Centenario de la viña Santa Cosita

vino y viñedosHay personas a quienes el vino mejora el ánimo, mientras a otros deprime, también hay quienes enloquecen cuando ingieren dos gotas de tinto. En cuál de los tres casos estás tú, me preguntaron esa tarde al momento de llegar. En ninguno, respondí, porque a mí el vino no me alegra, no me deprime, tampoco me enloquece ni pierdo el sentido. Sigo siendo el mismo, insistí muy seguro, confiado en mi buena cabeza. Entonces nunca has tomado un buen vino, respondió Osvaldo, el anfitrión de la velada. Ya verás cómo te cambia el genio cuando pruebes los míos, amenazó. Seguidamente, llamó a uno de los mozos que circulaban en medio del gentío. Para comenzar prueba este moscatel, Arturo. Te aseguro que dentro de algunos minutos no serás el mismo individuo.

Lo vi alejarse hacia un grupo de personas que venían llegando, dejándome la copa que no tardé en degustar. El vino sabía bien, agradable, perfumado, rico. A los pocos minutos sentí que me abría el apetito, y también el deseo de seguir adelante, probando otra copita semejante. Así que me acerqué a dejar la copa vacía y a esperar la inminente aparición de los mozos. Había varios circulando por el jardín, muy elegantemente vestidos, cargando bandejas repletas de copas tintineantes, colmadas de aquel moscatel maravilloso. Me arrimé a un mesón por un canapé de langostinos, justo en el momento en que venía un mozo ofreciendo líquidos a los invitados ubicados en aquel sector. La combinación de ambos sabores, produjo en mi boca la explosión de un sabor exquisito. Por cierto, no había degustado en mi vida un moscatel de esa calidad, de un buque  indiscutible a uvas doradas por el sol. El vino junto al canapé sabía como manjar de dioses, mejor que con champaña, pensé. Tuve que estirar el brazo por otro bocadillo del mismo sabor, pasando entre dos mujeres que me observaron extrañadas, después de mirarse entre sí diciendo o preguntando quién será éste intruso. Para colmo, guapas las dos. Sentí el calor del rubor sobre mi rostro hirsuto, pero resistí. Disculpen señoritas, comenté, pero estos canapés junto a una bocarada de moscatel están demasiado exquisitos, prueben, insistí.

Las tipas volvieron a mirase poniendo esa clásica cara de asco que tienen algunas mujeres de cierto pedigree, generalmente provistas de labios mezquinos y apretados, reprimidos, digo. Las abandoné en el acto, no sin antes llevarme un par de bocadillos, nada más para dejarlas boquiabiertas. Me dio rabia su actitud, no sé. Después caí en cuenta que mi reacción bien podía ser efecto del vino, de aquel moscatel que misteriosamente comenzaba a hacer su obra en mi espíritu, tal como lo anticipara Osvaldo. Entonces fui por otra copa de aquel elixir que abría el apetito. Intercepté al mozo y cambié la vacía por una llena. Pero ya habían cambiado de pinta, ahora ofrecían un chardonnay, tanto o más sabroso que el anterior. Detrás del garzón venía un camarero ofreciendo ostras. Otro estallido de sabores deliciosos se produjo en mi boca tras la combinación. La  celebración venía en serio, se cumplían cien años de existencia de la viña y Osvaldo iba a echar la casa por la ventana, según comentaban algunos invitados en sordina, dándose codazos y guiños de agrado, también de envidia.

