Veraneando en Santiago, relato de Miguel de Loyola.

veraneo en santiagoCuando venía viajando a Santiago a la altura de Rancagua, le propuse a Valentina que me esperara en La Terraza tipo siete de la tarde, pero ella contestó que sería imposible, porque ya no existe tal lugar, o si existe está clausurado por calaminas de zinc como la gran mayoría de los locales comerciales del sector. Por supuesto que no le creí, habíamos pasado gratos momentos el verano pasado en aquel lugar, reuniéndonos a tomar cerveza algunas tardes después de salir del teatro. Si pasas por Plaza Italia te vas a impresionar, me advirtió, es un campo de guerra. Yo no había vuelto a Santiago desde el verano pasado, porque aparte de visitar a mi hija, no tenía mucho que hacer en la capital, mis amigos se habían diluido durante esos años que llevaba fuera, y los que me quedaban en febrero se iban a la playa. Seguro que lo haré, contesté, porque no me puedo imaginar todo eso cerrado. Te espero entonces en casa dijo ella, aquí vemos después a dónde vamos a celebrar tu llegada. De acuerdo, y corté la comunicación. El autobús en ese momento comenzaba las maniobras de estacionamiento en la terminal Sur, reptando entre las enormes naves que tanto salían como entraban al recinto. Llegaba por fin de vacaciones a la capital del país otra vez, en una época en que la gran ciudad empezaba a despoblarse, aunque apenas me diera cuenta de tal cambio, porque igual veía choclones de gente en todas partes, allí en la terminal no se podía caminar sin chocar con alguien o algo. Al metro no me pude subir a la primera, tampoco a la segunda ni a la tercera, porque todos los carros ya venían repletos. Tuve que meterme a la fuerza al cuarto tren que pasó, empujando mi maleta del mismo modo como lo hacían otros pasajeros más avispados. La situación resultaba caótica para un forastero proveniente de provincia, pero para los santiaguinos pasaba de lo más normal, estaban acostumbrados a vivirla a diario. Se metían a un tren repleto y aún así encendían sus celulares para comunicarse con alguien, o bien lo hacían para aislarse del resto de la muchedumbre, ninguno de los pasajeros que observé parecía preocupado de la aglomeración en los carros, viajaban anestesiados por sus celulares palpitantes  en sus manos. Por supuesto que yo no me sentía capacitado para sacar el mío y ponerme en comunicación con alguien, porque de seguro no oiría absolutamente nada allí dentro, por causa del ruido propio emitido por el desplazamiento del tren, por el fuelle de las puertas al abrir y cerrar, por las mismas personas que hablaban alrededor mío. Pero de seguro yo era un caso aislado, porque el resto hablaba perfectamente si tenía necesidad de hacerlo, algunos alzando la voz al máximo, sin importarles que otros oyeran sus conversaciones particulares. Sí, estoy bien, voy en estación Central, no, no hablé con él, no me pagaron. Todavía voy viajando. No, no para en Baquedano… Es ridículo, dije, aquí no hay privacidad de ningún tipo. Por supuesto que nadie me oyó mascullar esa frase, y si oyeron no me hicieron caso. El colmo fue cuando subieron al carro unos tipos portando un altoparlante y se pusieron a cantar, algo completamente intolerable a esa hora de congestión, pero estaba claro que a ellos les importaba un rábano, tenían de seguro la necesidad de hacerlo… Pero y nosotros qué, y nuestra tranquilidad qué, me dio por pensar. Estaba claro que yo no tenía alma de capitalino, porque me aturdía el bullicio y las aglomeraciones. No por nada había pedido el traslado a provincia hace unos seis años, tras la muerte de mi esposa, y vivía feliz en Osorno, donde no necesitaba tomar locomoción colectiva para llegar puntualmente cada mañana a la oficina del banco, ni a ninguna parte. El problema era Valentina, mi hija, que no estaba dispuesta a irse a vivir tan lejos, y había optado por quedarse a partir con el viejo. Qué diablos, uno no consigue nunca la felicidad completa en este mundo, aunque los jóvenes se sienten siempre seguros de hallarla. Si no lo sabía yo que había vivido en conflicto permanente durante mi juventud, creyendo que los milicos eran nuestra mayor desgracia. Sin embargo, las desgracias siguieron