De principio a fin. Un cuento para estudiantes. (1980)

PARQUEA los pocos días de haber ingresado a la universidad, eufórico de alegría por el nuevo curso que tomaba a partir de ese momento el destino de mi vida, trabé amistad con un grupo de compañeros de carrera, con quienes constituimos en breve un cuarteto dispuesto a pasarlo bien. Nos unía de manera específica el destino común de haber elegido una misma carrera, y el hecho singular de hallarnos en medio de un lugar repleto de mujeres hermosas. Como los cuatro veníamos de colegios de hombres, nuestro asombro frente a la diversidad y cantidad de muchachas, sino fue del todo igual para excitar la fantasía de cada uno de nosotros, fue lo suficientemente parecida como para disponernos a trabajar en conjunto, en pos de un objetivo común: causar estragos en el sexo opuesto.

Así, los primeros días, no pensamos y no hicimos otra cosa que abocarnos de lleno a la contemplación y al asedio casi obsesivo de nuestras compañeras de cursos, descuidando en parte los estudios, pero no lo suficiente como para llegar a comprometer el semestre. Por ellas nos instalamos una mañana en una esquina del Paseo Ahumada, al estilo de los grandes charlatanes, y fuimos el grupo de  estudiantes que más cachivaches vendieron para su Alianza en la tradicional Feria de Las Pulgas. Los transeúntes, luego de detenerse a rastrojear esa montaña amarillenta de viejos libros de inglés que habíamos conseguido extraer -gracias a las múltiples argucias de Vladimir-  del rincón más olvidado de una vieja librería de barrio, partían felices con un ejemplar a cuestas, convencidos por nuestra verborrea imparable de haber adquirido por fin una real ganga en este mundo. Mover la lengua para persuadir, durante esos primeros meses, era para nosotros tan simple como apretar el play de una grabadora. Bastaba dejarla rayar sola para que las palabras brotaran como un arroyo desde el fondo de nuestras entrañas, estructurando mecánicas largos parlamentos. Durante la competencia de baile también obtuvimos un primer premio cuando Octavio bailó con Cristina un fabuloso rock-and-roll progresivo, y dejaron con sus movimientos alucinantes vueltos locos a los del jurado, y a la multitud que los miraba y aclamaba en ese instante como verdaderos ídolos. Terminada la semana del Novato, ya teníamos sobrada fama y nos hallábamos dichosos, sino eufóricos de ser la clase de tipos que éramos, seguros de nosotros mismos, y conformes también de la carrera elegida.

Pasada así la euforia de los primeros días, todavía  salpicada con bailoteos y fiestas relativas a la celebración de nuestro ingreso a la universidad, tomamos por costumbre reunirnos después de clases con el grupo de adorables muchachas conocidas durante las fiestas, a quienes sabíamos divertir con nuestra charla-cháchara y esa chispa espontánea de jóvenes todavía más adolescentes que adultos. Y aunque existía una diferencia sustancial entre nosotros, pues la mayoría de ellas provenían de colegios privados y religiosos, y nosotros -a excepción de Vladimir- éramos egresados del liceo público, establecimos con increíble facilidad lazos íntimos con más de alguna, y anduvimos por semanas y meses jurándonos amores eternos dentro del perímetro del parque del campus. La escasez de hombres en que se hallaban por esos años las carreras humanistas impartidas en el Campus, nos favoreció al punto de regodearnos. Hecho que sin duda alimentaba en mucho nuestro ego, puesto que éramos todavía muchachos bastante frívolos y nos enorgullecían cuestiones como esas.

Sin embargo, nuestra hegemonía sobre aquel país encantado, donde las mujeres brotaban de la tierra como flores en una exuberante primavera, estaba sólo circunscrita al perímetro del parque, puesto que más allá de las altas rejas que cercaban el recinto, rara vez podía se ver a uno de nosotros salir junto a una muchacha del brazo. Nuestro reino parecía estar claramente delimitado allí, al interior del parque, fuera de sus fronteras, cada uno volvía a su mundo de pertenencia. Era sólo allí, en ese parque y cerca del lugar donde se hallaba esculpida una figura de un joven estudiante, con la mirada propia de quien parece descubrir un mundo nuevo, donde solíamos reunirnos todas las tardes. Allí Octavio llegaba después de clases guitarra al hombro haciendo hablar sus cuerdas con su filuda uñeta, mientras nos instaba al resto a entonar a viva voz las melodías más diversas y apasionantes de aquella época, las que indudablemente influían y aceleraban nuestros continuos romances. Era precisamente allí también donde Vladimir, Roberto y yo abríamos nuestros cuadernos de poemas para lanzarlos sin ningún escrúpulo a los cuatro vientos, impresionando a nuestras compañeras con nuestra fantasía desbordada y capaz de materializarse, sino en poesía, al menos en palabras concretas, reveladoras de nuestros espacios interiores de muchachos enamorados de la vida y la belleza.

