Crónica del día

foto3—¿Por qué tengo que escribir si no quiero hacerlo hoy?

—Necesitas ganarte la vida, muchacho, esa es la cuestión. Y aquí te están pagando para que escribas una crónica diaria.

—No me importa morir de hambre, contestó el joven periodista, enseñando un rostro subversivo.

—Entonces, púdrete, dijo el jefe de redacción ofuscado y dejó a Lorenzo sólo, sentado frente a la máquina de escribir. No se trataba de la primera vez que debía llamarle la atención al muchacho. Lo tenía harto, y deseaba mandarlo al infierno cuanto antes, pero el editor lo mantenía instalado allí. Sus crónicas concitaban el interés de la juventud.

Lorenzo se levantó de la silla, dio un par de vueltas por la sala de redacción, luego volvió a sentarse con un cigarrillo encendido, echando humo por boca y nariz. Puso una hoja en blanco en el rodillo y comenzó a escribir: Aquí se obliga a escribir. Esta vez yo no tengo nada que decir, no me nace hoy, pero el jefe de redacción lo exige y amenaza. En consecuencia, debo escribir, de lo contrario me arriesgo a perder el puesto. Y en estos tiempos, válgame dios… En estos tiempos y también en otros, un trabajo no se puede perder. Es algo evidente,  pero…  Escribir sin ganas no sirve. Hay que escribir con el alma en un hilo. Así lo dicen los grandes escritores de todos los tiempos. Escribir embebido, emborrachado por las ideas, loco. Sí, demente, transportado por la idea de que si no lo haces te mueres. Y vaya si no hay diferencia entre escribir desganado a hacerlo animoso. Las ideas son otras, la mente capta redes en el universo que de otra manera no percibe. Las palabras fluyen, caen solas, flotan en el aire, y el escritor las recoge como esa manzana de Newton que tanto a dado que hablar al mundo. De lo contrario las palabras no hablan, permanecen estáticas, inaprensibles, presas en una red, congeladas.  Hay que escribir indilgado por una idea fija, persistente, que no te deja en paz hasta que la sueltas en el papel, hasta que no la vez impresa, sosegada por fin en la celda de tinta. De lo contrario las ideas no se expresan debidamente, se divaga, se pierde el sentido a cada instante y es mejor no escribir.

La crónica de Lorenzo ese día sería la más leída. Pero fue la última.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Marzo del 2021

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