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exitSalí aquel día miércoles a la calle y al cabo de unos cuantos minutos me asaltó un intenso ataque de melancolía, más letal que la pandemia misma que estábamos viviendo. Me quedó en claro que nada volvería a ser lo mismo en lo sucesivo en esta ciudad y tampoco en el mundo.

Llevaba más de dos meses encerrado en casa sin moverme por causa de la cuarentena, y había perdido quizá como tantos otros individuos la noción del tiempo, del espacio, de la realidad. No sabía dónde me hallaba cuando salí del Metro y me encontré frente a todos los establecimientos comerciales cerrados, algunos todavía tapiados con esos latones horribles que recordaban el estallido feroz vivido en el país meses atrás, y que ahora ayudaban a enrarecer aún más el ambiente, enseñando un rostro ruinoso y deprimente. Por la amplia avenida pasaba uno que otro transeúnte enmascarado, encubierto por la mascarilla de rigor, moviéndose lentamente como por un mar gelatinoso pronto a solidificarse.

Costaba convencerse de que hubiésemos llegado a una situación semejante, sin solución posible además, aparte de las recomendaciones del auto cuidado o del cuidado mutuo, como decían los telediarios y las autoridades a cada tanto. Había que cuidarse, claro, aunque sin ninguna seguridad de salvarse del virus que recorría el mundo agazapado, oculto en cualquier parte, hasta en los pensamientos, porque de seguro según se iban dando las cosas terminaríamos todos enloqueciendo, confinados en las casas de orates en que se hallaban convertidas nuestras propias viviendas. Cada cual encerrado en su habitación si se contaba con más de una, matando el tiempo frente al televisor, o pegado al computador, o bien manoseando un libro olvidado en un estante desde tiempos remotos, hablando a la hora de comer sobre el mismo tema, día tras día.

Qué vamos a hacer, cómo nos vamos arreglar, que va a pasar con nuestro trabajo, cuándo va a terminar esta locura, por Dios. Día tras día repitiendo lo mismo a tu mujer y viceversa, sin hallar una salida, una puerta de escape, un pasillo por donde arrancar, por donde salir huyendo despavorido hacia la normalidad, la misma que antes también odiábamos y que ahora comenzábamos a añorar.

El virus nos mantenía paralizados, irresolutos, aislados, separados del mundo y hasta de nosotros mismos porque no queríamos convencernos de su realidad, de la posibilidad de incubar en el organismo en cualquier momento la bacteria asesina, el covid 19 que seguía atacando y destruyendo el orden secular del planeta.

Volvería a casa aquel día más desanimado de lo que había salido en la mañana, pensando en esa pobre gente que había visto transitando por las calles tan confundida como yo. Las máscaras ayudaban a leer en los ojos de la gente mejor que antes el dolor que atravesaba sus vidas. Sus ojos enseñaban ahora el cansancio infinito de las almas que vagaban por el mundo por siempre condenadas a la eventualidad de lo posible, sin ninguna posibilidad de manejar los hilos del azaroso destino. Los ojos hablaban ahora por primera vez en su propio lenguaje, en su propia lengua silenciosa y atenta, tantas veces obstruida por la otra. Ahora por primera vez nos estábamos mirando a los ojos, enseñando acaso el verdadero rostro, sin manipulación posible, porque los ojos no mienten, no saben guardar secretos, aseguran en los libros.

Abrí la puerta cuidando tocar lo menos posible la cerradura con las manos por temor a contagiarme en la misma entrada de mi casa. Luego la cerré lentamente, fijándome en cada detalle, asegurándome que el enemigo quedara afuera después de rociar la entrada con la solución de agua y cloro prescrita. Me saqué los zapatos antes de pisar el parqué, y me metí al baño a lavarme minuciosamente las manos como venían repitiendo a diario por radio y televisión. Se trataba de la gran panacea para diluir el mal en espumas de jabón. Algo insólito, sin duda, pero no había un remedio más eficaz, decían los entendidos, mientras uno no dejaba de pensar en la ironía de las pompas de jabón. Cuando salí del baño me saqué la máscara, la careta de presunto apestado y la colgué en el perchero para volver a ser el mismo otra vez, un ser de rostro al descubierto.

Saludé a mi mujer que se hallaba recluida en su cuarto y le conté de la tristeza que asolaba las calles de la ciudad, donde parecía no haber esperanzas de resurrección, porque todo el comercio se había extinguido como por arte de magia y sólo algunas farmacias mostraban una cara semisonriente. No hay nada que hacer allá afuera le dije, el ambiente es semejante a un velatorio, sólo faltan candelabros y el carro mortuorio. No quiero volver a salir, le dije, la próxima vez que tengamos necesidad de hacerlo vamos a tener que echarlo a la suerte.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile –  mayo del 2020.-

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