Nouvelle en busca de Editor

putu, iglesiaCuando llegamos esa noche a Putú, notamos claramente el ambiente festivo reinante. Había guirnaldas de luces multicolores en la plaza, y la música desbordaba los patios de la escuela donde se realizaba el baile. La calle se hallaba atestada de gente tratando de entrar al recinto, mientras otros, acaso los más viejos, a esa hora ya buscaban salir para regresar a sus casas. Víctor estacionó la camioneta a un costado de la capilla , y nosotros saltamos del pickup como resortes, activados por la música. Una banda en vivo estaba tocando clásicas rancheras mexicanas que tanto animan a la gente en los campos. Y aunque su ritmo no era el nuestro, impresionaba por la claridad sonora de sus instrumentos. La música en vivo es definitivamente otra cosa, comentó Víctor, entusiasmado en bailar. Y a nosotros nos pasó esa noche algo semejante, porque hicimos cuanto pudimos por meternos a la escuela, en vez de quedarnos jugando tacataca en la plaza como otros veranos. La música en vivo me excitaba sobremanera, además me atraía de niño ver músicos tocando sus instrumentos. El relumbre de la guitarra eléctrica y el inconfundible sonido de la batería, conseguían fácilmente ponerme en acción. Pero allí destacaba de manera notable el acordeón, y el aspecto pintoresco de los músicos, quienes lucían sombreros vaqueros y trajes claros, mas al estilo cow-boy que mexicanote.

En medio de la multitud y muy cerca del escenario, vi por primera vez a Mariela, la mayor de las Arancibia. Fue un amor a primera vista, y me gustó más aún cuando movido por un impulso completamente espontáneo, se me ocurrió invitarla a bailar, y ella aceptó sin más trámite, sin conocerme, sin saber mi nombre, ni yo tampoco el suyo, sin la arrogancia de las amiguitas pituquitas de los primeros bailoteos en Santiago, en que las chicas se hacían de rogar y uno tenía que ir de una en una haciendo el ridículo hasta que alguna aceptara, cargando la incomodidad y el rubor de no sentirse aceptado. En cambio Mariela no opuso resistencia, impulsada acaso por un resorte semejante al mío, por el sonido espectacular de esa banda que estaba alegrando de manera increíble a la multitud, porque la masa de gente bailando resultaba impresionante, viejos y jóvenes rebalsaban la pista, hipnotizados por la música. Entonces le pregunté su nombre y me agradó oír su voz, marcada por un tono más bien ronquito, claramente de contralto. Aquel mismo año -al igual que yo- había terminado tercero medio y se aprontaba para el último año de secundaria, y al terror de la Prueba de Aptitud. Quería estudiar enfermería, según dio a entender en ese momento; en cambio yo ingeniería forestal, para vivir en el campo, confesé abiertamente, muy convencido de mis palabras. Me encantan los parajes solitarios, alejados de la civilización, aquel silencio existente en la profundidad de los bosques, el olor a madera y el silbido de las sierras en los aserraderos me fascinaba. Me he visto en sueños conduciendo un viejo Land Rover por estos caminos polvorientos, levantando una cabaña de troncos sobre una colina, creo que dije sin ningún titubeo, sintiéndome hombre grande, colmado de proyectos.

Sucede que desde que habíamos comenzado a veranear en el campo, durante el año no hacía más que añorar volver lo más pronto posible. Me acordaba de nuestros paseos al río, de comilonas y asados inolvidables junto al estero de la Cucha, donde nos sumergíamos algunos buscando ranas y renacuajos en un agua tan pura y cristalina que parecía de cristal. De nuestros paseos a la montaña, donde nos convertíamos en monos colgándonos de las lianas y sacando los copihues que crecían en las copas de los árboles. De nuestras carreras a pie pelado por esos caminos de tierra semejante al talco por lo suave, pero tan roja como la greda. De esas idas y venidas al Salto de Agua, donde escalábamos a lo Jim de la Selva por las rocas ocultas en medio de la montaña. Pero este año tenía la cabeza puesta en Mariela, a quien no había podido olvidar durante el año. Lo mismo le había ocurrido a Tito, mi primo, quien no hallaba la hora de volver a ver a Paula. Ese verano parecía disco rayado porque andaba todo el día con la cantinela, vamos a Putú a ver si llegaron, decía y repetía a cada rato. No había noche que no me hablara de Paula, en cambio yo prefería ser más reservado y me quedaba callado, sin hacer tanto escándalo, aunque de seguro tenía tantos deseos como él de volver a ver a Mariela.

Continúa…

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Año 1989

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