Entre un grupo de personas descubrí a Ramiro, me acerqué comentándole el sabor del moscatel. Excelente, dijo, lo preparan aquí mismo, en las bodegas de la viña. Osvaldo es un enólogo nato. Nunca estudió ni fue a una universidad por un título, pero sabe hacer muy buenos vinos, los mejores de la zona, según dicen. Ya verás cuando pruebes los tintos. Son una maravilla, de un buqué inconfundible. Todo lo aprendió de su padre, y éste a su vez del suyo. Esto del vino es un saber hereditario, se heredan las técnicas primarias y luego aplicas nuevas tecnologías. Pero lo importante está en la base, en la elaboración del primer caldo. Osvaldo ha innovado mucho en el proceso que sigue a continuación, ha comprado maquinarias, ha traído a los mejores técnicos, pero ha mantenido los orígenes primarios de hacer vino. Todavía prepara sus caldos en tinajas de roble, y nadie lo ha podido sacar de allí. Tu sabes que desde que los gringos comenzaron a producir vino en acero inoxidable, la mayoría ha terminado haciéndolo en este país también, por comodidad, por higiene, por ahorro, esnobismo, por lo que sea…

Alguien tocó una campanilla anunciando la llegada del Ministro de Agricultura. Se produjo entonces un breve silencio que fue rápidamente interceptado por un grito de salud. Al ministro le ofrecieron tres copas. Moscatel, chardonnay y sauvignon blanc. Ante el asombro de muchos, se tomó dos. Vengo seco, dijo muy sonriente, y la risotada de los contertulios fue general. También hubo aplausos después que destacó la importancia para el desarrollo de la agricultura nacional de los viñateros de la región. El conocimiento de la vid es uno de los saberes más antiguos, enfatizó, hablando y gesticulando al estilo de los personajes públicos, acostumbrados a lucirse. Cuando terminó de hablar, se tomó la tercera copa, no sin antes preguntar, y éste de cuál es. La risotada otra vez fue general. Porque de seguro nadie le creyó, los agrónomos tienen fama de bebedores, y muy bien ganada, digo yo. Por allí debían haber muchos dando vuelta, porque cada vez que pasaban los mozos, quedaban las bandejas completamente vacías. Aunque al poco rato volvían a aparecer cubiertas de nuevas cargas del vital elemento, luciendo copas perfectamente bien servidas, impecables.

Sin duda, mi presencia pasaba por uno de los pocos pájaros raros que andaban volando por allí, entrometido entre  viñateros, catadores, sommelliers, agrónomos y bebedores empedernidos que no soltaban en ningún momento su copa, salvo para servirse inmediatamente otra tras la pasada del mozo. Los cuales, dicho sea de paso, no terminaban nunca de pasar y andaban poco menos que persiguiendo a los invitados. Había suficiente alcohol para embriagar a una multitud, incluidos los baquianos que circulaban por allí. Entre otros, los propietarios de viñas aledañas, quienes se distinguían del resto por sus trajes y modismos entre campechanos y cursis. Llevaban sombrero, botas de huaso y bebían hasta el asombro mismo.

Las tipas a quienes topé al principio, las volví a encontrar frente al mesón de ceviche. Su actitud irresoluta frente a esa exquisitez, confirmó mi radiografía de mujeres siúticas, extraviadas en una celebración que avanzaba inexorablemente hacia la euforia colectiva. Uno podía leer en los rostros de los invitados la exaltación de su estado anímico, aguijoneado por el espíritu inconfundible de Dionisos, dios del vino. Seguramente las ricas no querían quedar pasadas a cebolla, de seguro. Pero se les hacía agua la boca. Esto está delicioso, les dije para sacarles pica, al mismo tiempo que me sorprendía ante mi propia actitud de entrometido. Comenzaba a darme cuenta que se trataba de una infiltración de otro espíritu, un espíritu nuevo y osado que me estaba haciendo hablar cuando nadie lo pedía.

Repentinamente, el olor a carne asada perfumó la atmósfera, y los mozos aparecieron cargando ahora vigorosas copas de tinto, acompañadas de suculentos anticuchos de vacuno. Entre tanto, al centro del jardín un tipo de pie sobre una plataforma vestido a usanzas de los antiguos sommellier franceses, llamaba al primer concurso de cata. Junto al tipo habían emplazado tres barricas sobre unos carretones que recordaban tiempos antiguos, adornadas con guirnaldas de parras verdes y lozanas. La gente hizo cola para participar, y yo me uní a la multitud. La idea, según explicaba el sommellier,  consistía en distinguir tres cepas de tinto. Cabernet sauvignon, merlot y carmenere. El premio sería una botella de reservado exclusivo, forrada en una caja de madera que llevaba grabado los cien años de la viña, junto a un libro de relatos relacionados con el vino, del escritor Miguel de Loyola.

