La despedida del Guatón

A mis inolvidables amigos del barrio

nini cooperA la llegada del Guatón todo estaba preparado. El Flaco al fondo del patio terminaba de asar los últimos anticuchos en medio de una humareda infernal. Nos tenía locos el aroma a carne asada y  el humo enturbiando el ambiente. El Negro acababa de inflar un centenar de globos en forma de condones, y sus mejillas amoratadas acusaban el esfuerzo exigido a sus pulmones de fumador de cigarrillos sin filtro. Yo estaba dándomelas de barman en un rincón del comedor, tomando algo más que el olor a una serie de combinaciones extrañas, movido por el entusiasmo y la curiosidad. Andrés y Marco tenían el equipo de música cargado con el long-play de Creedence, acondicionado para hacerlo funcionar apenas el Guatón diera el primer paso dentro de la casa. Las minocas por su parte, habían terminado de preparar los infaltables canapés de ave, paté, huevo… coronados con la típica rebanadita de pimiento rojo, o bien el correspondiente pedazo de aceituna negra. Las bandejas repletas sobre la mesa lucían cuales ejércitos en formación, como escuadrones de combate a la espera del primer movimiento. También estaban los consuetudinarios queques caseros adornando la mesa en calidad de generalísimos. El más grande y oloroso de todos, porque había más de uno, era el de Carmen, por supuesto. Un queque de carne amarilla como la yema del huevo. Las bebidas estaban suficientemente heladas en el refrigerador, también nos habíamos aprovisionado de cubos de hielo, rellenando las cubetas del refrigerador…  Al Pelao lo habíamos dejado de guardia en la calle para que avisara apenas apareciera el mini azul del Guatón, así que cuando pegó el chiflido acordado, nos amontonamos en la entrada premunidos de serpentina y chaya, bajo el imperio del más absoluto silencio. Carmen apagó las luces, y nuestros rostros -mientras permanecíamos en silencio amontonados en el hall- lucían sonrisas cargadas de esa munición típica llamada complicidad. La idea era darle una sorpresa impresionante al festejado. Se suponía que no estaba enterado de nada. Carmen le había pedido que viniera a dejarle unos apuntes de matemáticas prestados tiempo atrás, aduciendo que los necesitaba de manera urgente. Esa era la chiva, el anzuelo para atraer al pez escurridizo. De otra forma, difícilmente habríamos conseguido que viniera a despedirse de nosotros.

Cuando sonó el timbre, Carmen salió a recibirlo a la reja del antejardín, y juntos avanzaron inocentemente hacia el hall, amparados por la manifiesta oscuridad. El Guatón, en efecto, traía bajo el brazo la carpeta con los dichosos apuntes… Por supuesto que el Guatón, dotado de una extraordinaria capacidad de expresión, apenas sonrió cuando encendimos las luces y explotó al unísono la música de Creedence por los parlantes. El hombre se mantuvo distante, semi oculto en el interior de esa armadura de hierro con que había sido investido a modo de pasar por este planeta incólume a los acontecimientos, sin las pretensiones ni ansiedades propias de giles como nosotros, que gustábamos de la algarabía y la bullanga de la música de moda, los ídolos famosos y esa afición algo exacerbada por el sexo opuesto,  traducida en atraques furtivos de fiesta en fiesta con una amiga y otra. El Guatón no se inmutó esa noche allí en el vestíbulo donde lo arrinconamos. No se la esperaba, desde luego, no esperaba quizá una sorpresa así. Después de todo, jamás se sintió parte visceral del grupo de amigos, sino más bien un cometa, un cometa que nos visitaba últimamente muy de tarde en tarde. Sin embargo, compadre, no olvidábamos los juegos de la niñez, cuando jugábamos a los gánster y a la Gran Metropoli muchas veces en el jardín de tu propia casa.  Pertenecíamos al mismo barrio, al mismo equipo de fútbol, habíamos aplanado calles juntos durante la niñez subiendo a los árboles, comiéndonos las ciruelas y echando carrera por la calle, y no podíamos dejarte partir así, tranquilamente, sin despedida de ningún tipo. Por lo demás el asunto también constituía un pretexto para pasarlo bien, no siempre alguien consigue salir del país, y los que pueden huir alguna vez, lo menos que se puede hacer por ellos es  despedirlos para celebrar el acontecimiento. Esa era la base de la cuestión.

