Un cura vanguardista: Ulises Herrera Leclerc.

Hace unos días viví un reencuentro inesperado. Un amigo me invitó a celebrar los ochenta y cuatro años del cura Ulises Herrera Leclerc. Viejo amigo de infancia y juventud, a quien no  había vuelto a ver quizá desde esa última vez que lo visité en la parroquia Santa Maria Madre, cuando todavía ocupaba su puesto de vicario. No recuerdo exactamente el año. Ahora se encuentra en un hogar aledaño a la iglesia Sagrado corazón de Jesús, después de haber vivido en una casa de la fundación Las Rosas de calle Manuel Montt, ambos lugares en la comuna de Providencia.

Según me habían contado, Ulises había quedado postrado en silla de ruedas después de sufrir dos violentos infartos vasculares, poco antes de jubilar. Sin embargo, para mi total asombro, ese 30 de julio, día de su cumpleaños, su rostro no acusaba la aflicción que uno espera hallar en una persona bajo esas condiciones, sino más bien la misma expresión vivaz del hombre que conociera en mi juventud, cuando seguramente apenas bordeaba sus cuarenta años. Sólo podía mover ahora su mano izquierda, pero con la misma vivacidad de otros tiempos.

Tras saludarlo aquella tarde, me impactó sobremanera que me reconociera al primer momento,  incluso preguntando asuntos puntuales relativos a mi trabajo.Me me habían advertido que reconocía  a contadas personas en la actualidad, y rara vez a quienes dejara de ver durante años. Por ese mismo motivo no había intentado acaso verlo antes. El temor a no ser reconocido por un ser querido suele  ser muy doloroso y paralizante.

Contrariamente a mis expectativas, aquel día se veía sano y jovial, sonriente incluso, disfrutando de ciertas delicias dispuestas sobre la mesa, a pesar de padecer restricciones de todo tipo respecto a la comida, debido a frecuentes atoros y bloqueos en la tráquea causados por la hemiplejia. Ese régimen estricto, lo obligaba a comer papillas y líquidos. Sin embargo,  esa tarde liberado de su cuidadora, estaba desbandado engullendo canapés, e invitando entusiasmado a probar las exquisiteces.

No lo recordaba como un gran comedor, sino más bien como un hombre bastante moderado en la comida, y hasta delicado de estómago, acostumbrado a las atenciones culinarias prodigadas por su madre y su hermana María Inés, quienes nunca dejaron de agasajarlo mientras vivieron, y cuyas manos -aseguraba Ulises por aquellos años- estuvieron siempre benditas para el arte culinario.

En ese momento, viéndolo animoso y contento, se me vino el recuerdo de aquellos días, hundidos en un pasado superior a los cuarenta y cinco años,  cuando  solía acompañarlo a veces de compras al UNICOOP existente en aquella época. Repasé el recoveco de calles cruzadas, caracoleando en su clásica citroneta, muy seguro de sí mismo al volante, autoconvencido de su indudable pericia al volante. Los ítems infaltables en su dieta eran cuatro por aquel entonces: Nescafé, queso chanco, galletas de agua y una barra de chocolate amargo. No compraba otros productos, porque el almuerzo lo prodigaba la casa parroquial, y sólo necesitaba procurarse el desayuno.

Ulises Herrera Leclerc pasaba por un sacerdote moderno, en relación a sus contemporáneos del mismo oficio, cautivaba a las nuevas generaciones por su manifiesta irreverencia frente a ciertos ritos eclesiásticos clásicos, todavía respetados por feligreses y sacerdotes. Por ejemplo, no soportaba los reclinatorios en las iglesias, y por todas las que pasó en calidad de Párroco, los mandó a retirar sin vacilaciones de ninguna especie, aún a contra voluntad y alarma de la comunidad parroquial del sector, cuyas influencias no eran pocas. Algunas protestaban hasta con cartas al arzobispado de Santiago. Mientras  Ulises sostenía a modo de justificación de tales determinaciones, que el hombre debía mantener una relación directa con Cristo, de amistad plena, y para eso no había obligación de arrodillarse, porque a un amigo se habla de igual a igual. Esto atraía el interés y confianza de los jóvenes, quienes a pesar de su naturaleza contestataria e irreverente, todavía en esos años cargaban el peso de aquella conciencia culposa arrastrada por los siglos, y legada de generación en generación. La idea de ver a Cristo desde otra perspectiva, otorgaba mayor libertad y confianza en sí mismos a los creyentes, hasta ese entonces atados por ritos y normas rígidas.

