Sexo y modernidad

promotorasA estas alturas parece quedar claro que la modernidad ha terminado por industrializarlo todo. Incluido el sexo, por supuesto. La industria del sexo crece y florece en nuestros días a vista y deleite de una sociedad que ha perdido definitivamente el pudor. Los oráculos de la modernidad, es decir los televisores, esas cajas atrapa bobos instaladas en todos los hogares del planeta, imponen a los individuos lo que hay que comer, beber y desear. Y, por cierto, el sexismo, verdadera pandemia que afecta a un número cada vez mayor de personas en el mundo. Los oráculos están día a día, minuto a minuto, inyectando en hombres, mujeres y niños el virus mediante comerciales, telenovelas y pornografía. Se trata, indudablemente de una industria floreciente, equivalente a la farmacéutica. Por cierto, llama la atención la utilización de la mujer como anzuelo indispensable en esta industria, contraviniendo con todo aquello por lo que lucharon en los ´60 los movimientos feministas.

Las mujeres venden más que los hombres, de eso no hay dudas, y por eso están presentes junto a cualquier producto. Vaya usted a un supermercado y encontrará promotoras junto a las cecinas, vinos, chocolates, café… En los spots publicitarios de automóviles, viajes, detergentes, casas, muebles…, son las mujeres las que aparecen sugiriendo la necesidad de tales o cuales productos. La publicidad sin mujeres sería impensable ciertamente, todo se nos presenta mediatizado y sugerido por una mujer joven y atractiva, y no hay quien se resista, porque la mujer sigue siendo el mayor misterio deseado por los hombres. Desde la mitología griega la mujer ha simbolizado eso, pasando por diferentes etapas hasta la degradación actual, donde se la utiliza como incentivo publicitario infalible también para despertar el instinto sexual, no sólo en los hombres, también en las propias mujeres. Es decir, para la Industria que bien he venido a llamar sexual.

Desde luego, cabe aquí individualizar a la mujer creada para tales efectos. Porque no se trata tampoco de la mujer corriente, sino de un prototipo de mujer creado por la industria para producir un resultado concreto. A principios del siglo XX, recordemos, las mujeres tenían primero rostro, ojos azules o verdes, cejas y pestañas largas, bocas estilizadas, narices respingadas, luego cuerpo. Bastaría una ojeada al cine de entonces para advertir las diferencias. Los rostros de las actrices copaban la pantalla. Hoy se ha invertido aquel orden estético. Hoy las mujeres tienen primero cuerpo y el rostro pasó a segunda categoría, a segundo y tercer plano. Las mujeres de la televisión ya no destacan por sus rostros, sino por sus curvas, sus senos y sus traseros exuberantes. Se exaltan así de manera violenta los rasgos propiamente femeninos del cuerpo, y se deja en segundo plano el rostro, del que apenas ahora se destaca el pelo, por lo general rubio brillante. Estos atributos son los que venden y exporta la industria del sexo a todos las latitudes. Es un fenómeno universal, porque a lugar que vayamos del planeta veremos más o menos los mismos prototipos encabezando cualquier tipo de publicidad, y a los hombres corriendo detrás de los traseros, anestesiados por el virus.

No vamos a discutir aquí la importancia del sexo, porque su importancia es evidente en cualquier momento de la historia de la humanidad, aunque no imprescindible, pero ese es otro asunto, tema para discutir en otra ensayo. Aquí se trata de cuestionar el imperio de la Industria Sexual en tanto industria creada por la razón instrumental para dominar a los hombres, y someterlos a sus leyes mercantiles. Porque indudablemente cabe aquí hablar de mercado, en tanto industria creadora de un producto para su venta y consumo masivo. La creación de estereotipos ideales femeninos, genera el deseo y la necesidad de ellos, lo mismo que cualquier otro producto creado por la industria, llámese vino, detergentes, galletas, automóviles, etc. Y es lo que ocurre, y está ocurriendo a cada instante. La Industria Sexual sigue avanzando, imponiendo el vestido, el calzado, el color del pelo, las cosmética y por cierto, la cirugía plástica. Todas estas áreas posibles de explotar se han globalizado, y en cualquier ciudad del mundo se pueden apreciar con mucha claridad y sorpresa la misma uniformidad del cuerpo femenino. La ropa se fabrica para realzar las partes ya señaladas, los zapatos también, cremas y ungüentos acompañan en calidad de aditivos…También la industria avanza, aunque más lentamente, en el estereotipo sexual masculino, lanzando al mercado la imagen ideal del macho, simbolizada preferentemente en un cuerpo musculoso y atlético, dejando también en segundo plano las cualidades del rostro. Es decir, se acentúan en los cuerpos sus aspectos genitales, realzando sus contornos.

La propuesta de Aldous Huxley en Un mundo feliz, ya la estamos viviendo. Tras la instalación de un prototipo femenino ideal. En el futuro, todas las mujeres tendrán el mismo cuerpo, ese cuerpo creado por la industria e instalado poco a poco en el inconsciente colectivo de la humanidad. Para aquel entonces, los cuerpos de las mujeres tendrán más o menos las mismas caderas, los mismos senos, las mismas bocas, el mismo pelo…. Y ya estamos más o menos viendo eso. La imposición de un producto masivo a gran escala, a escala mundial. Porque cada día son más los hombres que desean tales tipos de mujeres, y les gustaría mucho tenerlas en casa. No se preocupen, vamos para eso. La industria sexual concluirá en eso, introduciendo una mujer de esas en tu casa, y no será de plástico como se venden desde hace muchos años a la fecha en los países más desarrollados, será de carne y hueso.

Cabe preguntarse cómo y por qué surge la industria del sexo. Y aunque la respuesta puede resultar simple, finalmente no lo es. Es de una complejidad mayor a decir que se trata del más antiguo de los comercios creados por el hombre. Porque no estamos hablando aquí de prostitución, sino de un fenómeno social aún mayor, generado por la industria Porque si bien el fenómeno puede confundirse con prostitución, no es el resultado de una necesidad natural, instintiva, sino creada, elaborada, auspiciada y manejada por la industria. Una industria, por cierto, apoyada en la publicidad. Porque la publicidad vende, advierte el refranero, y sabemos hasta donde resulta una verdad innegable. La industria sin publicidad daría palos de ciego. Todo está mediatizado a través este dios intermediario que convierte al hombre en cosa.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Mayo del 2015

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