El sauce mocho, relato.

sauce mochoEl crepúsculo llegaba a San Clemente lentamente, extendiéndose poco a poco hasta teñir la tarde de gris. Luego, o casi al unísono, las redondas ampolletas del alumbrado público encendían su amarillo pálido, proyectando las sombras fantasmales de los plátanos orientales sobre las casas que pegadas hombro con hombro, conformaban la estructura lineal de la calle.

 A esa hora la gente solía recogerse al interior de sus moradas, hacia esos enormes caserones de adobe, oscuros y sombríos durante el transcurso del día, pero al atardecer, al resplandor del brasero, adquirían una cálida intimidad de hogar. La calle principal, quedaba entonces vacía y silenciosa. Sólo algún perro vagabundo solía cruzarla de punta a punta, acusando su paso tras el roce de sus pezuñas sobre el pavimento.

Los niños debían recogerse a esa hora de la tarde también. Se corría de boca en boca el rumor de que a esa hora crepuscular, el Sauce Mocho solía aparecer. La Caty nos intimidaba a menudo con aquel viejo rumor, especialmente cuando rehusábamos a entrarnos, insistiendo en permanecer otro rato más en la calle jugando, o bien observando el remolino de mariposas nocturnas que comenzaban a revolotear los faroles encendidos, buscando el amparo del calor prodigada por la luz.

Una tarde estábamos andando en bicicleta cuando salió a llamarnos. Ambos con Fernando suplicamos que por favor nos dejara otro rato más. Y así, supongo, debió pasar más del tiempo debido, porque tuvo entonces que salir por segunda o tercera vez a decirnos en tono amenazante, que si no nos entrábamos de inmediato, el Sauce Mocho podría llevarnos. Eso comentaba frecuentemente la gente del pueblo, que el hombre aquel llevaba un saco donde se  llevaba a los desobedientes. La gente mayor del pueblo lo decía siempre, aunque hasta ese día ninguno de nosotros había visto realmente al personaje.

El hombre asomó repentinamente en el extremo sur de la calle. En ese preciso momento volaba persiguiendo en bicicleta a Rodrigo, y fue él quien gritó primero: -¡El Sauce Mochooo…! Su voz resonó aterradora en medio de la penumbra de la tarde. Por supuesto que a mí se me puso la carne de gallina, mientras Rodrigo desaparecía tras las seguras puertas de su casa sin alcanzar a decir ni adiós. Fernando, mi hermano menor, hizo exactamente lo mismo, desapareció sin dejar rastro. Quedé entonces solo en medio de la calle. Aterrorizado perdí el equilibrio al intentar devolverme hacia mi casa, y caí sobre el duro pavimento, presa del terror, de un miedo angustiante que hasta entonces desconocía. Temía que en cualquier momento las garras de aquel extraño me apresaran.

No sé a qué velocidad, ni con qué destreza conseguí volver a poner la bicicleta en pie, para luego salir disparado en dirección a casa, sin atreverme, por cierto, a mirar en ningún momento hacia atrás, pero bajo la más absoluta certeza de que el extraño sujeto seguía avanzando a mis espaldas a lo largo de la calle.

Cuando conseguí entrar a casa, recién volví a respirar otra vez. Mi corazón latía violentamente, arremetiendo redobles de tambor militar. Estaba lívido, sin duda. Impresionado por aquella presencia que ahora tenía el peso de lo real. Cerré la puerta asegurando el pestillo y puse la tranca en su lugar. Mi primera intención fue dejar el asunto hasta ahí. No obstante, pese al miedo, me mantuve detrás de la puerta esperando unos largos minutos. Mi curiosidad se había tornado de pronto más poderosa que el miedo. Quería espiar al extraño, y parapetado detrás de la puerta me sentí de pronto lo bastante seguro.

