Estado de excepción, relato de Miguel de Loyola

estado de excepciónMe temo que estamos mal, dijo papá esa noche durante la cena. Muy mal, insistió, mirándonos a los ojos. No se les vaya a ocurrir a ustedes inmiscuirse en estos desórdenes, nos advirtió, acaso  sospechando que ambos andábamos metidos en las protestas desde el principio. Por la televisión mostraban en ese momento el lado oscuro de las manifestaciones, eso es seguro, y papá se tragaba todas las escenas de vandalismo callejero. No se le podía discutir. Así que nosotros callábamos, sumidos en nuestra complicidad, negando por dentro cada una de sus palabras, a pesar de que también nos causaban desconcierto ciertas escenas enseñadas por el noticiero, como la turba asolando un supermercado, donde unos tipos descarados entraban y salían con carros repletos de mercaderías, desde televisores hasta carbón para asado, mientras afuera los esperaba un automóvil donde metían todo y volvían a la carga. No me van a decir también que estos tipos son estudiantes, que están protestando contra el sistema, que quieren educación de calidad, salud gratuita, una mejor previsión social… No me van a decir que si los atrapan los pacos es una impiedad, una falta a los derechos humanos, comentaba cada vez más enfurecido, hablándole al televisor también, a mamá, a nosotros, que seguíamos sus comentarios en silencio, sin meter la cuchara, masticando la carne lo más rápido posible para escapar luego de allí. Cuando mamá nos ofreció postre, Roberto y yo dijimos no gracias, nada más porque queríamos pararnos de la mesa lo más pronto posible. Papá tampoco quiso. Estoy asqueado de ver tanta falta de respeto en este país, comentó. Este país se va a ir al carajo otra vez, amenazó, con todo lo que ha costado levantarlo, han sido muchas décadas de sacrificio… Entonces fue cuando Roberto ya no pudo más y reventó, y le dijo a papá que estaba convertido en un fascista retrógrado, puesto que esa no era la realidad, porque la televisión mentía, imponiendo imágenes a los televidentes de manera sistemática para manejar la opinión pública y satanizar la libre expresión del pueblo. Papá se volvió hacia él con el rostro color púrpura, fulgurante. Nunca habíamos visto así al viejo, encendido como una llamarada, mamá se asustó al extremo de gritar que podría darte un ataque al corazón otra vez, Eduardo, cálmate por favor. La cosa no va para tanto, comentó. Pero no, no se calmó, no se apagó el color de su rostro, se quedó petrificado en la silla, con una mirada condenatoria pegada a Roberto, quien no dejaba de mirarme a mi buscando un punto de apoyo.

Luego de uno o dos minutos que parecieron interminables, papá se puso de pie y comenzó a vociferar que sus hijos se habían vuelto locos. Porque por lo que veo, tu Mariana también debes pensar lo mismo que tu hermano, señaló apuntándome con el dedo justiciero. Pero no le contesté, me quedé callada esta vez, frenada por el gesto de mamá que decía a las claras que no discutiera con él, que lo dejara hablar, que no le hiciera caso, tu sabes Mariana como reacciona tu padre a la hora de hablar de política, me había advertido cuando habían comenzado las manifestaciones sociales en el país. Furioso, claro, pero nosotros también tenemos derechos, le contesté, y ella me dijo que sí, que estaba en lo cierto, pero a tu papá no lo van a hacer cambiar de opinión a estas alturas, ni menos ustedes. El derecho a manifestarse en público no es un derecho, es una instigación que siempre acaba en desorden colectivo, en desmanes, en ataques y destrucción de bienes públicos. Eso lo saben perfectamente quienes llaman a la gente a salir a la calle, es una vieja estrategia para provocar el caos social, nos había refregado muchas veces la cara con esa misma monserga, asegurando que él también en su juventud había caído en esa trampa, descuidando los estudios, cuando eso para un joven era lo único importante, la única manera de vencer la pobreza, recalcó.

