En busca del Museum

flamencoLucía insistió en que el hotel debía ser alguno de la cadena española, a mí me daba igual. Nunca he sido amigo de hoteles por el ambiente rebuscado que usualmente despiden. Pero ahora debo reconocer que no hay tal. Al menos en donde estuvimos, ubicado en la torre se Sevilla, resultó acogedor. Para ser un hotel de cinco estrellas, claro, no tenía nada de pretencioso ni arribista. Un hotel de verdad precioso, una habitación cómoda a más no poder, donde todo funciona perfecto, donde estás seguro que no te vas a quedar con la cremallera del grifo de la tina en la mano después de abrirla. La vista, impresionante. Una panorámica de la ciudad de Sevilla, desde donde se puede observar muy bien el curso pausado del Guadalquivir y sus barcas de paseo meciéndose en sus aguas.

Llegamos al hotel a eso de las tres de la tarde, y aunque nuestra primera intención era dormir una buena siesta para reponernos del viaje, no pudimos. La vista era demasiado atractiva como para hundirse en un sueño profundo. Lucía se sentó junto al ventanal y no se movió de allí en toda la tarde. Amo esta ciudad, dijo y lo repitió varias veces sin dejar de mirar a través del amplio ventanal, mientras yo echaba mano de una cerveza del minibar. Ella había estado allí antes, en Sevilla, para mi en cambio era el primer encuentro con la ciudad del burlador. Nos llamó mucho la atención que en un hotel de esa categoría hubiera disponible un hervidor eléctrico en la habitación, además de sobres de café y bolsitas de té para los pasajeros. Eso sólo lo habíamos visto en Londres alguna vez, en un hotel para estudiantes. Pero allí era impensable disponer de algo así, libre de costo. Genial, dijo Lucía, y no perdió tiempo en servirse una taza humeante de té.

Bajamos a la planta baja recién a eso de las siete de la tarde, cuando ya la penumbra comenzaba a desdibujar aquel magnifico entorno. La ciudad encendía sus luces para mostrar una nueva dimensión de sí misma, ahora romántica, a ratos también gótica, medieval, cruzada por estructuras arquitectónicas fusionadas a través de los siglos por moros, cristianos y judíos. Cruzamos el puente del Cristo de la Expiración para internamos por las calles de Sevilla atestadas de tabernas, bares, restaurantes, cafeterías, buscando la dirección del Museum del Flamenco, porque habíamos conseguido unas entradas para ver allí una función especial, sin tantos adornos, sino más bien algo natural, nos dijo la agente cuando las compramos. Sin embargo, la dirección parecía imposible de hallar en esa telaraña de callejuelas transversales, diagonales, semi circulares, de todas las formas geométricas imaginables. Se dice que los árabes construían de aquel modo sus ciudades para protegerse, para desorientar al enemigo, para extraviarlo en ese enmarañado de calles hasta el paroxismo. Y vaya si no tenían razón, al cabo de media hora andando de un lado a otro, consultando incluso, estábamos perdidos lo mismo que en el interior de un laberinto. Tuvimos que consultar en cada esquina para acercarnos al lugar previsto. Calle Manuel Rojas Marcos, el nombre no se me olvidaba, ni se me olvidará, claro, porque el esfuerzo que hicimos para hallarla fue agobiante, neurótico también debido a la hora, porque la función comenzaba a las 8.30, y perdidos como andábamos, comenzaba a parecernos imposible llegar a tiempo. Todo eso además aguzado por las tentaciones gastronómicas que se cruzaban a cada paso, invitando a comer unas buenas tapas, a beber una caña bajo las terrazas de las tabernas atestadas de turistas, y olvidarse así del asunto, de aquel estrés por hallar el dichoso museum. Pero no, seguimos andando, es decir, extraviándonos, aguijoneados por el amor propio, hasta dar finalmente y casi por casualidad con el lugar. Museum del Flamenco, apuntaba tenuemente un cartel, ubicado en una callejuela donde era posible imaginar la aparición en cualquier momento de Don Juan Tenorio, quien de seguro seduciría a tu mujer.

Llegamos con quince minutos de atraso, pero al ver nuestros rostros exhaustos y afligidos, nos dejaron entrar. La ubicación no fue la mejor, pero al menos no perdimos nuestras entradas para ver el espectáculo.  La sala estaba repleta de gente, destacaban los rostros impertérritos de los orientales presentes y ubicados en primera fila, parecían momificados frente al movimiento de las bailarinas. El zapateo era atronador, y uno temía a ratos que esos cuerpos frágiles de las bailarinas se pudieran desintegrar. El canturreo más bien monótono, cargado de nostalgia, tragedia, drama de amor, celos, desdichas amorosas, traiciones, desventuras… La bailarina lo animaba con sus movimientos y contorsiones, provocando sobresaltos del corazón.  Un espectáculo esplendido, cargado de significantes ancestrales, pero que no resultaba fácil comprender, aparte de esa actitud de torero del bailarín, quien posiblemente toreaba a las mujeres como lo hace aquel en la arena frente al toro.

Salimos de aquel sitio conmovidos, sintiendo todavía el repiqueteo en los oídos de los zapatazos, pero las callejuelas de Sevilla se encargarían de conectarnos rápidamente con el presente. Pedimos cuatro tapas y una botella de vino en el primer lugar que nos sedujo, y nos internamos de seguro en lo más profundo de España, su cocina inigualable, realzada de sabores únicos en el mundo.

Miguel de Loyola – Sevilla  –  Noviembre del 2018

Si te gustó el relato, puedes votar aquí:

http://www.relatosbreveseurostars.com/?id_relato=989

Gracias.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s