Como buen cura diocesano, sin pertenencia a ninguna congregación religiosa en particular, no le gustaban aquellas iglesias recargadas de imágenes de vírgenes y santos, y solía sacar muchas de su lugar cuando se hacía cargo de una parroquia, o bien las mandaba a pintar de blanco para disimular un poco su presencia, aún a riesgo de ser tildado de cura hereje por más de alguna beata infaltable.

Bastaba -según decía- la imagen de Jesús, de María, y uno que otro santo, claro está, pero no un centenar, porque eso termina confundiendo la imaginación de los feligreses. De esa manera quería dar a entender que había que relacionarse  directamente con Dios. Todo lo demás no era más que populismo religioso, del cual no participaba en absoluto, considerándolo más bien una práctica pagana, alejada de sus creencias y principios. Esto no quería decir que no reconociera  santidad en los santos, pero prefería que no opacaran la figura de Cristo, como en efecto sucedía en las festividades religiosas populares.

También fue uno de los pioneros en otorgar el  sacramento  de la confesión cara a cara, conversado con el penitente en cualquier parte, sentados en una banca de la misma iglesia, en un  sillón de una casa, en un escaño del parque, o bien caminando por el patio parroquial al modo de los peripatéticos en la antigua Grecia, sin la obligación de ocultarse en esa intimidad aparatosa de un confesionario. Aunque dichos locutorios no los mandaba a retirar tras hacerse cargo de una parroquia, debido acaso a su indudable belleza estética en tanto muebles labrados en nobles maderas, en muy contadas ocasiones los usaba, salvo para confesar a alguna anciana exigente. Prefería dar dicho sacramento a rostro descubierto, dejando en claro de este modo al penitente, su mero rol de intermediario.

La misericordia de Dios no tiene límites, predicaba en una época todavía marcada por la idea de un dios castigador, e incluso, hasta vengativo, según esas interpretaciones. Esas secuelas medievales todavía estaban vivas por esos años en la clase conservadora, y más aún en la baja, a quienes se atemorizaba con la idea del Dios que está en todas partes, vigilando las acciones individuales.

A la hora de otorgar el Sacramento de la Comunión, a falta de hostias en jornadas fuera de la ciudad a los cuales asistía en calidad de Capellán de grupo, no se hacía ningún problema en bendecir una marraqueta para ofrecerla luego en trozos como pan de vida. Después de todo, sostenía en tales circunstancias, y bajo un clima solemne, comulgar no es otra cosa que compartir el pan, sentados todos en torno a una misma mesa. La Comunión por tanto es lejos el rito mayor del cristianismo, explicaba a veces. Pero definitivamente nadie lo entiende, continuaba después, gesticulando con ambas manos y sin dejar de mirar a sus interlocutores, a la manera de oradores públicos que saben hacer guiños y gestos corporales, a fin de fortalecer mediante su uso el proceso de la comunicación. En tales casos, repetía de manera rigurosa esos ademanes  característicos existentes en toda celebración religiosa católica, aprendidos de memoria en el Seminario.  Bajo tales circunstancias no aventuraba nuevos modismos, remitiéndose a las formas tradicionales de bendición con la mano derecha.

En su tiempo resultaba un cura especial, sino claramente revolucionario entre los sectores conservadores, quienes veían en su persona poco menos que la encarnación del mismísimo Satanás, o bien a un comunista en potencia, sobre todo durante esos años de gran efervescencia social en el país. Para otros, un religioso transgresor pero aterrizado, metido en la realidad, en el barro de la historia, sensible a lo cotidiano, al diario vivir, y conocedor de la miseria humana. Sus prédicas eran un cable directo a tierra firme, nada de idealismos  e interpretaciones fantásticas del Evangelio. En ellas hablaba del Cristo vivo en tanto hombre como cualquier otro, destacando su parte humana por sobre la divina. De esa manera conseguía llevar y poner a una persona en el lugar del otro, y -sin más- la conducía preguntarse a sí misma qué haría Cristo si en este momento estuviera en mi lugar. Esa reflexión eficaz y concreta, conseguía mayores cambios de conducta que cualquier otra, llevándolas al encuentro consigo mismas.

