Apuntes del Taller de José Donoso, por Miguel de Loyola (III)

jose donosoIII.- Mecánica inicial

Durante la primera sesión se hacían las presentaciones de rigor; desarrollando la clásica mecánica grupal que busca distender el ambiente cuando se reúnen por primera vez personas desconocidas entre sí. Luego de una breve intervención de Donoso para presentar los nuevos integrantes a los antiguos, cada cual disponía de unos minutos para hablar de sí mismo, de sus proyectos y pretensiones respecto al Taller. No faltaba en tales casos quien se tomara más de diez minutos, mientras otros no alcanzaban a cubrir uno. El contraste entre extrovertidos e introvertidos quedaba así en evidencia desde un comienzo. Había quienes hablaban mejor de lo que escribían y otros escribían mejor de lo que hablaban.

El grupo no se renovaba cada año por completo, siempre quedaban unos pocos del año anterior para el siguiente. Es probable que Donoso fuera despachando a los alumnos de menores probabilidades de convertirse en escritores, y mantuviera a quienes consideraba dotados de mayores cualidades para el oficio. Aunque, por cierto, no lo decía, nunca expresaba este o aquel tiene más aptitudes. En ese sentido era muy reservado, a la hora de renovar a sus alumnos, les pedía mediante una carta enviada por correo a sus domicilios, que dejaran su cupo para los nuevos.

Una vez terminadas las presentaciones iniciales, Donoso daba algunas instrucciones generales respecto al curso, y pasábamos directamente a la lectura voluntaria de algún texto perteneciente a los nuevos talleristas, quienes al principio se mostraban muy ansiosos por leer sus relatos en público, bajo ese clima de indudable intimidad otorgado por el espacio y el crepúsculo que comenzaba a inundar lentamente la habitación. Sin embargo, andando el tiempo, y después de recibir los primeros comentarios críticos, los integrantes comenzaban a ponerse cada vez más remolones para leer sus textos, tras sentir agredidos sus egos por los inevitables reparos hechos a su obra. Una mecánica que bien caracteriza a todos los talleres literarios, y frente a la cual pocos guardan buenos recuerdos. La falta de autocrítica y amplitud de miras, es una característica que suele acompañar a los aprendices, y sobre todo a los más jóvenes, porque sin saber nada, a esa edad se cree saberlo todo. Naturalmente, había en el Taller algunos más leídos que otros, más letrados, por decirlo de algún modo, con más lecturas en el cuerpo, o mayor competencia literaria, como propone la teoría crítica de la recepción. Pero quienes llevaban la voz cantante, como en todo grupo humano, no eran precisamente éstos, sino los más extrovertidos, quienes podían dar sus impresiones personales y explayarse mejor sobre ellas, capturando el interés de la audiencia, y particularmente de José Donoso, quien siempre parecía más dispuesto a escuchar que a emitir juicios.

A la hora de los comentarios referidos al texto de un tallerista, Donoso era muy delicado al respecto, y rara vez daba un juicio lapidario, siempre rescataba algo, una frase, una imagen, una metáfora, un adjetivo bien usado constituía para él un acierto, hacía siempre referencia al arte poética de Huidobro: cuando un adjetivo no da vida mata. A veces una sola imagen, una sola frase -explicaba- salva un texto. Y es muy cierto. Sin embargo, cuando alguien leía algo definitivamente mal escrito, le resultaba intolerable. Los problemas de sintaxis no se perdonaban por ningún motivo, porque eso para un escritor -consagrado o aspirante- viene a ser de carácter elemental. Lo difícil son otros asuntos, el tono, perspectiva, comienzo, final, clima, desenlace de la historia que se quiere contar, postulaba y recalcaba en esas circunstancias con mucho énfasis, dando a entender que la base del talento tenía que estar por sobre la capacidad de redacción. Nadie que tuviese pretensiones de llegar a ser escritor podía ignorar cuestiones mínimas, como sujeto y predicado, concordancia de género y número, etc.

La mecánica de lectura en lo sucesivo, seguía siendo tan simple como al principio: el lector de turno leía su creación en medio del más absoluto silencio reinante en la habitación. Una vez terminada la lectura, Pepe ofrecía la palabra, y cada cual pasaba a emitir su opinión. Pero ahora esa opinión debía estar muy bien respaldada, completamente fundamentada, porque Donoso no aceptaba opiniones al voleo. Exigía precisar y justificar muy bien lo dicho. Nada de sentires sin argumento, predicaba de manera taxativa y exigente. Un juicio, cualquiera que fuera, tenía que estar muy bien cimentado. Tarea bastante difícil, la verdad, porque frente a una lectura in situ, se tiende a expresar lo primero que se nos viene a la mente. Cuando alguien descalificaba sin argumentos, quedaba muy mal parado ante la audiencia, porque Donoso se encargaba de hacerlo presente, analizando y explicado la falta de argumentos; así que en lo sucesivo, las opiniones se iban haciendo cada vez más fructíferas y contundentes, pero también más escasas, por temor a no saber sostenerlas.

El hecho de no aceptar las clásicas vaguedades, tan propias de los chilenos, de nuestra alma nacional frente a cualquier cosa, ponía de manifiesto la diferencia cultural entre Donoso y sus alumnos. Sin duda, la influencia de la cultura inglesa tenía mucho que ver en esto. Esa espontaneidad licenciosa de la lengua española, nutrida por la existencia de múltiples vocablos, en tales casos resulta dañina para el espíritu, porque más de algún alumno saldría del Taller devastado por una depresión, gatillada por comentarios descalificatorios expresados por los compañeros.

Las sesiones del taller se extendían por cerca de dos horas. Comenzaban a las siete de la tarde, y terminaban a las ocho y media, pero en la práctica nadie se marchaba antes de las nueve. Salvo aquellos que estudiaban o tenían obligaciones nocturnas. Había un compañero que venía al Taller desde Viña del Mar, y una vez terminada la sesión regresaba en autobús a su casa. Era quizás el único que se retiraba puntualmente, el resto se quedaba parloteando, comentando temas de la actualidad contingente con Donoso, a quien no dejaba de asombrarlo nunca esto o aquello que sucedía en el país. Su actitud frente al acontecer, estaba siempre marcada por el asombro natural que caracteriza a la personalidad artística.

( Continuará)

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Año 1995

 

 

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