Era evidente la homogeneidad de nuestro cuarteto y todos juntos andábamos de un lado a otro, estudiando lo justo y necesario para aprobar los ramos, y dejando mucho tiempo libre para la diversión y el éxtasis. Vladimir y Roberto aseguraban que en el futuro serían famosos poetas, Octavio un gran cantante y yo, por esos años, todavía no estaba en condiciones de asegurar absolutamente nada, aunque tenía una cierta inclinación también hacia el mundo de las letras.

        Sin embargo, supongo que por esas horribles metidas de pata del destino, vino a suceder un día que Vladimir y yo nos enamoramos de la misma muchacha. Lo que no hubiera tenido nada de particular, si Vladimir no hubiese resultado de pronto, -y para nuestra enorme sorpresa-, un tipo soberbio y orgulloso. Mujeres era lo que más había en aquel lugar como para terminar armando guerra por una. Aunque por aquella, parecía claro que más de algún fanático podría volver a lanzar la bomba atómica.

Así fue que un sábado por la noche en que habíamos comenzado desde temprano destapando una botella de pisco para entrar luego totalmente enchufados al bailoteo final de la Semana Universitaria, la noche y supongo que mi existencia y la del grupo, se fue complicando a medida que avanzaban los minutos. Esa noche Vladimir estaba decido a enganchar con Javiera a toda costa, y aunque yo estaba dispuesto a dejarle el camino libre sacrificando mi opción por lealtad a esas tardes amigables en el parque, donde  habíamos compartido hasta ese momento el amor de las ninfas sin ponerse hasta ese día exquisito, la cosa terminó mal porque Javiera lo rechazó de plano, y según supe mucho tiempo después, porque a ella le gustaba yo.

Así, desde ese mismo momento, Vladimir emprendió la retirada como un semental furioso, mirándome bien al fondo de los ojos con un odio latente de macho repelido, dejando al descubierto por primera vez ante sus amigos sus enormes debilidades, un orgullo y una vanidad poco común para un muchacho menor de veinte años, que más bien nos hizo pensar en una cierta debilidad mental de su parte que en una virtud propia de los hombres de honor. Era cierto que tenía muchas virtudes y cualidades que lo hacían un tipo interesante, pero tampoco era un genio como a menudo se suponía. Tal vez era un tipo más adelantado que otros, sabía ya hablar inglés, sino perfectamente, lo bastante bien como para sacarle partido en los momentos más sorprendentes. Gracias a ello, nos superaba a veces en lo hablador, lo que resultaba impresionante, conociendo la lengua desatada de cada uno de nosotros.

A partir de ese momento, Javiera se transformó en el talón de Aquiles de nuestra floreciente amistad, y la integridad del grupo fue perdiendo consistencia. Vladimir en los días inmediatamente posteriores a ese sábado, entró poco a poco en un proceso de ensimismamiento que lo llevó a participar en clases cada vez menos. Hizo círculo cerrado con Roberto, creando un clima conflictivo como para que Octavio y yo emprendiéramos la retirada, hiriendo de manera letal la existencia del grupo, de esas largas jornadas en el parque donde solíamos olvidarnos de los rencores y calamidades eternas del mundo en pro del amor y la amistad. Su actitud infantil me desagradó al extremo que llegó un momento que me dio lo mismo que se fuera a la cresta si ese era su deseo. Como así parecía serlo, al cabo de unas cuantas semanas nos mirábamos en la sala o en los patios como dos desconocidos, evitando incluso el saludo. La verdad, es que a pesar de todo, quedé con la bala pasada con el tipo, porque por último podría haber sido más hombre para haberme dicho: -¡no importa compadre, agárratela tú! Y prefirió largarse mudo, buscando la forma castigarnos con esa indiferencia más propia del mundo femenino que del masculino. Y, a todo esto, yo todavía no tenía la menor idea de cuál había sido la razón exacta de su disgusto, la vine a saber mucho tiempo después por boca de la misma Javiera.

