corría azuzando  al equipo con su más fino vocabulario. Lo que es típico. Pero ahora lo decía en serio. La cara la tenía desformada, parecía un energúmeno en potencia, el pelo liso se le había crispado como a un puercoespín, sus ojos estaban inyectados en sangre. Así quería ganar, el pelotudo.  Tenía ganas de decirle que así no le iba a ganar nunca a nadie, porque para ganar hay que tener bastante más serenidad que para perder compadre, pero al mirar su cara sentía que lo único posible de  hacer con ganas por él, era pegarle el correspondiente puñetazo en el rostro.

Cuando entré se anduvo apretando un poco el partido. Los Tigres ya no podían correr a campo traviesa hasta nuestro arco sin que nadie les cerrara el paso. Tenían que enfrentarse conmigo, aunque después la pelota la mandara a cualquier parte. La cosa consistía en no dejarlos pasar. El Cacho  comenzó a tomar confianza, a jugarla, a mover la pelota, a llevarla mansa sobre los pies para pasarse a uno, dos, tres y hasta cuatro sin problemas. El tipo tiene un dribling realmente espectacular. Pero es comilón como todos los buenos, y al final siempre alguien se la quita. Sin embargo, por ahí al terminar el primer tiempo, de un pase sensacional de Cacho, Roberto hizo un gol. Mario Rivera saltó en dos patas. Nos fuimos al descanso sudando como gorilas, pero contentos. El sol había comenzado a picar sobre nuestros pellejos más de la cuenta. La camiseta la llevábamos pegada al cuero por causa de la transpiración.

Volvimos a la cancha cuando sonó el silbato. Ahora convencidos que podíamos ganarles perfectamente a Los Tigres, aunque tuviéramos un jugador menos. Podemos ganarles porque son malos, muy malos, repetía nuestro capitán. Cacho nos convencía de cualquier cosa mientras estábamos en la cancha. A Gustavo lo mantenía alucinado con que era atacante nato, a Roberto puntero, al Guata lo sugestionaba con la idea de que era espectacular bajo los tres palos. A mí me doraba la píldora asegurando que no había nadie mejor en el barrio para quitarla. En fin, el hombre se manejaba, llevaba la batuta, hipnotizaba las conciencias, ponía a cada uno en su puesto. En ese sentido lo hacía muy bien.

Pasados los primeros veinte minutos, Cacho hizo un golazo como para pasarlo por la televisión. Un sombrero espectacular. Levantó la de cuero sin que el arquero pudiera imaginar lo que estaba ocurriendo, dejándolo completamente perplejo.  Quedamos así tres  a dos. La cara le mejoraba a Mario Rivera. Ya casi sonreía, mostrando parte de su dentadura picada. El tipo no conocía los cepillos de dientes ni los dentistas; o si los conocía no los saludaba. Minutos después a Gustavo se le fue un gol en plena boca del arco. Estuvimos a punto de empatar. Por supuesto, Cacho  lo levantó y sentó con los honores correspondientes. El otro agachó el moño resignado, sintiéndose culpable, desde luego. Muy culpable por no haber podido anotar. Otro tanto pasó después, también se le fue un gol cantado a Gustavo y Mario Rivera lo subió y lo sentó como a un pibe de básica. El árbitro tuvo que llamarle la atención por eso. Otra más y te muestro la roja, advirtió mientras se hallaba detenido el partido. Pero Mario Rivera no se inmutó, siguió después calentándole los sesos a Gustavo, hasta el minuto afortunado en que el Cacho otra vez anotó y consiguió el empate mediante otro gol espectacular, después de pasar a tres defensas entró al área chica y enterró la pelota en el fondo de la red. Hubo hasta aplausos después del gol, y por supuesto que el semblante le cambió. Ya no enseñaba esa cara vinagre, ni los caninos picados, sino el correspondiente rostro burlón cargado a la superioridad que ponía todavía más furiosos a los rivales.  Lamentablemente, después vino el minuto fatal, se escaparon tres Tigres en contrataque y me pillaron atrás solo. Esperé hasta el último minuto para intentar interceptar el pase, pero quedé descolocado, y un tigre la agarro de primera y la mandó a guardar al fondo de las mallas, dejando perdido al Guata, después de una volada para la televisión. Teatral total, la pelota entró justamente por el otro lado. El marcador quedaba entonces cuatro a tres y apenas cinco minutos de partido por delante.

Cacho cargó conmigo, como era de esperar. Al Guata estaba obligado a perdonarle la vida porque a nadie en el barrio le gustaba jugar al arco. Así que ahora pasaba a ser yo otra vez el culpable de sus desgracias. Empezó gritando desde allá, desde la mitad de la cancha, donde se había quedado parado mirando la jugada del gol. Maldiciendo a mi madre, por supuesto, y después a cuanto pariente mío podía ubicar. Tratándome de huevón malo, limitado, patitas cortas, falto de ingenio, flojo, lento, tieso y para colmo, marica…

El juego se reanudó por unos minutos, sólo hasta el momento que tuve la pelota en los pies y sentí a mis espaldas a Cacho reclamándola, todavía sin dejar de mascullar toda clase de insultos. Entonces, en vez de darle un pase como regularmente lo hacía, dejé la pelota a uno lado,  y me acerqué lo suficiente para asestarle  el correspondiente puñetazo en pleno rostro.

El partido se detuvo, el árbitro sacó inmediatamente la tarjeta roja para expulsarme. Se acabó. Ni si quiera me di vuelta para mirar la cara de Mario cuando salí de la cancha. Sabía que aquel puñetazo sería el punto final al fútbol y la amistad.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Año 1984

 

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