El cura Ulises sabía llamar al pan: ¡pan!; y al vino: ¡vino! Algo que en aquellos tiempos molestaba a muchos feligreses, porque preferían, o bien estaban acostumbrados a una interpretación del Evangelio más teórica que práctica, o acaso más profunda desde el punto de vista teológico, aunque al final no entendieran nada, era el comentario de Ulises cuando oía críticas a su estilo directo. Sin embargo, de esa manera, hablando claro y preciso, aterrizando ideas y evangelios, solía ganar un lugar en el corazón de generaciones más jóvenes, quienes por naturaleza conectaban de inmediato con ideas semejantes. A sus misas dominicales, acudía la juventud del sector en pleno, repletando el templo. Nunca faltó coro ni guitarra de acompañamiento durante sus misas, tampoco monaguillos ni ayudantes, porque muchos querían participar del entusiasmo pragmático y contagioso de aquel cura que hablaba en un idioma comprensible y juvenil.

Ulises, contrariamente al significado mítico de su nombre, el cual nos remite al invencible héroe griego, no era un hombre grande y musculoso como aquel, sino más bien bajo de estatura, porque bordeaba el metro sesenta, pero estaba dotado de una voz gruesa y potente que lo alzaba por encima de su real altura. Sus ojos color verdeagua también ayudaban a otorgar a su persona un carácter especial, sobre todo cuando se quitaba los antejos de hombre miope y dejaba sus luminosas pupilas al descubierto.

Desde luego, era un cura jovial, alegre y entusiasta. Le gustaban mucho los juegos de ingenio, y en las reuniones sociales a las que asistía, siempre deslumbraba a los contertulios imponiendo juegos novedosos, aprendidos en su juventud scout.

En esos años debió haber sido uno de los primeros en hacer terapia grupal o motivacional, diríamos hoy. Era un vanguardista, un coaching adelantando a nuestros días. En el fondo, un comunicador social que conseguía rápida audiencia y pasaba de guía espiritual  a líder entusiasta de la sana entretención. Ante cualquier tipo de grupo social, sin dejar de ser cura, podía transformarse en un eficiente motivador de diversión inteligente. Para jugar a las cartas era también ¡incansable!, y por supuesto que le gustaba ganar como a cualquier individuo, algo que en principio sorprendía a los más ingenuos, a quienes no podían dejar de verlo en su calidad de sacerdote, sin poder separar al hombre que hay detrás de cualquier investidura.

Cuando ganaba una mano, celebraba sus triunfos con gran júbilo, riendo a carcajadas y hasta muchas veces burlándose de los apesadumbrados y atónitos perdedores, vencidos por sus astucias. Poseedor de una inteligencia ágil  para organizar y reorganizar su mano de cartas. Constantemente estaba armando nuevas combinaciones posibles y apurando, al instante, el juego de sus contendores.

Esta habilidad para armar múltiples alternativas con los naipes, también la tenía para remover los muebles de su dormitorio u oficina, porque los reacomodaba para organizar el espacio de manera más creativa, tarea que resultaba muchas veces agotadora para los ayudantes. Había días en que daba vuelta la habitación completa, para al cabo llegar al convencimiento que había que volver a poner los muebles en su lugar de origen otra vez. En ese sentido, mantenía una lucha constante con el espacio exterior, lo que implicaba, pienso ahora, sus deseos de cambiar y modificar el mundo, de buscar las mil formas de hacerlo más grato y mejor, readaptando el espacio una y otra vez, sin cansarse, sin deprimirse, hasta hallarse conforme, agradado por el entorno y consigo mismo. Creo que por allí pasaba su mayor inquietud, una inquietud que por cierto, le procuraba hasta enemigos, porque las modificaciones de cosas y de pensamientos no son nunca bienvenidas en este mundo. Muy por el contrario, suelen ser aborrecidas, y hay que vivir -nos dice la historia- para entender a los hombres creativos. Cambiar a veces una cosa de lugar, resulta impensable para la mayoría, porque estamos llenos de paradigmas y arquetipos, verdaderos grilletes y cadenas del alma. Ulises en ese sentido, sería siempre un subversivo, un tipo creador.

