Los buenos, los malos y la cultura del odio.

ELDESENRREDOSi hay algo a lo que no quiero volver, es a la cultura del miedo y del odio. En mi adolescencia viví acosado por estos horrores, impuestos por dos bandos irreconciliables que nos dominan de tiempos inmemoriales, y terminé siendo un joven resentido y receloso, siempre desconfiado del prójimo, del otro, de ese otro equivocado y enemigo de mis ideas.

 Hoy no estamos en dictadura, la dictadura cayó hace ya más de 25 años, pero siempre habrá quienes vuelvan una y otra vez a remover sus cenizas buscando generar un clima de odio y terror semejante. Hay que dejar que los muertos entierren a sus muertos, sostiene una vieja frase bíblica, pero aquí siempre se pretende revivirlos, de uno y otro lado, como si en verdad fuera posible hacerlo. No vamos a justificar con ello los horrores del pasado,  lo único que podemos hacer en bien de la salud de las nuevas generaciones es olvidar. El olvido es el único perdón,  sostiene Borges en uno de sus más lúcidos poemas. Alguien tiene que sellar las lápidas del pasado,  para avocarse al presente, que es lo único seguro que tenemos. Y el presente día a día nos está demostrando lo mucho que este país avanza, en relación a ese pasado cuando la mitad de la población se moría de hambre, y la gente subía a pie pelado las graderías de los estadios, en las casas de clase media para abajo se comía pan con aceite o ají, porque no siempre alcanzaba para mantequilla, y la gente no se movía de un lado otro como lo hace hoy día, porque tampoco el dinero se podía derrochar en locomoción colectiva, aunque fuera más barata. La escasez andaba suelta por todas partes, asolaba los hogares, porque en Chile sólo vivían bien los  hacendados, los curas, los políticos  y los militares de alto rango. Tampoco había oportunidad de entrar a las universidades con la facilidad pasmosa que lo hacen hoy las jóvenes generaciones, regodeándose entre carrera y  carrera, lo mismo que entre plato y plato. Si no se obtenía un puntaje extraordinario en la Prueba de Aptitud, nadie en Chile estudiaba las carreras de elite a las que accede cualquiera hoy (Ingeniería, Psicología, Medicina, Derecho, Arquitectura…) Los jóvenes de mi tiempo soñábamos con banalidades imposibles como los long play, las zapatillas adidas, los bluyines, los mismos que hoy se venden por kilo en los supermercados. Y ni hablar de tomarse un trago ni menos cenar en un restaurante a los veinte años,  porque eso era tan prohibitivo como pisar el hall del hotel Carrera, ni tampoco había restaurantes como los abundan en la actualidad, repletos de nuevas generaciones exigentes, completamente inconscientes de esos cambios, porque nadie se atreve todavía a enseñarles esos aspectos tristes y melancólicos del pasado, cuando la juventud se vivía en los barrios peloteando con los amigos en la calle, y en malones organizados a raíz de algún cumpleaños, donde cada cual hacía su aporte culinario.

Sin embargo,  lo peor, lo peor estaba en esa epidemia de resentimiento social, inyectada a los ciudadanos premeditadamente para separarlos entre dos bandos: buenos y malos, sabiendo que esa caracterización no puede ser más subjetiva y perversa para las almas. Sabiendo que nadie es bueno- bueno,  ni nadie malo-malo, que la humanidad vista así  es y será siempre un infierno dantesco. Un arma, por cierto, hábilmente esgrimida por quienes, desde las tinieblas, aspiran al poder, sin tener las virtudes suficientes para llegar a él a rostro descubierto. Y la cual siguen usando nuestros políticos más tóxicos para granjearse la confianza ingenua de las masas, buscando una separación que daña y pudre toda distinción ética, tras apuñalar al contrincante por la espalda. Necesitamos liberarnos de esa esclavitud que nos separa entre griegos y troyanos para seguir creciendo y ajustando nuestra bien merecida democracia. Tenemos que pasar ese umbral de buenos y malos, y pensar, por último, entre mejores o peores.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – mayo del 2013

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3 comentarios en “Los buenos, los malos y la cultura del odio.

  1. Hola Don Miguel, me disculpo por no darme una cita antes, me gusta mucho esta entrada y la verdad siempre aprendo algo nuevo, por lo general, la literatura a veces nos presentan hechos pasados inmediatos, como el caso del que usted habla, la dictadura en su pais, la cual he conocido a través de Allende, y algunas obras nicas, lo cual nos dejan una sensación de admiración por los héroes, sin embargo, como usted dice, solo las personas que las vivieron saben la realidad de las cosas descarnadas de todo estilo heróico que puede dar una novela.
    Pero en fin, agradezco que de vez en cuando me encuentre con este tipo de escritos que me inciten a vivir el presente y no querer revivir el pasado….

  2. Esta crónica es un espanto. Es increíble que alguien con lectura pueda pensar así, después de 25 años del fin de la dictadura que en su propaganda divulgaba precisamente ideas de ese tipo. Dejo mejor una cita de un libro Michael Lazzara:
    “Cuando las sociedades, al igual que los individuos, contemplan sus heridas, sienten una vergüenza que prefieren no enfrentar. Pero el olvidar… trae consecuencias importantes: significa ignorar los traumas, que de no ser resueltos permanecerán latentes en las generaciones futuras. Olvidar significa permitir que las voces de los ‘hundidos (Levi) se pierdan para siempre; significa rendirse a la historia de los vencedores’”.
    Michael J. Lazzara. Prismas de la memoria: narración y trauma en la transición chilena. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2007, p. 34.

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