El viaje interior

Muchos años tardaríaniño feliz Daniel en comenzar el verdadero viaje, primero anduvo perdido en la enredadera del yo, extraviado en sus enmarañados caminos sin salida, en sus múltiples vericuetos, engaños y embustes, hasta que un día al despuntar el alba despertó. Sí,  despertó,  abrió por fin los ojos, y comprendió que había estado dormido, sonámbulo, sin consciencia de su vida, de sus verdaderos deseos, envuelto o arrastrado la mayor parte del tiempo por  deseos ajenos. No se daba cuenta, no podía darse cuenta, pasaba drogado por intereses impuestos por la sociedad, por el orden institucional, y cuando llegaba a sentirse incómodo, a protestar contra las imposiciones, debía acudir al psiquiatra para luego de un tratamiento medicamentoso volver otra vez dócil al redil, sumiso a la jaula, a su calabozo. Aunque siempre supo que esos fármacos sólo servían para anular y domesticar los instintos, los deseos de placer, de aventuras, de pasiones, no hizo nada, y terminó siendo un individuo apático, sin sangre en las venas, como la inmensa mayoría de la gente, de esa gente a quien todo le da lo mismo, y sólo sabe hacer lo mismo que hacen los demás: ver la TV, ir al fútbol, comer pizza, beber cerveza, ver  noticiarios escabrosos, maldecir a través de las redes sociales a otros, chatear sobre banalidades clichés: cómo estás, cómo te fue, que hiciste, qué novedades… Porque  esas son las pretensiones de la publicidad (socia del Poder) , que todos sean idénticos los unos a los otros, en deseos, acciones, ambiciones, esperanzas y sueños. Para allá nos empuja día a día el nuevo socialismo mercantil, con sus trucos, por supuesto, siempre envueltos en alguna rubia despampanante o en un macho recio, de pelo en pecho, o en un golpe de suerte que transformará tu vida.

Ahora en cambio Daniel va tranquilamente subiendo paso a paso la montaña, recorriendo un sendero abierto entre árboles centenarios, gozando de la madre naturaleza, del silencio profundo del bosque, silbando a ratos una melodía como en sus mejores tiempos, cuando siendo niño salía de excursión, a escalar montes, o internándose en un valle, o bien bajaba por una quebrada buscando la vertiente. Al fin ha comprendido que la vida sigue siendo un paseo, un paseo imperdible, una aventura de comienzo a fin. Si, hasta el final. Sin claudicar, y sobre todo sin desaprovechar los momentos, los instantes, sin apuro, sin  prisa, sin grandes anhelos ni obsesiones tampoco, percibiendo a cada instante el silencioso fluir de la vida.

Ha comenzado finalmente su verdadero camino, después de cruzar el desierto, después de cuarenta años de oscuridad total, en que anduvo perdido en medio de las tinieblas sin poder hallar la luz, esa estrella polar que conduce a los místicos al encuentro consigo mismo. Entonces no se hallaba, no se encontraba en ninguna parte, viajaba transformado en otro, convertido en un ser que no era él, fingiendo siempre, actuando cual actor un papel que no era el suyo propio. Sólo una imitación, una sombra del verdadero, del que es ahora, del que había sido alguna vez en su niñez, un ser ilusionado y deslumbrado por la vida, que sólo aspiraba a vivir, a crecer, a convertirse en nada menos que todo un hombre.

MIguel de Loyola – El Quisco – Verano del 2007

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