Derechos del caballo, relato de Miguel de Loyola.

caballo de baquedanoFabián Armijo fue el único que advirtió aquel día del estallido social el peligro que corría el caballo del General Baquedano en manos de las hordas de manifestantes, el único entre su grupo de animalistas que estaba furioso ante las agresiones al animal, el único preocupado del peso que le ponían encima a la bestia aquel día, montándose sobre sus lomos cinco personas, sin incluir al general que ocupaba la montura central. Dicen que se puso a gritar como un loco en medio de la multitud, pero por supuesto nadie le hizo caso, tampoco lo dejaron avanzar hasta la estatua, porque el cerco de gente en ese sector estaba completamente cerrado por un círculo de brazos vigorosos que impedían a cualquier persona avanzar, como si allí se concentrara el estado mayor del estallido. Tampoco era factible oír sus gritos en medio del barullo y los cánticos de protesta que se sucedían unos a otros como vítores de guerra. La multitud estaba enfebrecida aclamando al tipo que había logrado encaramarse sobre los hombros del general Baquedano, y desde allí, a pecho descubierto y agitando una pañoleta roja, azuzaba a la gente como un director de orquesta, sin temor a perder el equilibrio. El espectáculo visto desde esa altura debía ser impresionante, porque todas las avenidas que confluían en plaza Baquedano, estaban repletas de gente y recordaba tiempos pasados, cuando las masas se concentraban en las calles de la ciudad para aclamar a sus ídolos políticos. Al mismo general Baquedano, que tras sus triunfos en el norte durante la Guerra del Pacífico, le darían a su regreso un recibimiento apoteósico en Santiago en esas calles. Venía montado en ese mismo alazán llamado Diamante, sabía perfectamente Fabián Armijo, un cuadrúpedo fortacho que había resistido el peligro de las batallas. Virginio Arias, creador de la escultura, tomó el modelo calcado de la realidad, de ahí el furor del animalista que reclamaba aquel día el maltrato animal. A su buen o mal juicio, aquel caballo del general Baquedano representaba a todos los caballos del mundo, y no se cansaría aquel día de hacer la denuncia. Incluso, la formalizó en la comisaría de la calle Miguel Claro horas más tarde, a quienes resulten responsables, versaba en su último párrafo refiriéndose a los culpables de aquel maltrato. El tipo está loco, comentaban aquel días quienes estaban a su alrededor. Loco de remate, dijo una mujer joven mientras no dejaba de vitorear al descamisado que permanecía de pie sobre los hombros de Baquedano, asemejándose en su perfecta inmovilidad a la estatua misma.  A quien se le ocurre protestar por el caballo en estas circunstancias, protestaría un hombre de barba cana que llevaba amarrado el cabello en una cola que se agitaba cada vez que pegaba un respingo en  su puesto, recordando aquel gesto propio de los jóvenes setenteros al momento de acomodarse la melena. A pesar de los comentarios en contra, Fabián no se daba por enterado, seguía reclamando por los derechos del animal. Déjate de joder, terminó diciéndole aquella tarde una joven en medio del griterío y las explosiones de ánimo.  Lo que tu estas reclamando no tiene ningún sentido porque además ese animal está muerto, agregaría después enseñando un rostro sarcástico. Muy muerto estará pero es un símbolo, replicó al instante el animalista, dejando a la mujer completamente en silencio, sin hallar qué contestarle al loco, optando finalmente por escurrirse en medio de la multitud hacia otro sector. El animalista en cambio permanecería allí protestando contra el maltrato animal hasta que la concentración se disolvió y vio bajarse a los cuatro acróbatas del animal, a quienes por supuesto interceptó para decirles que lo que habían hecho violaba los derechos de los animales. Los tipos en vez de molestarse ante aquel intruso, se rieron a carcajadas sonoras. Y este de dónde salió, comentaría uno de ellos.  No faltaba más, rezongó otro de los acróbatas. Si es por eso anda a reclamar por el maltrato al General Baquedano, lo espetó un tercero. Lo mío son los animales replicó inmediatamente el animalista, sólo los animales. Estas cagado de la cabeza, remató finalmente el cuarto de los jinetes, más amostazado que los otros. Luego acomodaron sus morrales sobre los hombros y se largaron a caminar en medio del derrotero de cascajos y basuras desparramadas por las multitudes,  dejando al animalista sólo frente a la estatua de Baquedano, cuyo caballo estaba completamente pintarrajeado con todo tipo de colores y consignas procaces. Antes de retirarse del lugar, Fabián tomó varias fotografías a Diamante y se fue a la comisaría más cercana por la correspondiente denuncia.

Miguel de Loyola – Enero del 2020

Un comentario en “Derechos del caballo, relato de Miguel de Loyola.

  1. Bonito relato una aclaracion la escuela estaba. al lado del liceo Manuel de Salas y se entraba por la avenida Irarrazabal no por Pedro Torres . Me gustaria saber si existe Centro de ex alumnos Yo egrese de sesto preparatoria en el año 1959.

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