No lo sé, relato de Miguel de Loyola

IMG_0466El autobús corría a velocidad crucero por la carretera en dirección a Sevilla, la ciudad del “burlador”, mientras la chica del asiento delantero al mío no dejaba de hablar a través del celular. No lo sé, repetía de tanto en tanto. No lo sé, insistía, como si alguien le estuviera exigiendo una respuesta sobre algo muy importante. Al cabo de una hora de oírla repetir aquella frase, pude inferir que desde el otro lado de la línea, posiblemente el novio, le preguntaba dónde estaba, por dónde iba, qué pueblos cruzaba en esos precisos momentos. No lo sé, volvía a repetir con un acento que me resultaba gracioso y también seductor, por los espacios en blanco que abrían esas palabras, creando horizontes de expectativas posibles. Acá decimos sencillamente no sé, sin agregar ningún pronombre, cerrando la frase a cualquier posible interpretación.  Variantes del castellano, de la lengua, regionalismos, sin duda, y cabía preguntarse cuál sería el modo más correcto de escribir aquella frase.

A ratos, cuando la chica volvía a repetir esos vocablos, daban deseos de arrebatarle el móvil para gritarle a su interlocutor: deja a la niña de una buena vez en paz, carajo. Porque de seguro el tipo con quien hablaba debía ser un majadero del espanto, acaso un Otelo que temía al burlador de Sevilla, lugar de destino de aquel autobús. Porque la chica viajaba sola, arrinconada a la ventana, hundida en su asiento, mirando a ratos por la ventanilla, la mayor parte del tiempo atenta al móvil, con los audífonos atornillados a las orejas, oyendo durante todo el trayecto al majadero ese. Porque la conversación continuaba, casi sin interrupciones, aunque lo que oí más adelante sellaría mi cólera con una mueca de tristeza. Mi madre me ha conseguido una hora en Sevilla para el examen, porque en el hospital de Madrid hay cuarenta días de espera para tomárselo, confesó. Esta enferma la chica, deduje finalmente. Su vocecita juvenil había comenzado a seducirme por su talante, porque a pesar de repetir no lo sé, el tono de su voz denotaba seguridad y desplante. Tal vez tiene algo muy grave, concluí entristecido por la noticia. Mientras aquella frase me daba vueltas, y me llevaba al convencimiento que yo tampoco sabía nada, nada de nada de este mundo ni del otro, salvo que tenía una reserva de hotel en una ciudad que visitaba por primera vez. Hotel Eurostars Regina, decía la tarjeta que me habían dado en la empresa. Calle San Vicente, número 97. Muy cerca del terminal de autobuses, me había aclarado la secretaria del supervisor.

El autobús seguía avanzando sin detenerse en ningún sitio, cruzando valles y praderas que parecían cuidadas por las manos del hombre experimentado por los años, por los siglos que llevaba gozando de aquellas tierras. Muchos olivares, naranjales, también encinas donde de seguro largaban cada mañana o cada tarde a los cerdos a darse de cabezazos contra los árboles para que dejaran caer sus duros frutos que originan el afamado jamón de pata negra.  Me esperaban tres largos  días en Sevilla metido en reuniones, cerrando un negocio que otros agentes de la empresa no habían conseguido cerrar. Los árabes no son presa fácil para vendedores sin experiencia, por eso necesitamos que vayas tú, me dijo el supervisor para dorarme la píldora, seguro. Por supuesto que yo no tenía ningún deseo de viajar tan lejos esa semana, ni menos las última del año, en plena víspera de Navidad. Pero allí iba, sentado en el autobús, acaso aliviando mis propias preocupaciones al poner oído a la chica que seguía repitiendo aquella frase para mi hoy día inolvidable, no lo sé. Cuánta razón había en ella, cuánta verdad…

El autobús aparcó en la terminal. La chica se bajó y se fue sin rescatar nada del maletero. Viajaba seguramente con lo puesto, ligera de equipaje, como dijo el poeta Machado en su célebre Retrato. En cambio yo, para dos noches llevaba una maleta con dos trajes, zapatos de repuesto, pijama, ropa interior, parapetado hasta los dientes, a fin de vestir adecuadamente para las reuniones. Me dieron deseos de olvidar la maleta y seguir a la chica hasta el hospital para preguntarle qué le pasaba, que le ocurría, aún a sabiendas que me respondería tranquilamente con esa vocecita enternecedora, no lo sé.

Amigo lector (Si te gustó el relato, puedes votar por él en este link desde el 3 al 20 de diciembre.)

http://www.relatosbreveseurostars.com/

 

Miguel de Loyola – Sevilla – Noviembre del 2018

 

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