Al cabo de un lapso imprecisable, entreabrí lentamente el postigo unos cuantos centímetros para observarlo al pasar.  El sujeto no tardó muchos segundos en entrar en el ávido campo de mi radio ocular, vigilado por mi pupila dilatada por el asombro. Surgió lentamente, como proyectado por una cámara lenta sobre aquel ángulo de la calle. Al primer golpe de vista, su aspecto me pareció como para atemorizar a cualquiera. Al punto que me llevó a cerrar el postigo violentamente, movido por un mecanismo inconsciente. Luego, volví a abrir y confirmé su desgreñada cabellera, sus ropas deshilachadas y mugrosas, sus pies sobre ojotas se me revelaron como verdaderas garras de animal desconocido. Y cuando estuvo justo frente a la puerta, su rostro me enseñó una maraña de pelos donde apenas se podían distinguir unos ojillos supurantes y rojos. Pero no pude continuar, porque me asaltó la sensación de que se había dado cuenta de mi presencia espiatoria, por esa mueca despiadada que hizo con la boca. Entonces cerré aterrorizado el postigo, y ya no lo volví a abrir otra vez. Sentía que algo estaba a punto de hacerme desvanecer. Sus pupilas sanguinolentas seguían mirándome, pero ahora desde mi propio mundo interior, como si hubieran quedado incrustadas en alguna parte de mí mismo. Finalmente, salí corriendo de mi escondrijo hacia el interior de la casa, donde a esa hora del día solía reunirse la familia. Fernando estaba allí, por supuesto, sentado junto al brasero leyendo una de sus revistas de historietas.

– ¿Lo viste Manuel? me preguntó en secreto al oído apenas estuve cerca de él.

– Sí, le contesté con una voz todavía temblorosa, salida de ultratumba. No quiso preguntarme nada más. Supuse que con la cara de espanto que tenía en ese momento, se lo había dicho absolutamente todo. No volvimos a hablar ese día ni otro del asunto. Sin embargo, el Sauce Mocho seguiría rondando mi imaginación durante años. Y cuando caía el crepúsculo me sobrevenía el terror de que ese extraño ser emergiera por entre las sombras. Incluso me veía atrapado en su saco, porque era cierto que tenía uno, lo llevaba aquella tarde sobre su hombro.

Muchos años después volví a verlo. Nos topamos en la abandonada estación del ferrocarril, donde solía ir a estudiar por la tranquilidad que comenzó a reinar en aquel lugar después que el tren dejó de llegar a San Clemente, y la estación entró poco a poco en un estado de permanente agonía. Lo vi asomar muy a la distancia, caminando a paso cansino sobre los viejos durmientes de la línea férrea. Lo primero que pensé fue en huir. La verdad que no tenía el menor deseo de volver a encontrar aquel fantasma de infancia. Sin embargo, después de dudarlo unos cuantos segundos, opté por quedarme donde estaba, tal vez sería mejor desenmascarar al desconocido.

Cuando estuvo lo bastante cerca de donde me encontraba como para mirarlo detenidamente, advertí aliviado que cualquier persona normal podía darse cuenta que sólo se trataba de un pobre hombre, de un hombrecito, como dicen en el campo. Advertí también asombrado que le faltaba un brazo y que seguramente esa era la causa de su singular apodo.

Silenciosa y lentamente se acercó para pedirme con la humildad de un campesino, un cigarrillo. Entonces, no sé si movido por un profundo sentimiento de altruismo o de triunfo final frente al miedo y al mito, le regalé entera la cajetilla de Hilton que llevaba metida en uno de los bolsillos. El Sauce Mocho me sonrió con cierta dulzura en señal de agradecimiento, dejando entrever un colmillo amarillo perdido en la manifiesta oscuridad de su boca desdentada, y luego prosiguió lentamente su camino. Sin embargo, al igual que esa primera vez, no por ello dejé de observar con desconfianza el saco que todavía colgaba de sus hombros.

 

 

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Año 1988

 

 

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