Homenaje a las madres: El maniquí.

esa vieja nostalgiaDespués de pegar el aviso en la ventana -bajo un clima de expectación creciente entre los niños que mirábamos la acción desde el antejardín-, nuestra vida comenzó a cambiar poco a poco, abriendo pequeñas puertas hasta entonces clausuradas, como la dicha de saborear una paleta de helado en los recreos, comprar golosinas en el almacén de la esquina por la tarde, coleccionar láminas para los típicos álbumes de moda, tener acceso a revistas de historietas, todos pequeños lujos y tesoros antes prohibidos para nosotros.

No fue una decisión fácil de tomar. La del letrero de cuidadosa caligrafía escrito por las blancas manos de la Nina y puesto en la ventana mirando a la calle. Pasaron muchos años antes de decidirse a hacerlo. No por una cuestión de orgullo, como pensaron algunos en la cuadra, sino debido a su exacerbada timidez de mujer provinciana. En el fondo de su corazón, habría sentido más gusto que vergüenza si los vecinos se hubiesen enterado de sus dotes y habilidades en el arte de la costura cuando recién llegamos a vivir al barrio. Pero no le resultaba fácil darse a conocer. Su timidez, inherente a su naturaleza, habría mantenido siempre en la oscuridad su arte y creatividad si la necesidad no hubiese golpeado las puertas de nuestra casa, como las estaba golpeando a machetazos durante esa década.

La primera persona del vecindario en llegar por el aviso fue la estirada vecina de al lado. Apareció en el umbral de nuestra casa esa misma tarde haciéndose entre la interesante y la amable. Sonriéndonos a nosotros los niños, aunque nos dábamos cuenta que venía movida por la curiosidad antes que por la real necesidad de mandar a hacerse una falda. Lo recuerdo perfectamente porque estábamos muy pendientes del asunto. Ese día hubo constante expectación en todos los habitantes de la casa. Y la misma se produciría en el barrio una vez descubierto el letrero por los vecinos. Mamá vino dos o tres veces desde la escuela a preguntar si había pasado algo. Nosotros, después de llegar del colegio, no nos movimos un solo minuto de casa, ni siquiera para salir a jugar a la calle con nuestros amigos habituales, como lo hacíamos regularmente cada tarde.

La Nina envuelta en su cortesía singular de mujer provinciana, lo primero que se le ocurrió fue ofrecerle una taza de té a la extraña visitante. Doña Lucrecia aceptó encantada, sentándose cómodamente en el sofá. De seguro eso le daba todavía más tiempo para indagar acerca de nosotros, ya que por la forma de enfocar sus pupilas hacia los muebles y los felpudos gobelinos de las paredes, en ese momento resultaba obvio que le importaba bastante más que la falda. Quería saberlo todo, dónde habíamos nacido, cuál de las dos mujeres adultas de la casa era en definitiva la madre de esos niños de edades correlativas que circulaban por el barrio, dónde estaba el padre de esos niños, porque ella, doña Lucrecia, no lo había visto todavía ni en pintura. ¿Se hallaba separado el matrimonio? ¿Estaba muerto el marido? ¿O se trataba sencillamente de hijos naturales?

A pesar de sus miradas inquisitivas, la Nina tuvo que hacerle una falda y soportarla semana a semana con su paciente indulgencia, manifestada en una sonrisa más propia de los ángeles que de los seres terrenales. Pero al cabo produjo buenos frutos. A doña Lucrecia sus amigas más estiradas de la Cruz Roja apenas la vieron luciendo la falda nueva que corregía de manera elegante las protuberancias de su cuerpo, le preguntaron por el nombre y la dirección de la modista.

Así comenzó la romería a nuestra casa de señoras de altos peinados enlacados, de perfumes empalagosos, de abrigos largos y anteojos atados a finas cadenitas, los cuales de tanto en tanto se los ponían y se los sacaban para mirarnos igual como se mira a los bichos raros. Obviamente, después doña Lucrecia se arrepentiría de haber pasado el dato a sus amigas, porque la Nina en lo sucesivo tendría menos tiempo para atenderla en forma exclusiva, como parecía ser en principio su deseo. No obstante, lo continuaría haciendo con la misma paciencia, sin llegar a saciar la enfermiza curiosidad de nuestra adorable vecina de al lado.

Pasaron los meses y el letrero comenzó a capturar al vecindario. Por eso años las mujeres acostumbraban a mandarse hacer ropa a la medida, a diferencia de hoy que existe a montones en la tiendas. Incluso, resulta bastante más económico comprarla hecha. Pero en ese entonces no. Mamá decía que la ropa de las tiendas costaba un ojo de la cara, y sólo los más pudientes podían darse el lujo de vestirse en una casa comercial. A nosotros, obviamente, nos vestía la Nina. Sus manos prodigiosas se las ingeniaban para confeccionar nuestro vestuario con retazos de géneros comprados por mamá donde los turcos, consiguiendo siempre resultados extraordinarios. Por eso desde un comienzo le fue bien. Bien en el sentido de hacer clientela a puñados. Pero mal, porque siempre cobraba demasiado poco para el trabajo que significaba. Sin embargo ese poco, resultaba una cantidad exorbitante de dinero extra que ingresaba al presupuesto diario, acostumbrado a medio sobrevivir con el escuálido sueldo de profesora de mamá.

