Laberintos de Córdoba

img_0186Entramos muy confiados por una puerta lateral de acceso a la judería de Córdoba, pero después no pudimos salir ni encontrar la dichosa entrada nunca más, se la tragó el laberinto, lo mismo que a nosotros. Al principio todo fue emoción, asombro, deslumbramiento ante la belleza de aquellas callejuelas estrechas por donde se sucedían alineadas las casas, sin despegarse unas de otras, amarradas por un mismo muro de color blanco semejante a un murallón. No había veredas en esas callecitas, tampoco cabía imaginar el tránsito de vehículos motorizados entre ellas, debido a su estrechez, pero por algunas arterias pasaba de vez en cuando uno que otro automóvil pequeño, ronroneando como animal extraviado en medio de una ciudad dormida, silente, semi desierta, a ratos hasta fantasmal, cual ciudad abandonada por sus moradores. Solo se podía ver algunos turistas merodeando por allí, cuáles espectros sonámbulos, pero aseguraban que vivía gente en esas casas blancas y silenciosas como sepulcros. Nos internamos por una y luego por otra, bajo la confianza de avanzar hacia un punto que atravesara de un lado al otro la judería, pero jamás conseguimos llegar al otro extremo, y nos enredamos así en la maraña del laberinto hasta extraviarnos completamente. Entonces comenzó a llover, primero tenuemente, apenas una llovizna leve, luego arreció la lluvia, obligándonos a buscar refugio en algún sitio. Nos detuvimos en una cafetería que disponía de toldos junto a una especie de plazoleta, pedimos café cortado a la camarera, dispuestos a esperar allí el cese de la lluvia junto a otros turistas. Pero nada, en la cafetería dijeron que el aguacero tendría para rato, para el resto de la tarde y posiblemente para toda la noche. Y así fue, porque cayó el crepúsculo, y seguía lloviendo a cántaros, los toldos chorreaban agua por todos lados, mojando a quienes estábamos parapetados allí, acomodando las sillas bajo el toldo para no empaparnos más de la cuenta. Había que salir urgentemente de allí, buscar refugio en otra parte, pero antes necesitábamos hacernos de un par de paraguas, o de al menos uno para no quedar empapados como sopa. Conseguimos dos en una tiendita que encontramos abierta a unos cincuenta metros de la cafetería, y nos dispusimos a regresar al hotel de inmediato, pensando que solo necesitábamos desandar lo andado, devolviendo nuestros pasos por donde mismo habíamos venido avanzando maravillados por la arquitectura de las casas y sus calles empedradas. Sin embargo, por lo visto, partimos hacia cualquier parte, porque no conseguimos identificar ninguna de las callejuelas que habíamos cruzado. Todas parecían iguales bajo el crepúsculo enceguecedor de la tarde, parecían copias, réplicas unas de otras. Comenzaban a pasarse de agua nuestros zapatos y seguíamos adelante, caminando bajo la lluvia sin detenernos, cruzando frente a puertas y ventanas enrejadas con barrotes de fierro forjado, de seguro fundido en antiguas herrerías árabes, judías o cristianas que fabricaban entonces elementos defensivos, barrotes de fierro para defenderse del mismo modo unos de otros. Comenzábamos a desesperarnos, comenzábamos a darnos cuenta que no podríamos salir de allí si no le preguntábamos a alguien por la ubicación de una puerta de escape, yo tenía claro que debíamos avanzar hacia la izquierda, siempre hacia la izquierda hasta encontrar el muro que cercaba por ese costado aquel laberinto, pero las callejuelas me engañaban, torcían, se retorcían y al parecer nos llevaban a dar vueltas en círculo, devolviéndonos a la misma parte, o a otra muy semejante. Me acordé de Borges y sus laberintos, del escritor argentino ficcionador de tales mitos, y eso consiguió en parte aliviar un poco la angustia de hallarme extraviado, completamente perdido. La vida no es más que un laberinto, se podía leer entre líneas en sus textos, un laberinto con una sola salida, y allí andábamos nosotros buscándola desesperadamente a esas horas, cuando la noche había derramado su oscuridad, y solo pequeños farolitos medievales desperdigados por las callejuelas alumbran nuestros pasos. Llevábamos varios kilómetros inútiles recorriendo sin sentido, cuando finalmente encontramos a una persona para preguntarle hacia donde estaba la avenida De América. La aclaración no fue la mejor, porque nos hizo devolvernos por donde mismo habíamos llegado a ese punto. Volvimos entonces sobre nuestros pasos, siguiendo las señas indicadas por aquel hombre, pero al cabo de avanzar y avanzar por las calles empedradas por donde ya corría el agua de la lluvia como por una canaleta, me convencí que nuestro empeño sería inútil, que no teníamos manera de hallar la puerta de escape, porque las callejuelas se sucedían y repetían idénticas a otras, no teníamos más remedio que esperar la aparición en cualquier momento del minotauro.

Miguel de Loyola – Córdoba, España – Noviembre del 2018

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