También le gustaba mucho el cine, Cine en la Noche del canal 13 pasaba por uno de sus programas favoritos en esos tiempos, no se perdía así no más una película. Aunque el cine  francés era su mayor fascinación, y les gustaba verlas en el cine cada vez que podía. Reconocía a los actores y pronunciaba sus nombres con cierto aire de suficiencia, porque sabía bastante francés, aunque no al punto de poder hablar de corrido como hubiera querido hacerlo, pues siempre quiso o soñó tomar clases de aquel idioma de sus ancestros, pero sus actividades pastorales y tampoco el presupuesto de sacerdote se lo permitía. Su admiración por la cultura francesa le venía por el lado materno, y cuando venía al caso, sacaba a colación el hecho con indudable orgullo, mencionando a más de un héroe de la historia francesa que llevaba su mismo apellido. En algunas ocasiones, estando en campamento scout o jornadas grupales, solía cantar y enseñar a la concurrencia más de alguna canción en dicha lengua, modulando y gesticulando con un humor contagioso viejas canciones francesas. Antes de ingresar al instituto Luis Campino, donde realizó las Humanidades, había pasado en su niñez por los Padres Franceses.

El cura Ulises fue un líder para los jóvenes en todas las iglesias por donde pasó en el transcurso de su vida pastoral, ya en calidad de párroco o vicario ayudante. En Santo Tomás de Aquino, Santa Rita, Nuestra Señora de la Paz, Nuestra señora del Carmen, San Gerardo, Santa María Madre.  En cada una  destacó como líder de la juventud, creando grupos, particularmente agrupaciones de boy scout, donde se sentía más a gusto. Las agrupaciones de catecúmenos  en cambio, existentes en todas las parroquias, le interesaban menos,  veía en ellas un intento de apropiación e interpretación de la palabra divina que andaba siempre muy lejos -sobre todo para un cura pragmático como él- de la realidad. Y eso indudablemente no le agradaba, no le gustaban los creyentes fundamentalistas, aquellos que toman los textos bíblicos al pie de la letra. Así que cuando acudían a pedir su consejo, no tardaba en aterrizar a los más soñadores,  quienes además veían todavía en esos años en la figura del sacerdote poco menos que a la encarnación viva de Dios. En tales casos, Ulises bajaba al instante de aquel pedestal imaginario, mediante algún exabrupto verbal, porque frente a ese tipo de personas y situaciones, tenía el genio muy ligero y apenas soportaba a beatos y beatas cuando se ponían majaderas respecto a los asuntos divinos. Entonces solía dejar en claro que él no era sólo espíritu, sino  también hombre de carne y hueso con necesidades y urgencias tan vitales como ir al baño.

En todas las parroquias por donde pasó, fundó o lideró grupos de boys scout en calidad de Capellán. Era un entusiasta del scoutismo, y no se hacía ningún problema a la hora de vestir boina y pañoleta, dos prendas distintivas del movimiento a nivel mundial; mejor dicho, parecía lucirlas con cierto orgullo, como claras evidencias de su adhesión incondicional al ideario de Baden Pawell, fundador del movimiento a nivel mundial. Los métodos y prácticas propuestas por Pawell en sus libros, interpretaban y llenaban sus expectativas respecto a la forma de organizar grupos juveniles interactivos, y al mismo tiempo autónomos, capaces y responsables de dirigirse a sí mismos dentro de un marco de reglas establecido. Porque si bien el cura Ulises pasaba para algunos como cura revolucionario, a la hora del orden organizacional bien podía pasar a veces por lo contrario, dada su insistencia en normas imprescindibles y en la necesidad de líderes capaces de guiar el mundo siguiendo cierta normativa.

