Un circo pasa, Patrick Modiano

un circo pasaUn circo pasa genera aquel ambiente de ambigüedad característico en las novelas del Premio Nóbel francés Patrick Modiano. Todo es difuso, nada está claro. La realidad no existe, puede ser modificada en cualquier momento, pareciera dar a entender. El protagonista, un joven de 18 años es citado por la policía a declarar porque su nombre aparece en una libreta de apuntes de alguien que ha sido apresado porque es de suponer está en líos con la justicia. Tras salir del interrogatorio, que reúne las características de lo que  se ha venido a llamar kafkiano, verá entrar a una chica a la misma oficina de donde él acaba de salir. Decide esperarla y seguirla cuando sale del edificio de la policía para preguntarle por qué la han citada a ella también. Comienza así una extraña relación sujeta a la incertidumbre de no saber quien es quien. Ella, por cierto, confiesa no saber nada respecto a la citación.

Modiano es un experto en crear climas ambiguos, manteniendo al lector expectante respecto a los personajes que proyecta en sus novelas, aunque en esta, a mi parecer, resulta poco convincente la edad de los personajes, porque se prefiguran en el imaginario más bien como personas mayores a la edad que confiesan. Jean Lucien asegura tener apenas 18 años, sus padres divorciados lo han dejado solo hace tiempo en un departamento que debe entregar pronto, y el cual comparte con un amigo de su padre, otra ambigüedad. Suponemos también que el padre se ha ido a morir a un país donde la eutanasia es posible. La novela genera hipótesis constantes, pero ninguna se demuestra. De la madre, a su vez, se nos dice que se ha ido a España. Es decir, la diáspora o la desintegración familiar.

El clima general de la novela está marcado así por la incertidumbre respecto a la identidad de los personajes y sus asuntos. No sabemos nada concreto de ninguno, se mueven en el misterio de la vida y sus acontecimientos, marcados por un existencialismo que va más allá de la duda sartreana, sumiendo al lector en la idea del sin sentido de la existencia. En Gisele el lector no encuentra nada concreto de donde agarrarse, aparte de su juventud y belleza presumible, y se pierde un poco el interés del relato al no vivenciar ninguna certeza. Gisele es la ambigüedad absoluta, y se nos plantea finalmente como el mayor enigma, proyectando aquella idea nietzscheana sostenida en Así habló Zaratustra, que al hombre le gusta la aventura y la mayor aventura es la mujer, en tanto misterio incomprensible. Jean hará lo posible por ligarse a la vida de la muchacha, acompañándola a los lugares donde concurre, a pesar de oírla decir que está harta de todo y que su sueño es largarse; a Italia, propone Jean, un paradigma de la felicidad, del paraíso, qué duda cabe.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Octubre del 2018

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