Georges Simenon, Los vecinos de enfrente.

simenonEn Los vecinos de enfrente, aunque también traducida como La ventana, el inolvidable Georges Simenon recrea las aristas del espeluznante sistema policial ruso en tiempos de la URSS. Algo acerca de lo cual muy pocos escritores se atrevieron oportunamente a denunciar, optando por el silencio, que también es cómplice de la falta de justicia. La novela fue escrita en 1933, advirtiendo muy tempranamente el endemoniado manejo de la policía secreta en las llamadas Repúblicas Socialistas.

Un diplomático turco, llega a la ciudad de Battun para hacerse cargo del consulado de su país, en medio de un clima caluroso y sofocante. Desde un primer momento Adil Bey advertirá que no es bienvenido, dadas las condiciones en que se encuentra el consulado, y la imposibilidad de hallar personal de servicio para su aseo y cuidado. Se trata de un departamento que sirve de casa y oficina, sucio y abandonado. No obstante, y aquí surge la primera paradoja, cuenta con una secretaria asignada por el gobierno, la misma persona que ha servido al cónsul anterior, muerto bajo extrañas circunstancias.

La pericia narrativa de Simenon lleva poco a poco al lector a la inmersión en la sórdida atmósfera en que se mueven los personajes. En un apartamento frente al consulado, cuyas ventanas se abren y se cierran dejando al descubierto lo que sucede dentro, y dando a entender que lo mismo ocurre cuando desde el otro lado se mira hacia el consulado, vive el jefe de la GPU, Kolin, quien además es hermano de Sonia, la secretaria asignada al cónsul, una joven de veinte años, cuya misteriosa personalidad terminará enamorando al nuevo cónsul.

Desde un primer momento, Adil Bey no encuentra explicación y tampoco sentido a lo que hace allí, en esa ciudad extraña y sucia, cuya lengua además desconoce. Al parecer, como diplomático, ha llevado buena vida, sus camisas, según confirma las ha comprado en Viena. Pero allí, en medio del desorden pierden su significado. Nada parece tener sentido. La electricidad se corta cada tanto, lo mismo ocurre con las línea telefónica, no hay agua en las cañerías, y el plomero no aparece, a pesar de que aseguran que vendrá, no hay vituallas tampoco, no hay comercio libre en la ciudad, salvo para los extranjeros que, a juicio de Sonia, derrochan en alimentos.  En la oficina del consulado los turcos residentes diariamente solicitan cosas imposibles, como una visa para salir del país o regresar a su lugar de origen, algo muy difícil de obtener -sabemos- en medio de la dictadura socialista. Así el clima de incertidumbre, poco a poco comienza a tensionar y presionar la salud mental del cónsul, quien terminará consultando un médico, sugestionado por la idea de hallarse enfermo.

La forma de ir poco a poco, paso a paso generando la atmósfera de la novela, es la que consigue darle peso y consistencia al fondo, a esa asfixiante realidad humana, donde los seres han sido automatizados por los organismos de seguridad, y responden como máquinas ante cualquier situación, incluido el sexo y los afectos.  El sistema policial  controla y regula la vida de los individuos, transformándolos en entes, como ha ocurrido con Sonia, la secretaria, por quien Adil Bey llega a sentir amor y piedad.

La prostitución, otro de las grandes consecuencias de las dictaduras socialistas, está latente en la novela. Cuando asola la escasez y abunda el mercado negro, otras dos lacras de la misma naturaleza, las jóvenes están dispuestas a cualquier cosa con tal de conseguir una lata de sardinas, un jabón, un perfume, como le ocurre a la misma Sonia, quien además es usada por los organismos de seguridad como delatora.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Enero del 2015.

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