Putú por los años 70, fragmento de la novela inédita Amores de Verano

putúPutú es un  pueblo de no más de cuatro calles situado a unos tres kilómetros del mar. Por las tardes la brisa marina refresca el ambiente tórrido del verano. Es un vientecillo que arrastra voces y hojas produciendo la sensación de transición hacia otros tiempos latentes en la memoria de sus habitantes. Su principal actividad en el pasado fue la agricultura. Su tierra producía y produce todavía las mejores lentejas del país, según se dice. Pero en la actualidad se ha transformando en un pueblo forestal, debido al auge alcanzado por el llamado oro verde.

Desde la instalación de la planta CELCO en Constitución, la costa del Maule se llenó de bosques de pinos. Tienen la particularidad de crecer y multiplicarse en poco tiempo, y han ido acabando poco a poco los bosques nativos, también los cultivos. Allí donde ayer se cosechaba trigo y lenteja,  ahora es preferible plantar un bosque. Además el Estado subsidia la forestación en la zona, y muchos se han hecho ricos de la noche a la mañana por ese medio. Un bosque de pinos rinde una fortuna imposible de logar trabajando el suelo con productos agrícolas.

Por las calles de Putú circulan ahora camiones cargados del llamado  metro ruma: árboles trozados para la planta de celulosa. Esos monstruos cargados con toneladas de troncos, levantan una nube de polvo impresionante, a pesar de la lentitud con que deben hacerlo por ley al cruzar una zona urbana. Son verdaderos tanques.

Aún así, Putú todavía sigue siendo un pueblo tranquilo, adormilado en medio del paraje, por donde transitan más carretas tiradas por bueyes que vehículos motorizados. Sus habitantes conservan viejas tradiciones ancestrales, algunas  medievales. Suelen llevar sobrero de paja debido al sol implacable en verano. Su hablar es campechano, y utilizan a veces modismos arcaicos, pertenecientes a otras épocas.

El mayor deseo de los jóvenes por estas tierras es poseer un caballo y el de los mayores, en disponer de una buena yunta de bueyes. El pueblo cuenta con oficina de correos y locutorio telefónico de aparatos todavía provistos de  manivela. Una llamada a Santiago tarda varios minutos en conectarse vía operadora. Resulta más efectivo el telégrafo que hablar por teléfono. La conexión telefónica es mala, se corta cada tanto, justo cuando se está diciendo lo más importante. Además una llamada cuesta una fortuna. En contadas ocasiones lo hacemos, sólo cuando se trata de algo urgente.

Hay un cartero que lleva la correspondencia a Carrizal desde la oficina de Correos de Putú. Es un hombre a quien llaman Juan Grande, debido a su estatura y corpulencia considerable. Usa sombrero de paño oscuro y se traslada de un punto a otro montado en un enorme alazán de chascas rubias, en cuyos lomos destaca a la distancia la alforja de la correspondencia.

A casa pocas veces llegan cartas. Las primas y mis hermanas pegan un grito cada vez que reciben alguna proveniente de la ciudad en vacaciones. A mi hermana la he visto derramar lágrimas tras recibir una carta de su novio. Juan Grande va y viene con la correspondencia una vez por semana, y sólo cuando se trata de un telegrama, lo entrega durante el mismo día, supongo que galopando de un punto a otro.  Lo hemos cruzado muchas veces en el camino de Carrizal a Putú montado en su alazán. A la distancia proyecta el aspecto de un pistolero del Lejano Oeste. Un John Wayne criollo les he oído comentar entre risas a los tíos.

Juan Grande vive en Carrizal. Pero también tiene casa y mujer en Putú. Debido a ese tránsito constante de un pueblo a otro, ha terminado por tener dos mujeres y dos ranchos. También se comenta que ve por un sólo ojo y con ese le basta, tiene la potencia de un catalejo. El otro lo mantiene tapado con un parche de pirata. El ojo lo habría perdido en una reyerta, cuando pasado de copas se enfrentó  a tres hombres juntos. Sin embargo, aquí nada se puede tener por cierto y seguro, cada cual cuenta su historia propia.

Miguel de Loyola – Santiago – Año 1980.

Un comentario en “Putú por los años 70, fragmento de la novela inédita Amores de Verano

  1. Me recuerda las clásicas novelas decimonónicas en las cuales el narrador mostraba
    antes que nada y minuciosamente el espacio en el que se desarrollaría el acontecer.
    Pero de esta descripción se desprende ya cierta atmósfera psicológica, el semi aislamiento
    de este asoleado y polvoriento pueblo -cartas una vez a la semana, comunicación telefónica deficiente, etc.- introduce al lector en un microcosmos bien logrado y con su dejo de fascinación.
    Esta primera página evoca el comienzo de cierta sinfonías que insinúan vagamente un tema
    para luego derivar en otros vacilando entre ellos para, poco a poco, abordar el definitivo.

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