Apuntes del Taller Literario de José Donoso, por Miguel de Loyola ( II )

donoso 2II.- La casa y el Taller

La casa de José Donoso estaba ubicada en calle Galvarino Gallardo, rodeada por un descuidado jardín donde crecían abundantes enredaderas, resaltando por su colorido la clásica buganvilla existente por aquel sector de la comuna de Providencia. Los muros exteriores del inmueble se hallaban deslucidos y cubiertos en parte por madreselvas que escalaban a los pisos superiores, otorgándole aquel clásico aspecto romántico de las viviendas al borde del abandono. En el antejardín, al costado de una terracita orientada hacia la calle, se podía apreciar semi oculta entre frondosos arbustos, la hamaca donde cabía imaginar que hacía su siesta de vez en cuando el escritor.

Contrastaba con los muros deslavados, la presencia del flamante automóvil de Pilar Serrano, mujer de Donoso, cuyas latas relucientes resaltaban en medio de aquel agreste jardín. El automóvil se hallaba estacionado en medio del pasillo de acceso al inmueble, obstaculizando en parte el paso peatonal. Los talleristas debíamos sortearlo por un costado para avanzar hacia la puerta de entrada, custodiados por dos pequineses que no dejaban un sólo instante de ladrar, después de haber oído el campanillazo del timbre que había que pulsar afuera, en la reja, junto al portón de entrada para anunciar nuestra llegada.

Después de cruzar al vestíbulo que comunicaba con las dependencias existentes en el primer nivel del inmueble, se alcanzaba la escalera conducente al segundo piso. A veces la puerta de acceso al salón estaba abierta, y se podía observar el amoblado más bien tipo hippie chic; en sus muros no faltaba el telar, y tampoco los libros desperdigados en un rústico anaquel. Distinto era el estilo del comedor, probablemente de corte inglés, donde muchas veces a la hora de salir del taller se apreciaba la mesa dispuesta para la cena, con cuchillería de plata reluciente, y que a un buen lector recordaba inmediatamente la robada a misia Elisita en Coronación, novela publicada en 1957. La obra la llevó al cine Silvio Caiozzi en el 2000, con la extraordinaria actuación del actor nacional Julio Yung, en el papel protagonista de la obra: Andrés, Andresito. María Cánepa caracteriza a Misia Elisita, en una de las escenas surrealistas más logradas del cine chileno.

Una vez en el segundo piso, había que avanzar por el pasillo de acceso a los dormitorios hasta dar con la escalera conducente al tercero, oculta detrás de una puerta. El trayecto, como ya se ha dicho, se hacía acompañado de las mascotas de la casa, que no abandonaban al visitante hasta la última escalera, donde volvían a ladrar de manera teatral, anunciando al amo que alguien se disponía a subir. Dicha escalera conectaba directamente con la buhardilla existente en el tercer piso, donde se encontraba el lugar de trabajo del escritor. Desde sus ventanas se podía apreciar los patios de las casas colindantes, cuyos jardines bien cuidados recordaban la novela El jardín de al lado, publicada en 1981, obra que está inspirada en el voyerismo del protagonista. En la casa de atrás, al parecer residencia de gente importante, posiblemente de algún diplomático extranjero, se veía a menudo a la servidumbre muy bien entallada en sus trajes de servicio atendiendo gente en sus jardines.

El escritorio de José Donoso era un largo y angosto mesón de madera, donde al costado derecho descansaba su máquina de escribir color cremoso, el otro extremo estaba siempre atiborrado de diccionarios y manuscritos recientes, papeles en evidente revisión, propios de quien se da esa ardua tarea de revisar y reescribir sus textos. Donoso usaba y recomendaba mucho el Diccionario de Uso del Español de María Moliner, porque lo sacaba de sus frecuentes dudas respecto a ciertos vocablos. El inglés, decía, le había estropeado el castellano, porque muchas palabras sólo sabía usarlas en ese idioma aprendido durante su etapa escolar en el Grange School. Por cierto, las grandes obras de literatura universal las había leído y seguía leyendo en la lengua de Shakespeare. Dicho diccionario lo mantenía en un atril que facilitaba su acceso, y estaba siempre allí como estandarte, o más bien como oráculo al que se acude a pedir consejo.

La buhardilla era lo suficientemente amplia para acoger a más de diez alumnos cómodamente sentados en semicírculo. Aunque algunos preferían sentarse directamente en el suelo, sobre cojines previamente dispuestos, extraídos del choice longe existente en la habitación, donde cabía presumir que Pepe Donoso dormía o descansaba de vez en cuando de sus largas jornadas diarias frente a la máquina de escribir. Sabido es que era un trabajador incansable, escritor trabajólico, pasaba muchas horas concentrado allí, en esa -para muchos- envidiable torre de cristal. Sin duda, seguía los pasos y rutinas de sus maestros, particularmente de Flaubert, quien destinaba horas y días enteros a veces para escribir una sola frase.

El horario del Taller calzaba justo con la hora del ocaso, así que la penumbra de la tarde comenzaba poco a poco a invadir el espacio interior de la buhardilla, desdibujando lentamente las figuras, aquietando el ambiente, sumiéndolo en un letargo plácido, apenas interrumpido por la voz de alguno de los presentes. Parecía que a Donoso le agradaba esa penumbra de la tarde, porque tardaba en ordenar que alguno encendiera la luz, le traía seguramente recuerdos de su niñez en el campo, cuando el crepúsculo nubla el entorno y sumerge el paisaje en aquel silencio inmutable que muy bien llaman la hora de la oración. Desde luego, las sombras del ocaso creaban un ambiente muy propicio para la reflexión y se iniciaba de esa manera mejor la sesión. A veces Pepe Donoso comenzaba la reunión escuchando un fragmento de alguna sinfonía, particularmente la Segunda sinfonía de Mahler, su autor favorito, cuya armonía y transparencia, dulcificaba inmediatamente aún más la atmósfera.

(Continúa la próxima semana)

 

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