igual cuando se fueron, cuando entregaron el poder a los “señores políticos”, como solía decir el viejo general ante el repudio generalizado. Porque la gente no está nunca contenta, no se conforma con nada, recuerdo que solía decir siempre mi abuela, mientras yo la quedaba mirando azorado en aquellos tiempos de la niñez, sin entender una sola de sus palabras, ni a propósito de qué las decía. Pertenecía a otra generación, a un mundo dispuesto al sacrificio como algo connatural a la existencia. En cambio ahora, estos cabros no, estos cabros no tienen la menor idea de lo que es joderse para conseguir algo, es lo que pienso, después de comparar mi vida con la suya. Pero no viniste a veranear a Santiago para amargarte otra vez con todo eso, papá. Es cierto, muy cierto le contesté a Valentina, a pesar de que después de aquel paseo por Plaza Italia que dimos finalmente juntos, había quedado completamente desanimado y asustado también, sin ganas de volver a salir a la calle, con deseos de regresar los más pronto posible a Osorno, a esconderme de la barbarie. No podía creer todo lo que había visto, los desmanes reflejaban la locura total del hombre masa. A nuestro héroe de la Guerra del Pacífico, lo habían convertido en un payaso, rayado y pintado completamente con consignas ininteligibles. Cabía preguntarse en ese momento qué hubiera pensado el General Baquedano al verse así, transfigurado en un esperpento por la juventud actual, que nada podía saber de sus glorias y sacrificios en los campos de batalla. Todo había sido arrasado en el sector lo mismo que en una guerra, no se veían más que panderetas derruidas y pintarrajeadas de groserías del más grueso calibre. A eso ahora también algunos lo llaman arte, arte callejero, de seguro no faltaban los gringos que fotografiaban tales obras para enviarlas a sus museos de curiosidades. Del hermoso café biblioteca de Bustamante que fuera una joya para el uso de  estudiantes, solo vi escombros, estaba completamente clausurado a machote, tapiado por gruesas planchas de zinc pintarrajeadas de igual modo que todas las caras visibles del sector. Pensar que alguna vez tuvimos intenciones de comprarnos un departamento por ahí con Laura, en el mismo edificio de la esquina, aledaño al que fuera el famoso cine Baquedano, hoy Teatro de la Universidad de Chile, por cierto también clausurado y tapiado por latones. En aquel cine recuerdo haber visto las mejores películas de todos los tiempos, cuando existía el rotativo, y uno podía pasar el día entero viendo tandas de películas. De las Terrazas ni hablar, por supuesto, tal como ya me lo había advertido Valentina, estaba completamente cerrado el local a machote, lo mismo que otros aledaños. La casa de la embajada de Argentina era lo único que contrastaba con la fisonomía en ruinas de la avenida Vicuña Mackena en aquel sector, parecía un edificio incrustado a la fuerza en un lugar que no corresponde, si bien entero, de aspecto triste y desolado. Tuvimos que salir de allí en un taxi, y cuando Valentina me propuso pasar a algún sitio antes de regresar a casa,  le dije que no,  que lo lamentaba, pero prefería acostarme. Las escenas que pasaba la televisión de plaza Italia, no enseñaban ni la mitad de la penosa realidad existente. Allí, en mi opinión, no se podía vivir, porque todo llamaba a ruina. El hotel que había en la esquina de Almirante Simpson, que cobijaba a los pacientes provenientes de provincia por tratamientos médicos al Hospital del Trabajador, había sido completamente arrasado por las turbas, y no quedaban más que sus escombros. Cabía preguntarse qué había pasado con el personal de dicho hotel, con todos los trabajadores de aquel sector que indudablemente debían ahora estar cesantes, perplejos ante su situación. Esos, sin duda, no tenían ningún derecho para la masa desbocada que clamaba por justicia y libertad en Plaza Baquedano, dejando caos y ruinas por donde pasaba.  