Octavio se cambió por esos meses a Artes Plásticas, carrera para la cual tenía sobradas aptitudes innatas, momento en que fueron a parar a la basura sus canciones, al cambiar su vieja guitarra por un largo y estilizado pincel. Ambos con horarios diferentes, nos fue cada vez más difícil seguir desarrollando del mismo modo la amistad dentro del campus, salvo uno que otro día en que nos topábamos de casualidad en el casino, lugar más bien apto para comer, sobre todo a esa edad en que uno vive todo el día muerto de hambre como un animal. Así que un día cualquiera, y en lo sucesivo, me encontré de pronto solo, desconcertado, incrustado en lo que hasta entonces conocía como universidad, transformada en un monstruo capaz de exterminar todo lo sociable que habitaba en mí. Me puse desconfiado y opté por no establecer lazos demasiado íntimos, a pesar de existir en la carrera una multitud de posibilidades de establecer nuevos vínculos.

Roberto por otra parte, por estar ligado de manera incondicional y solidaria a Bladimir, se lo tragó la tierra y no lo volví a ver. Según supe algunos años más tarde, cursó algunos ramos de Derecho con la intención de cambiarse de carrera, y como le fuera mal decidió abandonar la universidad, y se sumergió luego, hasta desaparecer, en medio del mundo laboral. Durante esos interminables días de fin de año, experimenté quizá por primera vez en mi vida la soledad, el acoso continuo de una desagradable sensación de abandono. Y aunque todavía conocía a la mayoría de hola y chao, lo que no significaba poco, tampoco tenía ya los mismo deseos de un comienzo para entrar a intimar con alguien. La experiencia vivida me había dejado un sabor amargo, sino un verdadero destrozo en mi código interior del sentido de la amistad, y el asunto de Vladimir por largo tiempo siguió pareciéndome asombrosamente absurdo. Los largos pasillos del Campus se me

revelaron como inhóspitos senderos, conducentes sólo a esas enormes salas de clases donde uno por descuido o por taradito podía perder también la identidad, confundiéndose en medio de la masa de estudiantes como un animal más, dentro de un mundo exento de valores imperecederos, como me pareció luego de aquel suceso la realidad.

La gruesa y pesada estructura arquitectónica del edificio, comenzó a producirme claustrofobia, ahora desmotivado para detenerme en los patios a conversar, pasando así largas horas y días y meses, leyendo en un rincón oscuro y sombrío de la biblioteca, concentrado en mis estudios, y en especial en una creciente curiosidad por la historia del mundo que me sirvió en parte para olvidar aquel turbio asunto.

                                         ******

Javiera reapareció como la luna, perdida durante esos meses cargados de acontecimientos sombríos y absurdos. Me pareció ese día, un día primaveral de fines de octubre, más  estupenda que nunca. Vestía una polera blanca y unos yeans azul que perfilaban su figura esbelta y curvilínea. Cuando la divisé a la distancia, me pareció que su silueta resaltaba como un astro en medio de la oscura noche en que me hallaba sumido. Entonces al verla sonreír, la alegría natural volvió a mí y saboreé con cierta ironía la dicha de saber que los moros de la costa habían partido al infierno, para entrar a lidiar solo, cara a cara con ella. Cuando preguntó por mis amigos, le hice un breve resumen de lo ocurrido y ella, a su vez, me contó lo suyo. Efectivamente, Vladimir aquella noche de fiesta le había pedido que fuera su compañera y como ella lo había rechazado, él había insistido de un modo increíble, llegando a la amenaza y al insulto porque él, le había dicho, “no estaba acostumbrado a que nadie, ni menos una mujer le dijiera que no”. De manera que Javiera se encontraba molesta y perturbada también, y había optado por desaparecer por un tiempo del mapa porque no tenía el menor interés de volver a toparse en alguna parte con él. Por otra parte, estaba segura que Vladimir la había seguido “molestando” por teléfono de manera solapada por un largo período, asunto por el cual sus padres estaban muy molestos y confusos.

En fin. Nos olvidamos del pasado y comenzamos por caminar, dando interminables vueltas alrededor del parque a paso cortito, donde a ratos se rozaban nuestras manos abordando esa infinidad de temas propios de la edad, como el sentido de la vida, el futuro, el amor, todavía latentes en nuestros jóvenes espíritus. Fue allí también donde, resguardado por las ramas frondosas de los árboles cargadas con la fuerza de la nueva primavera, poco a poco le fui arrebatando besos comprometedores, hasta llegar a establecer con ella lazos íntimos. Y así, poco a poco, nuestros continuos paseos de la mano nos fueron internando paulatinamente en las inmediaciones desconocidas de esa naturaleza verde y lozana como nuestras vidas, acercando nuestros destinos hasta confundirlos por un momento en un horizonte común.