Todas las tardes al regresar de la escuela la encontrábamos sentada frente a la máquina Singer, aplicada a su trabajo con la concentración y eficacia de una hormiga incansable en su labor rutinaria. Algunas de esas tardes, me sobrevenía un sentimiento de compasión infinita, sentía lástima de ver sus pequeños ojitos arrugados tratando de enhebrar la aguja de la máquina, a pesar de hallarse encendida esa pequeña lamparita atornillada al cabezal. Su visión no era buena, por una cuestión genética, y sus lentes seguramente tampoco podían ser los mejores en esos años para devolverle a sus ojos la visión necesaria.

La hora más difícil para coser suele ser la del ocaso, cuando el sol apoyado en el borde de la última línea del horizonte, se dedica a desdibujar el mundo lanzando destellos de luz opaca, en tanto por el otro extremo del espacio la niebla de la noche se infiltra lentamente. A esa hora del crepúsculo estaba más afanada, porque llegaba la mayor parte de la clientela a probarse. Entonces provista de alfileres y tiza en mano marcaba y demarcaba aquí y allá los pespuntes necesarios por hacer o deshacer. Pero eso no era todo. Mis hermanas le ayudaban, por cierto. Daniel y yo también corríamos a enhebrar las agujas necesarias. Después llegaba la hora de la cena y allí estaba otra vez afanando con las ollas y los platos en la cocina…

La compra del maniquí provocó en nosotros un asombro único e irrepetible, y una alegría estruendosa cuando lo vimos bajar de un camión en los brazos de un hombre. Nunca habíamos visto ni menos tocado algo semejante. Un armazón de cartón piedra simulando busto, cintura y caderas de mujer, al cual podían fijarse ya las piezas de una falda, un vestido, un abrigo, una blusa, en fin, todo para hacer más fácil el armado y entramado de una prenda de vestir. Los trabajos comenzaron a avanzar más rápido con la ayuda del maniquí. Después vino la compra de la tabla de planchar y otros tantos adminículos indispensables para el oficio, pero ninguno de los restantes nos asombró como aquel. A veces, estando la habitación en penumbra, el maniquí vestido con alguna prenda a punto de terminar, semejaba una de esas señoras emperifolladas y de bustos prominentes que llegaban cada tarde a probarse oliendo a perfumes caros.

Mamá también comenzó a llegar más temprano de la escuela, al no necesitar quedarse hasta las tantas haciendo clases particulares, como solía hacerlo para aumentar los ingresos. No volvió así a faltar dinero, aunque tampoco llegó a sobrar. Salvo en esas ocasiones en que la Nina nos entregaba un billetito a cada uno para hacer lo que se nos diera en gana. Ese era acaso, como el nuestro, su momento de mayor felicidad, cuando sonriendo con su sonrisa de madre inmaculada se metía la mano a la pintora para entregar a sus sobrinos lo que con sus blancas manos conseguía ganar.

Muchos años después, hurgando entre sus cosas volvimos a encontrar el letrero, cuando ya nadie se acordaba de él ni de esos tiempos remotos, hundidos en un pasado distante del presente no sólo por la cantidad de años transcurridos a la fecha, sino también por el contraste diametral entre la escasez de entonces y la abundancia del mundo actual. Se hallaba en el interior de una caja todavía intacto, junto a una serie de adminículos indispensables en aquel entonces. Allí estaban las tijeras de sastre, pesadas y enormes, algunas almohadillas para armado de hombros, otras para guardar agujas y alfileres, dedales de metal magullados acusando el esfuerzo de las manos, agujas de distintos tamaños, pequeños trozos de tiza para marcar, huincha para medir, algunos moldes resquebrajados por el tiempo, un par de revistas de la época. En fin, una serie de elementos que habían constituido un mundo, un mundo maravilloso por el que sentíamos deseos de luchar.

Lo que no pudimos localizar por parte alguna fue el maniquí. Quisimos suponer que el tiempo, así como a la Nina, una tarde sombría se lo había llevado. Pero no fue así. Daniela, la menor de mis hermanas, lo descubrió abandonado en un rincón del entretecho, no sin antes llevarse el susto de su vida al imaginar primero que se trataba de un cadáver. El bulto, comentó, oculto en la siniestra oscuridad del entretecho, semejaba eso. Y un domingo invitados a su casa a cenar, lo expuso sorpresivamente ante nuestros ojos para que recordáramos…

Del libro Esa Vieja Nostalgia, Miguel de Loyola, 2010.

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