Historia de un cacique

mapucheDomingo Catrillanca llegó a Santiago por la década del 60. Se vino rodando caminos sobre sus gastadas ojotas de goma de neumático desde su tierra Temuco adentro. Cruzó montes, montañas, bosques espesos de quillayes, boldos, maquis, robles. Los ríos azules y los arroyos plateados y zigzagueantes del sur. Cielos cuajados de estrellas palpitantes. Los picachos de los volcanes recortados en el horizonte. Antiguos caminos pedregosos y arrugados por la calamina del tiempo, hasta alcanzar la superficie plana del valle central con sus espigados álamos blancos, y seguir rumbeando morral al hombro por entre los viñedos extendidos como una red entre la cordillera y el mar, buscando algún trabajo que no encontró y tuvo que seguir siempre adelante, hasta la misma capital del país, pero ya sin ninguna reserva en el morral para calmar el hambre que comenzaba a devorarle las tripas y los sueños de iniciar una vida definitivamente mejor en otra parte.

Cuando ya perdía las esperanzas, un camión colorado cargado con la misericordia de los campos lo recogió a la hora del ocaso en Rengo, y lo llevó de madrugada directo a la Vega Central de Santiago. Allí pagaría el trayecto descargando el camión con sus musculosos brazos de guerrero antiguo, cobrando luego inmediata fama entre los camioneros por su fuerza y su aguante. La carga de cientos de cajones de manzanas la puso en la bodega en menos del tiempo ocupado por cuatro cargadores juntos.

Después, esa misma mañana, recorrió las grandes bodegas, los enormes galpones de frutos del país alineados a lo largo de avenida La Paz buscando empleo, y se lo ofrecieron quienes lo vieron descargar el camión de manzanas premunido con la misma fuerza de sus antepasados para resistir la conquista y la esclavitud. Cuando llegó la noche de aquel día largo, se encontró agotado, pero provisto de un puñado de billetes que le alegraron el alma y le dieron esperanza para rehacer su vida de hombre errante en esa ciudad desconocida y lejana, fundada a sangre y fuego durante la conquista.

Domingo Catrillanca pasó su primera noche recomendado en una pensión existente en uno de los viejos conventillos de la calle Olivos, y al día siguiente, a las cuatro de la mañana estaba otra vez frente a las bodegas de avenida La Paz esperando la llegada de los camiones que, como elefantes africanos, colorados y amarillos, llegaban cada madrugada en manadas a Santiago provenientes de las chacras aledañas, cargados de hortalizas, granos y frutas para abastecer los distintos mercados existentes en la ciudad.

No llevaba todavía una semana trabajando cuando ya lo llamaban Caupolicán, por su musculatura de gladiador y su fuerza de toro de arrastre que recordaba a los héroes de La araucana. Los camiones más grandes los dejaban en sus manos para la descarga. El primer mes de trabajo, Domingo Catrillanca escondía bajo el colchón de la pensión un grueso fajo de billetes ganado con esos brazos de metal puro y bruñido por el oro del sol, pero una mujer que metió en su cuarto en una noche voluptuosa, consideró aquel dinero equivalente a los servicios prestados, y al día siguiente, mientras Caupolicán salía de madrugada a su trabajo, se llevó el fajo de billetes escondido en la cartera, dejando al Cacique otra vez sin blanca.

Tiempo después, huyendo de la mala suerte suscitada por la arpía, se cambió de pensión y se fue a otra donde había un mejor colchón y un tacho más generoso para el desayuno. Su amigos le aseguraban que con esa fuerza de titán podría vencer el mundo, derrumbando la pobreza y la mala suerte de un solo puñetazo. Caupolicán comenzó entonces a creerlo, a inflar su alma de sueños de grandeza y porvenires esplendorosos, dadas las múltiples ofertas de trabajo halladas a su paso por las calles de la Vega Central, por donde pululaba también al unísono, un submundo cargado de ebrios y vagabundos, mujeres oscuras, y hombres ladrones y mentirosos.

Domingo venía huyendo de su pueblo Temuco adentro, después de dejar a sus hermanos arreglándoselas con esas tierras de la discordia y del hambre. Porque después de morir su padre, su hermano mayor se había apoderado del rancho y de la tierra apelando a leyes ancestrales. Por eso abandonó sus volcanes nativos y esas lluvias torrenciales que malograban las cosechas cuando más se necesitaban, explicó más de una vez a sus compinches. Venía huyendo de otra guerra, y también del veneno del alcohol que seguía matando uno por uno a sus compañeros de sangre.