Debo confesar que hasta ese entonces, para mí las mujeres habían sido todavía puras imágenes, modelitos evanescentes y frívolos de la televisión, capaces sólo de saciar mis ansias  de carne y senos prominentes, las que a menudo perdían el encanto inicial una vez poseídas y manoseadas con mis torpes manos cargadas de lascivia. No había considerado ni en sueños la posibilidad que fueran esa costilla perdida de Adán, como lo comprendí hasta cierto punto durante el tiempo que anduve con ella. Javiera podía seguir al unísono la puntada del intrincado hilo de mis pensamientos, engranar justo con mis hiperquinéticos movimientos rítmicos durante un baile, sin llegar en ningún instante ni si quiera a rozarle por torpeza un pie, como a menudo me había ocurrido al bailar con otras. Podíamos cantar a dúo una melodía cualquiera, comentar una hora y más un partido de fútbol, una película de acción, cuestiones singulares que jamás hasta entonces había intentado hacer con una mujer. Más de alguna vez le oí decir que estábamos hechos el uno para el otro, que el destino había hecho su obra para que estuviéramos juntos, y tenía razón.

Sin embargo una tarde, una tarde de un día gris, otoñal y funesto, a Javiera mientras caminábamos abrazados por una larga acera barrida por las manos escrupulosas del viento, se le ocurrió insinuarme que fuéramos a pasar un fin de semana a Farellones. Entonces, como si hubiese estado durante largo tiempo soñando despierto, caí de bruces otra vez sobre el duro pavimento de la realidad, acaso sólo para darme cuenta de una vez y para siempre, que yo era un tipo proveniente de otra galaxia, donde ni si quiera estaba permitido soñar con un fin de semana semejante. Así fue que desde aquel día algo se desajustó o ajustó en mi mente, y comencé poco a poco a

preocuparme por asuntos que jamás había imaginado, como el hecho concreto de saber que tenía una pololita que venía del Villa María Academic y yo del liceo público, que vivía en un amplio chalet del barrio alto de Santiago, con terrazas, piscina, sala de estar y sirvientes y,-todavía algo más grave- unos padres que con sus penetrantes pupilas me habían calado hondo las veces que había estado con Javiera allí, tirado en uno de sus mullidos sofás de felpa verde reluciente, echándome una mirada bien a fondo de mis pantalones desteñidos, no por snobismo sino por evidente necesidad, a mis zapatillas gastadas y descoloridas. Y bueno, a ese futuro nada de espléndido una vez recibido como lo sospeché al fin, de ahí en adelante.

Comprendí entonces que existía una sustancial diferencia entre nosotros, la que poco a poco fue causando serios estragos en mi cerebro de muchacho, con el que comencé a sacar cuentas como si sólo fuera una horrible calculadora, hasta dejarme pura cáscara, vacío y lanzado a un mundo donde día a día sentía que me iba desgranando grano a grano, y junto a ella me parecía que yo iba muriendo a pedacitos, clausurando uno a uno mis deseos, todo mi amor por ti. Y en vez de vanagloriarme por último con la típica del macho cuando tiene de que creerse, como lo hacía a menudo antes al lado de una mina, paulatinamente, me fui sintiendo muy disminuido a tu lado, autoconvenciéndome que era demasiado poca cosa para ti. ¡Imagínate! comencé a sentirme poca cosa también en la vida, que yo no valía nada al no tener lo que otros sí tenían para invitarte a salir, como esos amigos tuyos de flamantes autos que no dejaban de asediarte con la clara esperanza de que algún día tú tendrías que decirles que sí. En el fondo, comprendí que no tenía nada que ofrecerte aparte de lo que sentía por ti, lo que me pareció poco e insignificante y tal vez era lo justo, o lo más importante para vivir.

Así, una vez más, me encontré perdido en el planeta, con la certeza de tener una mente demasiado ingenua para enfrentar la realidad. Y si no del mismo modo como viera encerrarse en su caparazón a mi ex-amigo Vladimir, quien abandonó la carrera ese tercer semestre, para luego terminar de tragárselo la tierra como a Roberto, Octavio, Ana María, Cristina y tantas otras personas que no había vuelto a ver más, comencé a pasos agigantados a caer y sufrir una metamorfosis parecida, enfrentado al grave y difícil punto de recuperar mi identidad. Muy adentro se me metió la idea que mi vida no podía seguir envuelta en un drama que consideré barato, casi de telenovela, de esas porquerías que tanto me desagradaban cuando llegaba a casa algunos días a almorzar y los veía a todos pegados al televisor como babosas, acaso porque me daba cuenta que más o menos en esa misma onda giraba también mi problemática interior. Además conocía demasiada literatura al respecto, kilos y kilos de libros inútiles con el mismo argumento y el mismo estúpido desenlace, sin calar hondo en el verdadero conflicto, que a mí juicio en ese momento no podía ser otro que una terrible ironía del destino.

