Las olas y el viento

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Pamela corre por la orilla del mar birlando las olas. Su cabello oscuro lo mueve el viento y el sol brilla en sus muslos juveniles. Esta feliz, se ve feliz. Ha terminado por fin la secundaria, y ahora espera los resultados de la Prueba de Aptitud para entrar a la universidad. Sus calificaciones escolares le dan la seguridad de alcanzar el puntaje suficiente para quedar en la carrera de sus sueños: medicina. Si, ha soñado de niña convertirse en doctora, en sanar a los enfermos, en curar a los heridos. Sus juegos infantiles no giraban en torno a otra cosa, primero sanando a sus muñecas de resfríos, dolores de cabeza, heridas y hasta de las enfermedades del corazón. Después, tras el nacimiento de su hermano, curándolo a él de sus malestares, de sus caídas, de sus juegos y peligros. Agustín la llamaba a cada rato, pidiéndole un parche curita porque le dolía aquí y allá. Así pasaba el día, haciendo curaciones imaginarias, y en casa sus padres estaban seguros que sería en el futuro una profesional de la salud.

Se recibió a los veinticuatro años de médico cirujano, y continuó la especialidad de pediatría, mientras trabajaba medio turno en el hospital. Allí conoció al doctor Urrejola, sirviéndole muchas veces de ayudante en el quirófano. Lo haces bien, tienes mucha habilidad para esto, solía decirle Urrejola tras cada intervención, sin dejar de mirarla sorprendido. Terminarían casándose años más tarde. Porque antes Pamela quería terminar su especialidad. Se había enamorado del proceso de gestación y nacimiento de un niño. Su atención estaba fija en eso, en aquel milagro de la vida y que ahora con los adelantos tecnológicos se podía testear desde el primer minuto de gestación. Una molécula ínfima fecunda el ovario. ¿No era eso un milagro?

Pamela se graduó con honores, y comenzó a ejercer de médico pedriatra en el mismo hospital. No estaba en sus planes tener una consulta privada, como parecía ser el deseo principal de sus colegas. Comenzaría así su tarea de traer niños al mundo, de distintos tamaños, de colores diversos, algunos más feos o más bellos que otros, pero todos provistos con el motor aquel de la vida, algo que para ella seguía siendo incompresible, un verdadero milagro, decía, tras estudiar los pasos evolutivos de los fetos mediante el ecógrafo.

Después de tres años de matrimonio, y de variados exámenes, supo que Urrejola no podría darle un hijo, y en consecuencia, que no podría ser madre. Ese fue quizá el momento más frustrante de su vida. Seguiría ayudando a las madres a dar a luz, pero ella jamás podría fecundar alguno, a menos que, y esa pregunta tuvo que hacérsela a Urrejolña, intentara la inseminación artificial.

La decisión no era fácil. Osea que tendríamos que comprar los espermatozoides de un desconocido, dijo él. Y si corresponden a los de un loco, un drogadicto, un bandido, un depravado sexual…

Pamela no supo ese día qué contestar. Bien sabía que cabía esa probabilidad como tantas otras posibles  que era preferible no constatar. Es mejor no tentar al destino decían los griegos. En consecuencia, comenzaría poco a poco a conformarse, a dejar correr el tiempo, pero ya sin esperanza. Eso finalmente la mató.

Miguel de Loyola – El Quisco – Diciembre del 2020

3 comentarios en “Las olas y el viento

  1. Que hermosa historia con tan trágico final.
    En fin, así es la vida. Gentes maravillosas que el destino les tiene reservado un trágico final.

  2. es  cierto  con el  destino   hay que tener  cuidado   ..i  mira  se pronuncia   se  escribe  moira…saludos  desde   atenas  grecia  a  ti y familia  con  cuarentena  ya  un mes  y aun  no vamos  muy  bien  jaime  svart

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