Retrato del artista adolescente, James Joyce (1882 -1941)

retrato del artista adolescenteRetrato del artista adolescente nos pone al corriente de las inquietudes de un joven irlandés,  Stephen Dédalus, protagonista del relato. La historia narra primero algunos episodios de su niñez, junto a su familia y particularmente en compañía de su padre, Simón Dédalus, a quien presenta como persona llena de ingenio y de luz, a pesar de sus desafortunados negocios que lo van arruinando poco a poco. Luego vemos al joven de estudiante en un colegio jesuita que buscará conquistarlo para la orden sin conseguirlo. Stephen optará por la universidad, para profundizar su libertad y sus intereses artísticos, según proclama tras sentirse finalmente liberado del sentimiento de culpa que lo ha acompañado durante sus estudios escolares.

La novela está impregnada por esa atmósfera de incertidumbre que suele transitar por el alma del adolescente de todos los tiempos, pero además cargada por la conciencia del pecado, inculcada por su fe religiosa, y por causa de haber vivido su primera experiencia sexual con una prostituta. Por lo mismo, no enfrentamos aquí una lectura fácil, tendiente a revelar peripecias juveniles que capturen el interés inmediato del lector, como suele ocurrir con otras cuyos protagonistas son adolescentes que conmueven y divierten por sus ocurrencias. No, enfrentamos aquí una obra literaria más compleja, que bien podríamos llamar de tesis, o del principio de ellas, de las obras que comienzan a surgir a principios del siglo XX, tras el descubrimiento del inconsciente, tendientes a cuestionar la conciencia de los personajes, sus discursos, opiniones y pensamientos, por sobre acciones, acontecimientos y anécdotas. Stephen Dédalus al comienzo vive atormentado por aquel sentimiento de culpabilidad presente en la tradición judeocristiana, y que los irlandeses católicos de entonces, según lo recrea y expone Joyce en la obra, extreman bajo el cuidado de las órdenes religiosas a cargo de la educación.

Así, James Joyce nos introduce de lleno en los conflictos de conciencia sufridos por Stephen Dedalus, en su mayoría relacionados con el tema religioso, entregando una versión acabada de los preceptos de la religión católica vigentes en Irlanda a principios del siglo XX, y en el mundo en general, porque en ese sentido la novela alcanza valor ecuménico, tras la descripción en detalle de lo que está en el inconsciente colectivo de esa comunidad religiosa, como los castigos del infierno para los malos y la buenaventura que vivirán los buenos en el cielo. Ambas descripciones, están en dos pasajes memorables de la novela, donde queda manifiesto el discurso de la persuasión practicado por los sacerdotes para concientizar, y donde es posible ver aplastada la personalidad del adolescente Dédalus.

La novela también hablará de un amor platónico que vive paralelamente Stephen Dedalus en medio de sus conflictos, pero no será en ningún caso el tema más importante, ni tampoco servirá de acicate para mantener el hilo conductor de la narración. Joyce no se esfuerza en hilvanar su historia de manera lineal, muy por el contrario, la construye a retazos muchas veces disociados, pasando de un tiempo a otro, preanunciando lo que serán sus obras venideras, donde no habrá presentación, conflicto ni desenlace, sino el misterioso discurrir de la conciencia, donde el tiempo y el espacio no tienen lugar, ni tampoco ninguna importancia.

Sin embargo, habría que agregar que pese al intento de abordar y mostrar la conciencia en su estado más puro, impredecible y caótico, constatamos que el discurrir racional del joven Dédalus busca imponerse por sobre las emociones, cuya naturaleza es muy distinta. Es decir, hay indudablemente una primacía por lo racional, por el gobierno de la razón,  por sobre el mundo emocional que pone en evidencia el interés en el desarrollo del intelecto por encima de los sentidos, muy propio de la época y del mundo cristiano, seguro todavía de ver al hombre como entidad constituida por alma y cuerpo, y no como un todo cerrado.

A tal extremo llega el discurrir racional del protagonista, que termina por dejar afuera sus percepciones y sentimientos amorosos.  Cranly, amigo de universidad, asombrado frente a las carencias de su amigo, en uno de sus diálogos llega a preguntarle: “_Has amado alguna vez a alguien?”  La forma y el momento en que está planteada esta pregunta dentro del relato,  despierta en el lector el profundo sentido ontológico a que conlleva tal pregunta. Cranly le está preguntando por el amor en su sentido universal, por cierto, porque ha descubierto en su amigo la falta o pérdida de esa capacidad en su intento por explorar y asumir la vida desde un ángulo que deja afuera aquel sentimiento eterno y poderoso.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Año 2000

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