Chile en llamas

barricadasA estas alturas me imagino que ya no hay dudas respecto a la insurrección que vive el país. Aunque se trata de un movimiento  desorientado en sus fines, distinto a los que algunos trasnochados buscan emular, aludiendo a ellas, incluso a sus consignas con indudable olor a naftalina. Aquí, si bien hay razones bien claras en la necesidad de cambios en salud, transporte, previsión social, educación; los caminos tomados por nuestros revolucionarios pueden llevarnos a un desastre aún peor, a mayor pobreza, desempleo y desigualdad. Los atentados sin sentido contra los bienes públicos que tanto cuesta a un país construir y sostener traerán consecuencias mayores. Durante las manifestaciones “pacíficas” se han asaltado y destruido todo tipo de edificios institucionales, incluidas iglesias y hospitales, algo que escapa a toda lógica, porque aún en estado de guerra, hasta el enemigo respeta el hospital del otro, pero aquí ni eso. No obstante, en nuestro caso, la locura desatada es tal, que acabará por matar la revolución, porque no se oyen voces que busquen poner freno a las protestas y desmanes públicos, y se prosigue en el consabido silencio condescendiente de un sector que viene confundiendo desde la Dictadura represión y gobernalidad.

Sin embargo, creo que nuestro problema es todavía más profundo. Vivimos las consecuencias de un cambio radical de paradigma, ya no el paso mismo, sino la plenitud del cambio. De la llamada sociedad disciplinaria de Foucault, recordemos, pasamos violentamente a la sociedad del rendimiento, que como bien sostiene Byung-Chul Han, produce depresivos y fracasados. He ahí la cuestión. Además, todo esto nos ha sucedido en muy poco tiempo. Chile, como ninguno otro país de América Latina, ha estado a punto de salir del otrora llamado subdesarrollo, acercándonos al Primer Mundo, mucho más que otros países del cono sur. Es cuestión de ver nuestras carreteras, edificios, aeropuertos, la cantidad y calidad de automóviles que circulan por las ciudades, los restaurantes, tiendas, supermercados, centros deportivos… y el acceso a todos esos beneficios de un sector cada vez más amplio de la población, sino a todos, en distinta medida, claro está. No obstante eso, el paso del paradigma del deber (subrayado y acotado por Foulcault en su amplia obra) al poder hacer, arrastra consecuencias que hoy resultan a la vista en nuestra sociedad: depresivos y fracasados, sostiene Byung-Chul Han y otros filósofos de nuestro tiempo a la hora de referirse a dichas consecuencias. Individuos que no consiguen devenir de sí mismos, como pretende la sociedad del poder ser, sino que requieren del deber impuesto por otros. “El deprimido no está a la altura, está cansado del esfuerzo de devenir él mismo”, afirma Alain Ehrenberg. Y tengo la impresión que por allí podríamos explicarnos mejor lo que nos está pasando. Nos ha llegado el cansancio y también cierto hastío, para el caso de las generaciones jóvenes, los llamados millennials, un sector importante de la población que no ha tenido que joderse como la generación anterior, y ha gozado más bien de los frutos, del esfuerzo de sus padres, antepasados, y aún así, padecen en carne propia las consecuencias del cambio radical de paradigma, porque no están dispuestos al sacrificio, y prefieren que otros los sostengan, como ayer sus padres. Las calles están repletas de estos manifestantes que probablemente no han trabajado nunca, o al menos no lo han hecho bajo el paradigma del deber, y por supuesto no están dispuestos a hacerlo tampoco bajo el del poder. Pero tampoco podemos culparlos de indolencia, pero si recapacitar sobre ciertos criterios que los han convertido en lo que hoy son. La pérdida de autoridad de padres y profesores, podría ser uno; la carencia de obligaciones en el hogar, podría ser otro.

Por cierto, hay otras variables que cabe analizar. Variables que desbordan los márgenes y que han servido de cabeza de lanza para encender la llama de la revolución. Una revolución que, como decía al principio, comienza a desdibujarse, tras la pérdida del norte, al dar paso a la llave de la delincuencia y el caos social. Quiero creer que Chile volverá a retomar el camino del progreso, haciendo esta vez los ajustes correspondientes, gracias al susto que se han llevado nuestros legisladores de perder sus puestos de preferencia en nuestra sociedad. Es hora de ponerse a trabajar de verdad, y olvidarse un poco de sí mismos, señores legisladores, es hora de convertirse en verdaderos servidores públicos, aunque en estos momentos de oscuridad parezca que se está haciendo demasiado tarde.

 

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – 23  de Noviembre del 2019.-

2 comentarios en “Chile en llamas

  1. Hoy discrepo del análisis! La crisis como la abordas en algunos puntos tiende a ser vista desde un prisma un tanto sesgado. Aplicancando las matemáticas esta es una ecuación que tiene varios factores de mucha mayor complejidad.

  2. Hoy discrepo del análisis! La crisis como la abordas en algunos puntos tiende a ser vista desde un prisma un tanto sesgado. Aplicando las matemáticas esta es una ecuación que tiene varios factores de mucha mayor complejidad.

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