Algo anda mal, algo huele muy mal aquí le dije a mi hija, y ella me quedó mirando en silencio, sin decir nada. De seguro no estaba del todo de acuerdo conmigo, como nunca por lo demás lo había estado durante sus treinta y cinco años. Nos separaba una generación, o tal vez a estas alturas más de una, porque el tiempo iba tan a prisa, tan de prisa que uno no alcanzaba a comprender algo, cuando al día siguiente todo cambiaba otra vez. Ni hablar de los más jóvenes, de los que hoy día tienen menos de treinta años, dijo Valentina… Lo sé, lo sé, contesté y me fui a acostar, sintiendo deseos de hacer esa misma noche la maleta para regresar al día siguiente a Osorno, lejos de esa ciudad donde imperaba la barbarie, y recordaba a Roma arrasada por los Unos. En Plaza Italia no funcionaban los semáforos, tampoco en el Parque Forestal, y en las esquinas importantes de la ciudad donde habían sido arrancados de cuajo por las hordas de manifestantes, unos tipos cobraban a los automovilistas para servir de semáforos humanos. Tomé varias fotografías de ellos, me parecieron increíbles, para la posteridad, escenas sacadas de una película de terror, del Apagón de Nueva York, o alguna otra por el estilo. Su aspecto obedecía claramente al de aquellos hombres enajenados que vagan por las calles marginados del mundo, pero ahora salían de su estado para ordenar el tránsito en las calles de la ciudad, constituyendo paradoja. Me impactó también oír a quienes apelaban en los programas televisivos por el derecho a manifestarse, sin considerar al resto de los ciudadanos, sin pensar por un solo momento en los otros, en aquellos que no se manifestaban y seguían trabajando, tratando de llevar su rutina a pesar de esas manifestaciones claramente orquestadas por gente preparada para incitar a las masas al caos social, al desorden colectivo; activistas políticos se llamaban en mi época, y solían visitar los liceos cada semana, enseñando también a usar el famoso linchaco, el cual recuerdo haber dominado, sintiéndome poco menos que un gladiador romano,  como de seguro se sintió aquel tipo que logró encaramarse sobre los hombros del general Baquedano. Que habían injusticias en el país, sin duda, pero cometiendo otras tampoco se solucionarían. Para mi la peor de todas había sido el Transantiago, una de las razones principales por las que había pedido el cambio a provincia, porque los traslados por la ciudad me estaban matando, tardaba hora y media en ir y otra hora y media en volver a casa, sin mencionar las condiciones en que se viajaba, acosado por todos lados, reventado como sardinas en lata. Veía en eso, la clara intención de manipular a los ciudadanos, confinándolos a una sola posibilidad de transporte, sin considerar que pasaría si el Metro un día fallaba, convirtiéndolo de esa manera en un arma muy poderosa dentro de la ciudad para manejar a la gente. Y para eso, claro, ningún gobernante a la fecha había dado alguna solución. Las pruebas quedaban a la vista cada vez que se interrumpía alguna de las líneas del Metro, la ciudad quedaba completamente expuesta al caos. Eso lo sabían perfectamente todos los gobiernos, pero no hacía nada por remediarlo.

No, de ninguna manera cabía pensar que quienes causaban destrozos y desmanes en la ciudad fueran capaces de mejorar la situación de la gente, a quien por lo demás odiaban, lo decían hasta sus consignas. Muy por el contrario, resultaba evidente que sus objetivos eran otros. Me dormí con la idea de salir de vuelta a Osorno a primera hora de la mañana. No tenía nada que hacer en esta ciudad amenazada de muerte por los vándalos. Además, mi hija esa noche finalmente me confidenció antes de despedirse que estaba saliendo con un tipo desde hacía algunos meses, y que había vuelto en parte a enamorarse. Eso me alivió, claro que si, a esas alturas lo único importante en mi vida era ella, y ese era también otro buen motivo para largarse, dejándola libre aquel verano de la compañía del viejo.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Enero del 2020

Un comentario en “Veraneando en Santiago, relato de Miguel de Loyola.

  1. La pregunta obligatoria que debe surgir: No toda generación es producto de la que le antecede? Donde quedó la autocrítica acerca de nuestra propia responsabilidad en esta creación? Habría que sumar a las preguntas …será que nos preocupamos más de “tener” que de “ser” y en eso descuidamos a nuestros hijos¿?

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