En ese sentido, reflexiono recién ahora, después de visitarlo en su cumpleaños, el movimiento scout mediante sus jerarquías establecidas, fundadas en el respeto e intereses mutuos, llenaba completamente sus expectativas respecto al manejo de de actividades grupales, porque sólo de esa manera se pueden lograr objetivos comunes y también personales. He ahí quizá su empeño e insistencia por fundar y asesorar estos grupos, sin escatimar nunca tiempo, energía ni entusiasmo para sacarlos adelante, dejando muchas veces de lado otras obligaciones.

Ulises tenía además buen ojo para escoger a los futuros líderes, capaces de encarnar aquel espíritu de camaradería, y pocas veces se equivocaba. Además, veía en el scoutismo una proyección ideal de la comunidad cristiana, donde es posible la convivencia cotidiana sin pasar a llevar a nadie, donde fraternidad y compañerismo no son imposiciones morales, sino el resultado natural de una relación respetuosa entre las personas. Además -y esto es muy importante- donde es posible la manifestación natural de la alegría, expresión afectiva que es fuente inagotable de juventud. Porque el grupo scout contagiaba a la comunidad por una alegría que está lejos de aquella forzada por las circunstancias, sino movida por el espíritu entregado al placer de sentirse vivo, de apreciar la naturaleza, el sol, la luna, la noche, el silbido del viento, el croar de las ranas…

A principios de los años 70, siendo vicario en la parroquia Santa Rita de la comuna de La Reina, fundaría el grupo Peñihuen, bajo la cooperación de jóvenes provenientes de su anterior parroquia, sumados a los nuevos que poco a poco fueron apareciendo a través de sus concurridas misas dominicales del mediodía. Se congregarían así más de cien jóvenes de distintas edades. Lobatos, rangers, scout y guías. Es decir, niños, adolescentes, jóvenes y adultos. La presencia de aquel grupo scout en dicha parroquia, sería memorable por esos años,  transformándose en un centro gravitacional de la juventud.

En un patio contiguo a la capilla, se levantó un gran galpón de madera para centro de reuniones, regalado a la agrupación por algún benefactor entre muchos existentes por esos años, en su mayoría en calidad de ex pertenecientes en su juventud a cofradías semejantes. En torno a dicho galpón prefabricado, los scout serían autorizados a construir los llamados rincones de patrulla, transformándose aquel patio en un lugar de encuentro durante los fines de semana. Allí las actividades serían  permanentes, un constante entrar y salir de jóvenes, quienes de paso servían también a la parroquia en sus laborales sociales, tales como los clásicos trabajos voluntarios durante el invierno, cuando solían desbordarse a menudo los canales, inundado las calles, y dejando miles de damnificados. El cura Ulises, por cierto, coordinaba y bendecía dichas actividades.

Por esos mismos años, el cura Ulises conducía una citroneta Azam color celeste de su propiedad, desteñida y desvencijada por el sol del verano y la lluvia implacable del invierno. Un regalo de familia, según se tomaba a veces la molestia de explicar, justificando probablemente ante la mirada inquisitiva de algún miembro de la comunidad, un lujo que un cura por sí mismo no podía darse. En ella solía desplazarse por la ciudad y trasladarse también a las afueras, en caso de  actividades existentes fuera de Santiago que requerían su presencia. Pero al volante se transformaba en un  conductor muy impaciente, cuando todavía en esos años circulaban contados automóviles por las avenidas, o pasaban más bien desiertas. Le molestaban sobremanera los conductores ineptos, aquellos que producían atascos innecesarios o giraban sin previo aviso, sin accionar el señalizador. Tenía mucha habilidad o imprudencia para meterse por los espacios más increíbles para adelantar y zafarlos, maniobrando hábilmente la complicada caja de cambios de su citroneta.

