Hay que tener cuidado

1112-baquedanoSalir a la calle en estos tiempos se ha vuelto peligroso. Uno no sabe con qué clase  de loco se va encontrar en la próxima esquina, en el supermercado, en la farmacia, incluso en una librería, lugar menos probable por apacible, pero también sucede. Personas desquiciadas pululan por todas partes, son semejantes a los fantasmas de ayer; seres que poblaban el imaginario de nuestros antepasados, apareciendo y desapareciendo en medio de las tinieblas en cualquier momento, con la diferencia que ahora son reales, de carne y hueso, y pueden complicarnos la vida en cualquier momento.

Si vas conduciendo un automóvil, en el momento menos esperado alguien te golpea violentamente la ventanilla en señal de protesta. Se trata de un ciclista que no has visto mientras girabas a la derecha. Y claro, no podías verlo si venía contra el tránsito, rompiendo las reglas mínimas de la Ley. ¿Qué pretende?

Son tipos imprudentes que no vacilan en sindicarte de victimario, mientras ellos asumen el rol de víctimas, cerrando la discusión sin más trámite.  Ocurre lo mismo con los motoristas. Aparecen por cualquier parte y en el momento menos esperado, pero al menos esos se oyen. Se oye el ronco ronronear de sus motonetas, en cambio los ciclistas son silentes, aparecen y desaparecen a cada instante. Son peligrosos. No digo todos, sino algunos. Hay que andar atento

Hace unos días tuve la mala ocurrencia de llamarle la atención a uno que obstruía el paso del tránsito de manera grosera, cruzándose entre los automóviles en movimiento, y el tipo me tapó a insultos y garabatos del más grueso calibre. Veinte años atrás me habría bajado a darle un puñetazo, pero la única ventaja de la vejez está en ponernos más cuerdos o más lentos. Si me pongo a pelear con el muchacho, habríamos terminado los dos presos, y además con algún hueso roto.

Seguí en consecuencia en marcha por la avenida, mordiendo la rabia, la impotencia, la afrenta de recibir una descarga de insultos por parte de un desconocido, de un jovenzuelo además que todavía no ha aprendido a sonarse la nariz, habría gritado indignada mi madre, mujer que sabía ponerle el punto a la i en tales casos, mujeres así ya no existen, claro, y cuánta falta hacen.  Por eso el joven se siente dueño de la verdad, de su derecho a esto y lo otro, sin haber vivido, sin tener historia, sin tener una madre que lo ponga en vereda…

El hombre sólo tiene historia cuando cuenta con más pasado que futuro. Eso lo descubrí hace muchos años atrás, al cumplir cincuenta. Fue un día terrible, doloroso. Estaba frente al espejo mirando por última vez un rostro que comenzaría a desdibujarse, a perder sus líneas, a desmoronarse poco a poco.  El teorema no entraba en mi cabeza. Sí, más pasado que futuro… ¿será posible?

Es triste, pero es así, y uno haría bien en comprenderlo cuanto antes.  Sin embargo, la modernidad esconde tales misterios.  Se ha tomado por costumbre esconder la verdad, aunque se caiga de madura.  Ya lo dijo el tango: “Igual que en la vidriera irrespetuosa / De los cambalaches se ha mezcla’o la vida / Y herida por un sable sin remaches / Ves llorar la Biblia junto a un calefón//  Si es lo mismo el que labura / Noche y día como un buey / Que el que vive de las minas / Que el que mata, que el que cura / O está fuera de la ley.”

Ahora cualquier mocoso se da ínfulas, se siente dueño y portador de la verdad. En los liceos y universidades ni hablar. Los profesores han tirado la esponja, agotados de nadar  contra corriente. En asuntos políticos, muchos jóvenes dictan cátedra, sin haber gobernado todavía ni su propia casa.

A veces pienso que el mundo comienza a pagar las consecuencias. Los desórdenes sociales  en la metrópoli podrían servir de ejemplo. Los tipos destrozan las ciudades a vista y paciencia de la gente, y la policía hace vista gorda, atada de pies y manos por las nuevas instituciones moralistas. La nueva iglesia habría que llamarla, adelantándose un poco hacia el futuro, como de seguro la llamarán a la hora del recuento final de la historia. La nueva inquisición, que en vez de prohibir, permite. Permite que los jóvenes hagan su voluntad. Cabe preguntarse por qué lo hacen, aunque la respuesta para un viejo puede resultar obvia.

La metrópoli se ha vuelto un asco debido a los desalmados que cada viernes asolan los sectores céntricos, impidiendo el libre tránsito de las personas y de quienes habitan el sector. La vida nocturna en la zona se acabó, junto a los restaurantes, hoteles y cafés, todos rematados a peñascazos. Sin embargo, nadie acusa recibo, dejando que el caos  aumente. Los políticos no se atreven a condenar los excesos. Temerosos de perder la comodidad de sus asientos en el Congreso, callan. Las instituciones públicas se derrumban en silencio, dejando el espacio libre a la barbarie. Después de una época de esplendor, suele llegar la decadencia: ¿Será cierto?

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Febrero, 2021

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