La última vez que nos vimos, habíamos convenido juntarnos a las seis de la tarde en el parque. Así le aseguré por teléfono el domingo en la noche, usando el tono urgente que uno a veces sabe ponerle justo a la voz. Nos sentamos en el mismo banco de siempre, el que tenía impresas incluso nuestra iniciales, aquel que ya casi considerábamos propio, testigo mudo de tantos momentos, donde tantas veces habláramos de cosas felices, aislados por el follaje ondulante de los árboles, sumidos bajo el perfume oloroso de las plantas…  Entonces saqué el cigarrillo más largo que encontré en el interior de la cajetilla, y mientras lo encendía -mis pupilas todavía ajenas a la estúpida racionalidad de mis próximos actos, recorrían silenciosas las curvas de tus exquisitos trazos, tu larga cabellera, el castaño claro apenas pincelado en esos finos filamentos, el pacífico contorno de tu sonrisa donde todavía no había impresa ninguna huella de amargura-  de pronto, movido por la furia y el desconcierto interior, comencé, acaso por primera vez, a mentir, a usar la horrible ironía humana, echando primero enormes bocanadas de humo por la boca y las narices, como para esconderme tras esa tenue cortina gris de mí mismo, de la porquería de muchacho en que me hallaba convertido, evitando la fosforescencia de tu mirada, de esas lagunas verdes que seguían invitándome a sumergirme en sus aguas, ese océano al que me lanzara primero con la vehemencia del buzo y del cual emergía ahora sin el tesoro preciado, aterrado por la inmensidad submarina, por el horror a perecer en ese fondo estrellado… Estabas apenas a un par de centímetros de mis manos, de mi tacto en ese instante y para siempre atrofiado, sabía bien que de algún modo todavía eras parte de mi vida y a pesar de ello temblaba de miedo, de angustia y rabia, odiándome y odiándote… Así, abrí al fin la boca sin permitirme tocarte un sólo pelo, y en un arrebato de ansiedad y horror le dije que ya no la quería, que dejáramos hasta ahí lo nuestro para no herirnos más.  Primero no me creyó, pensando acaso que sería otra de mis estúpidas bromas que hacía días venía practicando con aquel maquiavélico tono de la ironía. Luego, como viera en mi semblante mi horrible seriedad de plomo, soltó suavemente una lágrima cristalina que demoró el tiempo de la eternidad en recorrer la curva perfecta de su dorada mejilla, hasta perderse por fin tras el delicado escote de su polera blanca. Trayectoria que no he podido olvidar, porque al final de su largo y lento recorrido, su rostro se encendió de ira, tornándolo más hermoso y atractivo aún. -¡Tú estás loco, Víctor Manuel!…Fue lo único que dijo, y tenía en ese momento toda la razón. Sin embargo, no había forma que pudiera yo salir de aquel estado de desconcierto interior, donde hacía  varios días ya se revolvían de manera abrumadora mis pensamientos sin poder llegar a ver la luz, el sol…      Entonces, como si la sangre y la lengua se me hubiese secado, no pude atinar a decir palabra alguna, mientras poco a poco comenzaba a sentir que de algún modo me iba petrificando en medio de ese parque, en medio de esa fragancia que también iba perdiendo su nitidez junto con mi identidad… Estaba negando mis sentimientos y no podía darme cuenta, me había convertido en un ser reprimido en lo más humano de mí y seguía obstinado en jurar que no tenía la culpa, la culpa de estar preso en la historia, en un sistema alienante que permitía cualquier acto absurdo como ese…Mientras me parecía que aquel magnífico parque se iba transformando una vez más en el viejo paraíso, mientras mis deseos reprimidos iban poco a poco cercenando mis espacios, masacrando mi alegría de muchacho, el optimismo necesario para crecer, para seguir adelante por los senderos incongruentes del cosmos, hasta quedar del todo transformado y convertido en una dura y fría mole de mármol, en un monumento más dentro de los límites resguardados del parque, como lejano vestigio de juventud, apenas útil para cobijar la mierda blanca de los pájaros, como esa misma estatua que estaba allí frente a nosotros, acaso simbolizando el trance infinito del adolescente que como yo esa tarde, descubre para su asombro y espanto que todo su andar ha sido todavía en vano, y que para poder seguir adelante es necesario mentir y olvidar que alguna vez también yo tuve sueños inmensos en este mundo y se perdieron, acaso como todo, en el interior de un parque.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – 1980.

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