Crónica roja

restaurantes cerradosEsteban amaneció esa mañana decidido a salir a la calle. Llevaba cuatro meses encerrado en su pequeña habitación por causa de la pandemia. Un día más encerrado y me pego un tiro, dijo la noche anterior antes de acostarse. Así que apenas despuntó el alba al día siguiente se metió a la ducha, luego se paró frente al espejo del baño dispuesto a afeitarse, a echar abajo la espesa barba que había dejado crecer libremente en su rostro durante esos meses del espanto. Así le parecían, meses rotos, despedazados, arruinados y perdidos por completo. Durante aquel período había perdido no sólo el empleo de garzón en un restaurante de renombre que le proporcionaba una renta que difícilmente conseguiría en otro sitio, sino también a su novia. Sylvia se había emparejado durante el encierro con otro hombre, un pensionista de su madre que habitaba un cuarto del tercer piso. Hacía dos meses que no la había vuelto a llamar y no pensaba tampoco hacerlo. Se sentía traicionado, ofendido, herido en su amor propio, no estaba acostumbrado a que las mujeres le pusieran el gorro, pero él se daba la más absoluta licencia para cometer la misma falta apenas le daban alguna posibilidad de hacerlo. Eso no estaba dispuesto a reconocerlo en ningún caso, ni siquiera frente al juez.

Esa mañana después de afeitarse y tomar desayuno, salió a la calle cubriendo su rostro con la correspondiente mascarilla y se fue directamente al restaurante, que por supuesto encontró cerrado, aunque en su fantasía interior Esteban estaba seguro que lo encontraría abierto, funcionando como todos los días, recibiendo a hombres y mujeres elegantes que dejaban propinas increíbles a los mozos. Tenía aquel día intenciones de encarar al gerente,  de amenazarlo incluso porque le había quitado el empleo. Pero no encontró a nadie, ningún indicio de vida en ninguna parte. La amplia avenida estaba desolada, aunque eso recién lo notó después de hallar el local cerrado a machote. Solo una que otra persona circulaba a paso cansino por la acera, como si el resto de los habitantes hubiesen desaparecido en silencio, exterminados por la plaga.

La angustia prendió en su estómago como una llama lacerante. Se dio cuenta que allí no había nadie a quien reclamar nada, que estaba solo en medio de una ciudad fantasmal, abandonada por sus habitantes. Había llegado hacía no más de año y medio desde el sur del país y en consecuencia conocía a muy poca gente en esa ciudad que al principio lo había deslumbrado por las posibilidades de hallar un buen trabajo. Sin embargo, ahora se había transformado en un cementerio de tumbas desoladas, poblado de grandes mausoleos deshabitados. Una tierra extraña donde no tenía a quien clamar por su suerte, por su destino ingrato, pensaba, salvo Sylvia, claro. Pero Sylvia también lo había abandonado, y seguramente a esa hora de la mañana todavía estaría en la cama del otro, el pensionista del tercer piso a quien Esteban conocía porque lo había visto en dos o tres oportunidades. La misma Sylvia los había presentado. El tipo aquel era capataz de obra y ganaba mucho dinero, pero lo despilfarraba todo los viernes en la cantina.

Qué hacer, se preguntó Esteban todavía allí frente al restaurante. En el bolsillo tenía apenas el dinero suficiente para sobrevivir una semana, o para comprar un pasaje de vuelta al sur calculó también. Eso significaba abandonar el sueño de su vida de enriquecerse como tantos otros en la gran ciudad de orígenes semejantes al suyo. De un modo u otro, habían sido ellos, esas personas que ni siquiera conocía de primera mano, quienes plantaron esos sueños en su cerebro, claro que Esteban los había cultivado pacientemente durante años hasta dejarlos florecer. Vio entonces sus sueños más preciados destrozados para siempre, y enceguecido se fue a ver a Sylvia, su única salvación para él en ese momento. Pero por el camino sus pupilas se fueron inyectando de sangre al pensar en la traición.  

El resto de la historia apareció en la crónica roja al día siguiente. El titular decía: Un hombre de origen desconocido ultimó a una mujer hasta matarla.

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Septiembre del 2020

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