El bodeguero

calle en pandemiaEl enmascarado recorrió un largo trecho de la avenida semidesierta, apenas reconociendo los lugares habituales por donde solía pasar cada tarde después del trabajo en dirección a la estación del tren subterráneo. En ese mismo trecho reinaban ayer las aglomeraciones, el comercio ambulante atoraba además el paso de la gente apropiándose de la acera, había que tener paciencia para avanzar en medio de la multitud. Ahora en cambio, esa misma arteria parecía congelada, sólo uno que otro peatón se cruzaba en su camino enseñando una máscara semejante a la suya, tendiente a evitar el posible contagio de aquel virus desconocido y amenazante que circulaba por la ciudad ahuyentando a sus habitantes. El comercio permanecía cerrado desde hace varios meses, las fachadas comerciales presentaban el aspecto de edificios abandonados, hundidos en medio de la soledad. La ciudad entera tenía aquel aspecto de escenario derruido después de una batalla.

Julio, que así se llamaba el enmascarado, no podía explicarse lo que pasaba, lo que estaba ocurriendo en el mundo. Pero, lo aterraba más el temor a perder el empleo que a contagiarse con aquel bicho desconocido que bien pudiera ser una trampa para quitarle el trabajo que tanto le había costado conseguir meses antes, después de haber estado cesante por cerca de un año. Sabía lo difícil que resultaba conseguir un empleo en estos tiempos y a su edad, y no estaba dispuesto a perderlo bajo ninguna amenaza. Aunque su mujer tuviera que bañarlo en alcohol a su regreso a casa, previniendo el posible contagio.

En la bodega había más trabajo que nunca, debía despachar diariamente cientos de encargos sin equivocarse, rotulando cada pedido. Pero a veces fallaba el computador y se armaba el desorden. Julio terminaba con la cabeza hirviendo después de volver a coordinar los pedidos atorados. Los reclamos de la oficina de ventas le llegaban a diario a él, encargado del despacho. Sin embargo, no perdía la paciencia y soportaba los embates pensando en que sería de su familia sin aquel trabajo.

Esa tarde de vuelta a casa, caminando a paso cansino por la avenida solitaria, Julio  no podía dejar de pensar en cómo se las arreglaban otros para no salir a la calle, para no asistir diariamente a sus trabajos, para permanecer durante la cuarentena en casa sin volverse locos de angustia por perder el empleo. Yo no podía, dijo, no podía faltar a mi trabajo, confesó a la enfermera del hospital momentos antes de entubarlo.

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Agosto del 2020

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s