A propósito del prólogo

prologoLos prólogos en mi opinión están demás en los libros de creación. Sin embargo, hay quienes insisten en ellos, en anteponerles alguno. Creen que si sus libros son prologados por alguien conocido del mundo literario, tendrán éxito, mayor valor, mejor llegada. Pero no hay tal, los libros se salvan sólo por sí mismos, no por su prólogo, aunque lo haya escrito Neruda, a quien en su tiempo se los pedían a montones.

En mi caso, rara vez leo un prólogo, no acostumbro a hacerlo, siempre he sabido que son favores entre escritores, vueltas de manos. Se sabe además que el prologuista debe hablar bien del libro, aunque no sea un buen libro. Esa es la cuestión principal. Lo sabe todo el mundo, pero pertenece a esa clase de mentiras que dejamos pasar como verdades.  Es decir, si el prólogo habla bien del libro, el libro es bueno. Falso. El libro resulta la mayoría de las veces lo contrario.

Los libros que realmente requieren de un prólogo son los libros de estudio, aquellos que tratan una materia en particular y que resulta necesario anticipar al lector para que no pierda el tiempo buscando lo que no va a encontrar. Pero los libros de creación literaria, los cuentos, las novelas, los poemarios, son siempre una apuesta personal que el creador debe enfrentar a solas, sin involucrar a otros. Bien sabido es que el camino del artista es un derrotero escabroso: triste, solitario y final, parodiando a Soriano.  

No es ético hablar bien de un libro malo, pero se hace, y acaso de allí los problemas que enfrenta la cultura. Nadie se atreve a decir la verdad, o lo que realmente le parece. Esa es la cuestión. Se apela a la conciencia del otro en términos de solidaridad cuando para el caso no cabe exigirla. La creación artística es siempre un desafío personal que no puede traspasarse a otros. Nadie puede avalar nuestra obra en términos de favor solidario: nadie. Es una vergüenza, una falta de ética que lleva a la cultura al menoscabo de sí misma, a la confusión de sus principios elementales. Es lo que ocurre en política, y por eso estamos como estamos. La honestidad se ha vuelto de mal gusto, es preferible la hipocresía.    

Es evidente que los artistas necesitan darse a conocer, pero el camino no lo puede cimentar otro que no sea la obra del propio artista. Ni aún la mejor publicidad ha conseguido, por ejemplo, sostener obras de mala calidad. El mercado está lleno de fracasos en ese sentido, aunque no lo parezca. Obras por la que se han invertido millones en darlas a conocer, y nada. Hasta el mercado se vuelve exigente al máximo en esta materia. En cambio, otras sin difusión alguna consiguen el lugar de privilegio que les corresponde por su propia naturaleza.

Los prólogos en los libros de creación literaria confunden al lector. Entregan una visión amañada, rebuscada, predispuesta a destacar valores en los textos aunque no tengan ninguno. Y bien sabemos los lectores de la importancia de enfrentar un texto con absoluta libertad, sin prejuicios, sin ideas preconcebidas, y además falsas, impuestas a la fuerza. Recordemos que un libro de creación es un territorio que cada lector debe explorar por sí mismo. Es una aventura para el lector y una apuesta personal para el escritor. Entonces buscar que otro nos introduzca en esa aventura no ayuda, al contrario, le quita lo natural que tiene toda aventura en sí misma: el encuentro con lo inesperado.

Ahora bien. Cuando una obra ha sido reconocida, recién cabe un prólogo tendiente a destacar las razones por las cuales ha sido reconocida por los lectores. Recién entonces puede cobrar sentido e interés la opinión de un especialista.  Nos ayudará a mirar allí donde nosotros no hemos visto, pero bajo la sólida estructura que ella misma ha construido.

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – 2021

2 comentarios en “A propósito del prólogo

  1. Te encuentro toda la razón. Yo pienso que un prólogo debe operar como una hoja de ruta para un lector que busca caminos para abandonarse a la aventura lectora.
    Pero debo reconocer que yo, por lo general, no leo los prólogos. Ellos deberían ser epílogos para que el lector, al terminar la lectura, pueda dialogar con la mirada del prologuista acerca de la obra.

  2. “Que yo sepa, nadie ha formulado hasta ahora una teoría del prólogo. La omisión no debe afligirnos , ya que todos sabemos de qué se trata. El prólogo, en la triste mayoría de los casos, linda con la oratoria de sobremesa o con los panegíricos fúnebres y abunda en hipérboles irresponsables, que la lectura incrédula acepta como convenciones del género”.
    Borges dixit.

    Tal vez cabe agradecer más de alguno.

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