En busca de las palabras

palabrasA estas alturas, advertimos claramente la jibarización que ha sufrido la lengua por causa de los avances tecnológicos. Bastaría recoger una conversación vía whatsApp de cualquier persona joven para demostrar tal hipótesis. La tecnología comunicacional, si bien abre horizontes cuando acorta las distancias entre los hablantes, por otro lado termina reduciendo la lengua a expresiones mínimas, a un dialogo monosilábico, que no desarrolla ideas completas, sino apenas esboza conceptos referidos al ánimo por sobre a cualquier otra cosa. Bacan, gélido, weon, ok, son sin duda vocablos pertenecientes a un lenguaje fragmentado, reducido a la más mínima expresión por parte del hablante, porque no acotan la esencia de la experiencia que se quiere o necesita comunicar. Hay también comodidad tras la elocución de tales palabras, una comodidad acaso producto o resultado de esa urgencia por el tiempo que se invierte al hablar, en medio de esta prisa de la vida cotidiana. Pero también mucha apatía, por esa falta de sentido en que vive sumido o dormido el hombre moderno. Cabe citar aquí a Jorge Manrique: “Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/ contemplando/ como se pasa la vida/ como se viene la muerte/ tan callando/ cuan presto se va el placer/ cómo, después de acordado da dolor/cómo, a nuestro parecer/ cualquiera tiempo pasado / fue mejor…”
Es indudable que la reducción del habla a expresiones mínimas, constituye un peligro inminente para el desarrollo del sujeto y de los pueblos, en tanto herramienta para conocerse a sí mismo y el mundo que lo rodea. En la medida que fragmentamos la lengua, fragmentamos también el conocimiento, y sobre todo esa creatividad lingüística inherente al sujeto, acaso la más importante de todas para la aprensión del mundo, y la formulación de nuevas formas de explicación del mismo. La educación en ese sentido juega un papel fundamental, y cabe preguntarse si lo está haciendo o por qué no lo está haciendo, o por qué ha dejado a un lado el desarrollo global del lenguaje, confinándolo a zonas muy específicas del saber, particularmente relacionadas con la ciencia y la tecnología.
Es evidente que tras esa parcelación de los saberes que conllevan a la especificación del hacer, se reduce la expresión verbal a un lenguaje carcelario y específico, referido exclusivamente al objeto, al quehacer utilitario en este caso del llamado profesionalismo y su especialidad respectiva. Vivimos así una era de especialistas monofónicos, incapaces de salir de la órbita de su especialidad, porque la especialidad es la mejor síntesis del quehacer utilitario, y que en este modelo de sociedad se traduce y convierte en bienes, en cosas, en dinero, en éxito social y brutal.
Dicha jibarización de la lengua, está ocurriendo en todos los niveles discursivos, incluso, por nombrar uno, en la retorica de los políticos, al punto que ya no hay grandes oradores, personas capaces de expresar verbalmente su pensamiento a otros, con la claridad que el hecho en sí requiere para el entendimiento mutuo y la necesaria búsqueda de consensos. Solo vemos esa vieja práctica de recurrencia a consignas estereotipadas, encapsuladas, y las más de las veces caducas. Es decir, a conceptos inmodificables o completamente obsoletos, verdaderos cadáveres amortajados que no aportan nada nuevo, y que sin embargo las generaciones jóvenes asumen como dogmas o leyes sociales perpetuas. Esta dogmatización de ciertos conceptos es también un intento de reducción del lenguaje, del lenguaje en tanto medio de conocimiento y de apropiación de la realidad. Hay palabras aquí que merecen discusión permanente, pero en la actualidad se tragan como panaceas o fármacos solubles y saludables. La palabra democracia, por ejemplo, la palabra igualdad, por decir otra.
Contrariamente, lo que necesitamos hoy es una expansión del lenguaje, todo lo contrario a lo que está ocurriendo en el mundo, y particularmente en América latina, donde el hombre ha quedado paralizado debido a una pérdida sistemática del mismo, a la reducción del habla a expresiones mínimas del ánimo y el deseo, pero rara vez referidas a ideas, al desarrollo de pensamientos personales más complejos. Es cosa de ver la televisión para hacer un diagnóstico del interés cultural existente. Es cosa de ir a un estadio para oír las expresiones que caracterizan a los hablantes. Es cuestión de ir a una universidad para darse cuenta de la falta de lectura de los estudiantes. Muchos hoy día tienen flojera hasta de escribir su nombre completo. Cabe preguntarse cómo y por qué se ha llegado a tal estado. Pero esa pregunta nos llevaría a otro plano, a la enunciación de muchas hipótesis posibles, pero de seguro a ninguna tendiente a solucionar el problema, que es en definitiva lo que realmente importa. Lo que importa es plantear y generar las vías que nos devuelvan o nos lleven a la expansión del lenguaje, en tanto instrumento de apropiación y creación de mundo, y, por consiguiente, al entendimiento de nosotros mismos.
Indudablemente, el mejor camino es la lectura de obras literarias, porque éstas son fuente inagotable de juegos de lenguaje que permiten la conexión y luego el uso de palabras que dan cuenta de una realidad posible o imaginaria. Porque la literatura es una construcción, un edificio, acaso la edificación mayor del lenguaje, dada su complejidad y polifonía de voces que apelan y despiertan incluso simientes dormidos o inconscientes del habla. Dada la naturaleza connotativa del lenguaje literario, mediante la alegoría y la metáfora, abre en el lector conexiones de comprensión y entendimiento ilimitadas. Porque en una obra literaria se condensa la expresión máxima de las palabras, porque es el taller donde se fraguan las palabras.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Octubre del 2015.

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Un comentario en “En busca de las palabras

  1. Te dejo tb. por acá , mi bebe comentario ,además de permitirme el compartir .

    Es mas que un estado de lo humano con una fenomenología de estudio sociológico. Lo cierto es que en la actualidad no hay disciplinas… No quisiera extenderme, he escrito al respecto, desde la aparición de ” nuevas pautas de vida” . Me agrada tu enfoque y el modo de argumentar. Buenas tardes.

    Rossana

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