Para entrar en calor, se nos ocurrió tirarlo al agua, pensando en despertarlo de ese inmutable estado abúlico donde se hallaba sumido, sin decidirse de una vez por todas a sonreír. Alguien comentó que estaba asustado por el griterío existente, por las risotadas y manotazos. Y palabra que tampoco dio un sólo aullido al momento de caer al fondo de la piscina. Tampoco echó las correspondientes puteadas después, cuando lo vimos salir a flote. Su caída sobre la superficie azulina del agua produjo un maremoto que terminó por empaparnos los zapatos a los responsables. Para arreglarla un poco, nos fuimos tirando luego unos a otros, y al final no quedó nadie esa noche sin ir a dar al fondo de la piscina con forma de riñón de elefante… Después, apenas si lo puedo recordar ahora, alguien pronunció unas palabras relativas a la amistad, supongo que así sería más o menos la cosa, porque de eso se trataba en definitiva, queríamos hacer hincapié justamente en la importancia de la amistad… algo por lo que se nos iba el alma en esos años de juventud.  El Negro cargado a la piscola como andaba, derramó más de una lágrima de cocodrilo. Por el rostro de Javiera esa noche, bajó en silencio un arroyo cristalino hasta perderse en la intimidad de sus pechos. Eras el amor de su vida, Guatón asopado. Y no te dabas cuenta. Nunca lo supiste. La fiesta duró hasta la madrugada.  Bailamos, comimos, tomamos, discutimos y jugamos hasta una pichanga de globos donde el guatón se hizo un par de goles de cabeza, y esa fue quizá la única vez que se rió riéndose de reír con la risa que caracteriza a la juventud. Creo que bailó dos o tres bailes con Carmen, si es que se puede llamar bailar a estar parado frente a una mina sin mover un sólo dedo en medio de la pista. ¡Pucha que eras fome compadrito! Sin embargo tus amigos, tus amigotes de barrio -los que seguramente odiabas de todo corazón porque tal vez te habían jodido el porvenir, los mismos que quizá tu viejo tirado a paltón maldecía cada noche, culpándonos por el bajo puntaje que sacaste en la maldita Prueba de Aptitud- también deseaban lo mejor para ti. La culpa no fue nuestra, ni tuya, ni de nadie que no quedaras en Ingeniería como deseaba tu padre, fue nada más que del maldito destino, siempre maricón e implacable. Al fin y al cabo, tú siempre fuiste la mejor carta del naipe en el bario.  Es cierto que a todos desconcertó tu puntaje en la dichosa Prueba, de la misma manera como desconcierta la caída de los astros del cielo a los expertos… Sin embargo, no tenías por qué haber maldecido la vida, la patria, los padres, los amigos por un asunto así, después de todo en esa época había tantos que no conseguían ni conseguirían nunca pisar las tibias baldosas de la dichosa Universidad…

Es verdad que esa noche de despedida fui yo el demonio que puso más alcohol en los vasos que bebías para que pudieras vomitar de una vez por todas tu propio hastío, pero ni aun ebrio como una cuba, pudiste hacerlo, borracho seguías siendo el mismo Guatón reprimido, sin salvación… Pero acuérdate que eras el crédito del barrio, todas las viejas alcahuetas querían encajarle sino a sus hijas, sus sobrinas al Guatón. Tan educado el joven, tan compuestito siempre, pelito corto, peinadito, afeitado, perfumado. ¡Mira compadre la que te perdiste! Hasta Lorena quería contigo, esa tremenda mina del 295 que a nosotros no nos daba ni la hora por atorrantes, por supuesto. En cambio tú, mi viejo, las tenías todas para triunfar en esta historia, en este país, en este barrio. Siempre fuiste el primero en el liceo, de siete en matemáticas y siete en historia…Yo no entiendo realmente, nadie entendió que pasó en esa prueba del diablo. Al mini azul querían subirse todas las minas contigo Guatón, podías regodearte…

La fiesta terminó poco después que el Guatón se marchó, no sin antes beber varias tazas de café cargado. Salimos a despedirlo justo cuando la luz lacerante del amanecer comenzaba a  perforar la oscuridad de la calle. Nos dio la mano y se metió como pudo en su Mini Cooper.  Después desapareció de nuestra vista para siempre.

-Guatón maricón, dijo el Negro mientras ordenábamos el desparramo de cosas que había quedado en la casa. Vasos, botellas, platos, ceniceros, globos reventados, serpentina, chaya…

-Ni siquiera dio las gracias, comentó el Flaco, usando el tono del resentido.

-Pero igual lo pasamos bien, salí yo al paso.

Una semana después de volar destino a Australia, llegó a nosotros la dolorosa noticia de su deceso. Suicidio, dijeron, comentaron, pero nadie podría asegurarlo completamente. Sus padres no informaron nada. Entonces, como suele suceder en tales casos, el Guatón pasó a ser ídolo de verdad, sino el mejor amigo del barrio para cada uno de nosotros.

Miguel de Loyola –  Cuento inédito – 1978.

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4 comentarios en “La despedida del Guatón

  1. Me gustan estas historias. Por qué no escribes de tus experiencias en el presente? Sería interesante ver a dónde le pones ojo hoy. Ha pasado harta agua bajo el puente!
    Un abrazo

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