Cuando llegó mi turno, vendaron mis ojos y me pasaron la primera copa. Luego de probar el mosto debía escupirlo en una palangana, pero estaba exquisito y me lo tragué de puro gusto. Lo mismo ocurrió tras la segunda. Cuando probé la tercera, ya confundía completamente los sabores. Por cierto, no acerté a dar con ninguna cepa. Obtuve cero punto. Pero ocurrió que esas tipas, mis amiguitas estiradas, quienes también participaron, atinaron a todas. Ambas recibieron la correspondiente botella de reservado, junto a un efusivo abrazo y beso del sommellier. No saben cómo envidié a las tipas, o al sommellier por darles el correspondiente apretón a esas mijitas ricas.

Volví a quedar solo dando vueltas entre los invitados, ahora saboreando un tinto que estaba para mascarlo, como decía un muy querido pariente mío. Exquisito, parecía un jarabe, un elixir, una copa para los dioses, para aquel dios oculto que llevaba dentro y a partir de ese momento comenzaba a manifestarse, hablándole a cualquiera que se cruzaba en mi camino. Recuerdo que en un momento me acerqué hasta el Ministro para felicitarlo por sus elocuentes palabras referidas al cultivo de la vid. Veo que estás achispado me dijo Osvaldo que se encontraba en ese momento junto al grupo. Y eso que todavía no has probado el sangre de toro que ofreceremos dentro de pocos minutos. Un tinto insuperable en esta región. Te recomiendo que tomes las debidas precauciones y comas algo contundente primero, advirtió.

Le hice caso. Salí entonces en dirección a los mesones de comida que se hallaban repletos de variadas exquisiteces. Carnes, aves, mariscos, frutos secos, quesos, ensaladas… Allí volví a topar a mis amiguitas, ahora degustando tranquilamente el ceviche. Las muy malditas me habían engañado, no lo habían probado preparando el paladar para el concurso. El pajarón en definitiva seguía siendo yo, no tenía el bagaje suficiente para andar metido en lides vitivinícolas. Esta vez escondí la cara tras pasar junto a ellas sumido en el silencio más absoluto, pero pude imaginar sus rostros y hasta oír sus risitas de burla.

Terminé al otro extremo del jardín, junto a la parrilla, degustando carnes rojas y sangrientas como me gustan, esperando el anunciado sangre de toro que no tardó en llegar. Venía en copas especiales, distintas a las demás, de aspecto más firme y duradero. Tomé una y me tembló la mano, tenía un peso superior a lo normal, parecía cargada de mercurio. Al momento de probar aquel delicioso elixir, vi a Dionisos encaramado sobre la tarima, junto a las carretas y barricas, muy sonriente y alegre, llevando sobre su cabeza una frondosa corona de parra y en su mano la correspondiente copa de tintolio. Sentí aplausos y algarabía de la muchedumbre, los gritos de euforia colectiva, los fuegos artificiales que estallaron coloreando la noche oscura. Imaginé las orgías en plenilunio sobre las redondas colinas griegas, la corte de mujeres que seguía al dios hasta las cumbres, liberando paso a paso sus histerias y pasiones. Dionisos vestía una túnica que dejaba al descubierto la musculatura de sus brazos, y lucía una sonrisa sensual y complaciente. Las mujeres se agolparon en torno suyo, entre ellas mis amiguitas cuyos rostros habían cambiado completamente de expresión, sonreían hipnotizadas, predispuestas al festejo. Las vi sumarse prestamente al grupo para alabar al dios del vino, mientras yo salía de aquel jolgorio cargando una que otra pesadumbre. Tenías razón Osvaldo, no había probado nunca un buen vino, mascullaría amargamente en mi regreso desolado a casa.

Miguel de Loyola – Mis cuentos del vino  –  2015

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