Sin embargo, a pesar de su fama de gladiador invencible, en Santiago nunca nadie le hizo un contrato laboral que le permitiera acceder a los beneficios del Seguro Social, y pasó sus años al día, igual que las aves en el campo, nutriéndose del diario alimento recibido por las descargas de toneladas de cajas. Sumas de dinero que oscilaban de acuerdo a la oferta y la demanda, a la generosidad del patrón, en el mejor de los casos, pero nunca excedían el valor promedio dentro del mercado, y poco podía ahorrar después de saldar sus gastos de subsistencia.

Caupolicán no tuvo suerte por ahí con otra mujer que conoció en el mercado donde regularmente nutría el estómago a la hora de almuerzo, y por ese orificio abierto en el alma comenzó a entrarle poco a poco la desgracia. Sus colegas quisieron curarle las heridas de amor mediante el mismo vino con que ellos lavaban las suyas, y aunque al principio Domingo Catrillanca tuvo la fuerza suficiente para mantenerse al margen, en su soledad, poco a poco fue cediendo su entereza y musculatura de guerrero invencible. Después de cada jornada de duro trabajo, en vez de acudir al mercado por un caldo de cabeza y un plato de porotos con riendas, Caupolicán salía detrás de sus compinches de faena en dirección a la cantina donde se cobijaban los desamparados del alma.

Al principio su cuerpo de Hércules nativo y su cabeza lúcida, descendiente de nobles caciques araucanos se mantenía incólume frente a las fuerzas devastadoras del alcohol, pero tras el paso de los años fue perdiendo resistencia, y lo mismo que esos toneles añosos que comienzan a derramar poco a poco su preciado contenido por entre las duelas, la vida de Caupolicán comenzó a hacer aguas.

Para colmo, le cayó por ahí otra hembra de origen extranjero que terminó por partirle el corazón con el hacha de la infidelidad, y esta vez el enfermo no tuvo recuperación. Se internó en las cantinas clandestinas y pestilentes de la Vega Central, verdaderos antros de perdición y miseria, donde reinan reyes ebrios distribuidos en mesas solitarias. Allí, una tarde de invierno, aunque saldría finalmente vencedor luego de una gresca endemoniada entre los contertulios, una estocada en la pierna a mansalva terminaría siendo fatal para la salud de Caupolicán.

Poco a poco, como navío entrando al puerto, Caupolicán comenzó a perder su fuerza, y junto a ello los mejores camiones para la descarga. De todos esos buenos hombres dueños de bodegas, sólo le tendió una mano un tal Alejandro, quien lo autorizó a vivir en su bodega en calidad de cuidador, ya que el viejo cacique araucano no tenía donde pernoctar, y comenzaba a pasar algunas noches junto a otros cargadores a la intemperie bajo los puentes del Mapocho. Los demás le cerraron las puertas y no volvió a encontrar trabajo de cargador. La intempestiva llegada de las grúas horquilla a la Vega Central también contribuyó en su desventura y en la de muchos otros de sus mismo oficio que quedarían cesantes.

Años después, por un mal negocio o por causa de una de las tantas crisis que enfrenta el comercio, se cerró la bodega de Don Alejandro y el cacique quedó en la calle, sin techo ni covacha donde estirar los huesos por la noche. Aunque sus amigos lo asilaron otra vez en la calle, bajo los puentes del río, Caupolicán comenzó a morir lentamente. Por causa de la herida de la pierna y las del corazón, apenas se podía mover, ya no servía de cargador ni a los pequeños comerciantes que llegaban por las mañanas de compra a la Vega Central. No le quedó más que ponerse a cuidar las camionetas, premunido del mismo bastón usado para desplazarse. En esa actividad se mantuvo algunos años en la primera cuadra de la calle Salas, sentado sobre un cajón manzanero y contando de vez en cuando a quienes estacionaban por allí, su pasado de cacique invencible. Aunque pocos daban crédito a sus cuentos al observar su esqueleto convertido en un guiñapo de huesos viejos, roídos por el hambre y la miseria humana. Quienes alguna vez oímos sus cuentos, supimos también que una vez muerto, sus hermanos de sangre se le llevaron otra vez Temuco adentro.

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Historia de un cacique, cuento tomado del libro de Miguel de Loyola: Esa vieja Nostalgia, 2010.

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2 comentarios en “Historia de un cacique

  1. Buenos Días Miguel, hoy con la historia de este hombre con tanta fuerza y esperanza que tiene la juventud y que por busca de afectos va perdiendo sus grandes virtudes, me ha dejado un nudo en la garganta.
    Lo bueno que hoy es domingo y recordé la historia de la empanada que me había dejado com muchas ganas de comerme dos de ellas.
    Muchas felicitaciones por tus relatos, me emocionan. Saludos a Nani.

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