El camino de la Gloria

mujer caminando2Atardecía cuando vi pasar a Gloria por la vereda de en frente. Mijita rica, siempre tan sensual la mina, luciendo sus contornos de hembra calentona. Crucé la calle para seguirla, para recrear la vista siguiendo el paso singular de su trasero. En el barrio no había otra igual, ninguna tenía esa sensualidad a flor de piel que volvía loco a cualquiera. Sin embargo, era una muchacha esquiva y nadie le había robado ni siquiera un beso. Pura imaginación, nada más que imaginación. En los bailoteos no bailaba lentos, y si alguno se le acercaba con pretensiones sospechosas, le daba un buen empujón para mantenerlo a raya. La mina loca, decían, decíamos todos enfurecidos por su actitud reticente y arisca. Nos tenía enfermos, pero no pasaba nada con ella, no le gustaba ningún mocoso, según ella misma confesaba. Le gustaban tipos mayores, con voz y cara de hombre, según decían sus amigas, y no esos pendejos, como nos nominaba con indudable desprecio. Gonzalo le había pedido hasta pololeo en una ocasión; algo inusual en esos tiempos, cuando bastaba bailar un poco con una chica para terminar dándose un beso. Rodrigo había hecho lo mismo, y tantos otros, confiados en ser elegido y bendecido por la Gloria, pero nada. La mina no quería nada con los hombres, ni menos con nosotros, un montón de vagos que pasaba el día fumando en la calle, sentados en la cuneta, divagando sobre fútbol y otras pelotudeces por el estilo.

La seguí esa tarde calle arriba, mientras caía la tarde tragándose poco a poco el contorno de las cosas. Llevaba la vista fija en su silueta que poco a poco se iba difuminando entre los velos grises del ocaso. Su figura era perfecta. Su pelo resbalaba sobre sus hombros como una cascada tras cada paso. Cruzó la avenida Oriente, y enfiló luego hacia la plazoleta de calle Mercurio, donde una estatua recordaba a Beethoven. Me detuve a cincuenta pasos cuando la vi acercarse a una mujer que estaba allí, o venía llegando por el lado opuesto a la plazoleta. Se saludaron de beso en la mejilla como es costumbre entre las mujeres. La otra parecía algo mayor que Gloria, cabello oscuro, pantalones ajustados y cuerpo más bien fornido. Se sentaron en un escaño y en algún momento las vi tomarse de la mano. Tampoco me sorprendí cuando las vi besarse en la boca. Parecía algo obvio. Desde hacía tiempo que se venía corriendo en el barrio aquel rumor alimentado por frustración y resentimiento de macho vengativo. A Gloria le gustaban las mujeres, las machitas, como esa de la plaza que lucía botas vaqueras y blusa a cuadritos. No la había visto antes en ninguno de nuestros bailoteos sabatinos. Tiempo después la veríamos con mucha frecuencia en el barrio acompañando a Gloria a todas partes.

Miguel de Loyola – Varios cuentos escondidos – 1995.

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