Por suerte el color purpura de su rostro se fue aclarando poco a poco hasta tomar su color normal, pero el viejo siguió vociferando. Para colmo en ese mismo momento por la televisión estaban pasando una escena donde los pacos estaban siendo sobrepasados por un grupo violento de manifestantes premunidos de palos y piedras. En otra un encapuchado lanzaba a la policía una bomba molotov. Otro tipo aparecía encaramado en un poste dándole garrotazos a un semáforo que todavía parpadeaba en medio de la Alameda, mientras otro grupo prendía fuego a la barricada. Así que a esto ustedes lo llaman montaje, vociferó papá indicando hacia el televisor. Montaje, claro que si, esa es otra de las palabritas en uso, otra palabra manejada para lavarle el cerebro a la juventud, lo mismo que eso de educación de calidad, gratuidad, transparencia, igualdad, que no son otra cosa que consignas embutidas a presión en la mente de los jóvenes para llegar a situaciones como estás, donde cunde el caos y la violencia, porque no me van a decir que esto no es volver a la barbarie, terminó señalando otra vez el maldito televisor, cuyas imágenes conseguían confirmar sus palabras, mostrando buses y locales comerciales incendiados en pleno centro. De seguro no enseñaban en ningún canal los momentos de alegría y felicidad que también se vivían en las calles, en medio de las manifestaciones, esas imágenes no las mostraban en ninguna parte, claro que no. Seguro que no les conviene mostrar la otra cara del conflicto, le dije finalmente yo, sin poder aguantarme de decirlo, mientras mamá se tomaba la cabeza con las dos manos en señal de desesperación. Estamos exigiendo justicia, papá, porque en este país siguen gobernando los ricos, mientras los pobres no tenemos voz ni voto. La gente está cansada de lidiar con un sistema cruel que no nos respeta como seres humanos. Si, seguro que sí, replicó él, si no los respetara habría matado a todos esos sinvergüenzas de un sólo plumazo, porque han de saber ustedes, porque parece que no lo saben, ese es uno de los deberes principales del Estado, mantener el orden público, ahí recién comienza lo que llamamos civilización, lo otro es la barbarie, la guerra de todos contra todos. En este país lo que realmente hace falta es educación, lectura, conocimiento de los deberes y obligaciones ciudadanos. Les aseguro que en países más civilizados no cualquier jovenzuelo se atreve a levantarle la mano a un policía, aquí los que abusan son ustedes, los jóvenes que han perdido la conciencia de las cosas, confundiendo derechos con obligaciones y vice versa. Contigo no se puede hablar, papá, grité alzando la voz al máximo, al borde de la histeria. Contigo tampoco, me contestó mirándome a los ojos como nunca antes lo había hecho. Les advierto que así como van las cosas en el país, vamos a retroceder cien años, volveremos a ser el país más atrasado de América y no uno de los primeros como lo hemos conseguido hasta ahora. Ya conocerán de verdad la pobreza, la cesantía, la inflación, la falta de divisas, porque el capital, si, el capital, al que sindican ahora como el demonio mismo, se mueve, se va, se moviliza hacia donde más le conviene.  Yo nací en un país donde no existía el crédito, y si lo había, sólo lo conseguían los ricos, en cambio ahora cualquiera goza de esas libertades del sistema y ni siquiera se tiene conciencia de ello….

Me fui, Roberto también, dejamos al viejo hablando solo, porque de seguro tendría para seguir toda la noche transmitiendo en la misma frecuencia. El whatsApp colectivo en tanto, estaba anunciando para mañana una cicletada hasta la misma casa del presidente. El punto de encuentro sería en Plaza Baquedano, como de costumbre. Bernardo salió al patio a revisar el aire de su bicicleta, yo le pedí que revisara también la mía porque no me la iba a perder de ningún modo la fiesta, la de hace unos días atrás había sido demasiado entretenida. Llamé a Fernanda y me confirmó el encuentro con las mujeres del grupo. Van a ir todas, dijo, asegúrate de llevar agua. La idea es volver loco al presidente, comentó, y parece que lo estamos logrando, dicen que el gobierno ha comenzado a bajarse los pantalones, ya no pueden más con los disturbios, Mariela. Se dice también que los militares no están dispuestos a apoyarlo, así que se están quedando solos…

Miguel de Loyola –  Santiago – Diciembre del 2019.-

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