A la hora de estacionarse en alguna parte, no se hacía mayor problema en ubicar su citrola en un espacio mínimo, porque lograba moverla desde el volante como si se tratara de un reptil articulado. Muchas veces cuando  la estacionaba en alguna calle céntrica, al volver de sus diligencias la encontraba acorralada por un auto por delante y otro por atrás, sin dejarle ninguna posibilidad de movimiento. Entonces movido por la ira y ayudado por sus acólitos o el mismo cuidador de autos, la levantaba poco menos que en vilo hasta dejarla en posición de salida, sin dejar de maldecir la inconsciencia de los conductores que habían dejado atrapada a su pobre citrola. Recuerdo una ocasión en que fuimos al hoy desaparecido Café Santos, ubicado en pleno centro de Santiago. Un lugar al que a Ulises le gustaba ir de vez en cuando, donde los mozos conocían a toda su familia y lo atendían con especial cuidado. Al salir, encontramos la citrola atorada entre dos autos, y como éramos cuatro personas, tomamos cada uno un extremo y logramos liberarla, ante la expectación de los transeúntes, por cierto. Esa escena daría hoy día para una selfie inolvidable.

Siendo Capellán del mencionado grupo Peñihuen en La Reina, tuvo que asumir en un momento determinado obligaciones de verdadero padre de familia, tras la sorpresiva muerte del padre de uno de los jóvenes scout, quien junto a tres hermanos menores resultaron sin familia. A tal extremo llegaba su compromiso y entrega, que se vio en la obligación moral de acoger de un día para otro a los cuatro niños huérfanos, quienes en esos momentos no tenían a nadie más en el mundo que los acogiera, ni tampoco vivienda, porque la fatalidad a veces suele acompañarse de otras desgracias. La casa donde vivían estaba hipotecada, llena de gravámenes y prebendas, motivo acaso de la muerte súbita de un hombre agobiado por las deudas.

Este hecho insólito que conmocionó a toda la comunidad, sería significativo y determinante en la vida del cura Ulises, porque en lo sucesivo se encargó de alimentar y terminar la difícil tarea de educar a esos niños, transformándose en uno de sus grandes apostolados, donde acaso terminó cobrando completa realidad su pragmatismo de sacerdote con los pies puestos en tierra firme. Es probable que otro cura en su lugar hubiera delegado la situación a una institución o casa religiosa, alternativa que tal vez estaba al alcance de su mano en esos años, dada su condición de sacerdote, pero Ulises se sintió a tal punto tocado por la mano de Dios, o por su propio compromiso personal con los ideales pregonados a lo largo de su carrera sacerdotal, que optó por asumir personalmente el problema. En ese momento, se hallaba en calidad de rector del Colegio Santa Rita, y disponía de un espacio bastante amplio en sus aposentos para acogerlos al principio. Tiempo después se trasladaría con ellos a una casa en calle Monseñor Edwards, propiedad de un hermano suyo, acompañándolos allí hasta su crecimiento, hasta que pudieron volar e integrarse al mundo por sí mismos.

De poco sirven las buenas intenciones, solía decir en sus prédicas dominicales, lo más importante es la práctica, citando, por cierto, una de las frases acaso más impresionantes y potentes de Cristo: A los hombres, por sus obras los conoceréis. Esa tarde de su cumpleaños, me emocioné al oír a los hijos de esos niños de entonces llamarlo abuelo, siendo hoy adultos. Constituyen sin duda alguna su obra, una de sus mayores obras. Porque sin duda en su vida hubo también muchas otras.

A la hora de despedirnos aquel día de su cumpleaños, insistió en que lo acompañáramos a continuar la fiesta en su habitación, porque debíamos —por la hora— abandonar el comedor de la casa de reposo. Así de entusiasmado estaba, así de entusiasta fue a lo largo de su vida. Un coaching, un motivador, un gran amigo.

Vaya en estas horas tristes de su deceso, mi recuerdo y toda mi gratitud por su persona.

Miguel de Loyola – El Quisco – 16 de enero del 2021.

Un comentario en “Un cura vanguardista: Ulises Herrera Leclerc.

  1. Excelente retrato de un hombre que se dedico servir a su prójimo, modelando así a Cristo, quien dijo que no había venido a ser servido sino a servir. Algo que en estos tiempos de tanto individualismo se nos ha olvidado y nos hemos puedo tan egocéntricos al punto de ser egoístas, ya que servir requiere de renunciar a uno por amor a otro y es justamente ese amor el que esta en extinción. Gracias Miguel por compartir esta linda biografía. Faltan hombres y mujeres así.

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