Sobrepeso

sobrepesoIsabel se comió la bolsa completa de chocolates. Menuda golosa, dijo para sí cuando tiró el envoltorio vacío al basurero. Después tuvo un ataque de culpabilidad que la llevaría a verse a sí misma semejante a esas gordas mórbidas que mostraban a veces en televisión. Su cuerpo se inflaba en su imaginación hasta reventar. Será la última vez que me pasa, prometió. Pero el diálogo interno continuó durante la tarde. Tengo que adelgazar, debo adelgazar. No voy a probar bocado esta semana, aunque me muera de hambre, prometió varias veces, pero sabía que no podría cumplir tales promesas. Vivía a cada tanto momentos de ansiedad tal que sólo conseguía calmar comiendo golosinas, zampándose una barra de chocolates o un pastel azucarado.

Desde que había peleado con David no tenía un solo momento de tranquilidad interior, la angustiaba la idea de perderlo, pero sabía que no sería capaz de mover un dedo para volver a llamarlo. Su orgullo era tal, que prefería morirse a ser ella la primera en llamar. Que se joda, decía, que se joda, repetía de tanto en tanto. Pero los días corrían, corrían a gran velocidad, ya había transcurrido más de una semana y nada. David no llamaba, no daba señales de vida, mientras ella sentía que por su culpa seguía engordando, desfigurándose, transformándose, convirtiéndose en una persona distinta a la idea que guardaba de sí misma antes de romper con David.

Después de un mes, Helena había subido cinco kilos. Los yeans le apretaban los muslos, los glúteos, la cintura, la espalda, los brazos. Estoy cada día más horrible se decía a cada tanto frente al espejo, observando el aumento del contorno de sus mejillas. Sus senos también comenzaban a pesarle, a sentirlos bambolearse cuando se sacaba el sujetador. Me estoy transformando en un monstruo se decía a sí misma, pero no podía dejar de comer, por el contrario, sus ansias cada día aumentaban porque David no la llamaba, no la había vuelto a llamar desde aquel día.

Al segundo mes Helena ya había perdido las esperanzas, David había desaparecido de su vida. La balanza marcaba un sobrepeso cercano a los diez kilos. La ropa ya no le entraba, había tenido que comprarse nuevas prendas de vestir dos tallas más altas. No paraba de comer golosinas. Su madre estaba desesperada, la había llevado al médico, al psicólogo, al psiquiatra, pero sin resultados. Helena seguía comiendo y no había manera de conseguir que se tomara las píldoras recetadas por el psiquiatra.

Cuando al año siguiente tuvo noticias de David, se enteró que se había casado. El peso de Helena para ese entonces bordeaba los cien kilos. La noticia le impactó al punto que dejó de comer hasta desfallecer.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Agosto 2020

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