Autopista del sur

El escritor argentino Julio Cortázar fue un adelantado cuando escribió “La autopista del sur”, cuento de su autoría que pone al lector en medio de un gigantesco taco automovilístico a las entradas de París. Hoy, cincuenta años más tarde, en nuestros lejanos países está sucediendo exactamente lo mismo. Las calles de Santiago de Chile, por ejemplo, ya no soportan mayor cantidad de autos, a pesar de las vías concesionadas que buscan descongestionar las estrechas arterias de la ciudad. La invasión de autos es cada vez más alarmante y cabe preguntarse qué va a pasar en 10 años más, cuándo la población vehicular supere en un cien por cien a la actual.
Sin duda, el Transantiago ha hecho un aporte importante también al problema, incitando a los santiaguinos a comprar más autos con tal de librarse de las dificultades de locomoción creados por este obtuso sistema de movilización pública, sin avizorar que un auto más en la calle, es una gota más al vaso de agua a punto de colapsar. Ninguna de las medidas posteriores tendientes a corregir las enormes deficiencias del sistema de transporte público han contribuido a mejorar el plan piloto inicial, sólo han conseguido incitar a los propios usuarios a comprar su propio sistema de locomoción para resolver su problema particular. Otra aberración que pone en evidencia la falta espíritu visionario del plan. Es (más…)

Cuentos del Maule, El Gringo

El gringo enamorado.

Humberto Miller llegó con la cuadrilla que vino a instalar las cañerías para el agua potable. Después, echó raíces en el pueblo. Se enamoró de Aurora, la hija mayor del viejo Aníbal, dueño del único almacén existente en diez kilómetros a la redonda. La muchacha tenía unos ojos negros penetrantes, clavaban igual que las espinas de los nardos. En el pequeño poblado era la estrella, como lo son algunas mujeres en el cine. Cada vez que salía de su casa cargando los baldes de aluminio en busca de agua al pozo, no le faltaba el ayudante. Los hombres corrían a socorrerla, cualquiera fuera el requerimiento. A los dieciséis años, ya había aprendido a sacarle algún partido a las miradas masculinas.

Esa mañana la cuadrilla de trabajadores se encontraba arriba del camión con sus cachivaches amontonados junto a la baranda, cuando Aurora apareció gritando a viva voz, y en medio de las risotadas de los trabajadores, que el Gringo -porque así lo llamaban sus amigos de faena en directa alusión al color de su pelo- no podía irse con ellos. Que no podía largarse así no más, gritaba, porque un hijo suyo esperaba ella.

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El Mochilero

 

Todo comenzó como en las buenas películas, apenas me bajé del camión, ya tenía un harem de mujeres a mis pies. Por supuesto no precisamente allí, sino un poco más allá, allí frente a la plaza, donde había mucha agitación en torno a un escenario improvisado, demasiadas cabelleras llamativas, negras, rubias, colorinas, castañas; demasiados cuerpos femeninos con bluyines apretados; risas, música, onda en definitiva. Gran bailoteo gran, calculé de inmediato, y con lo que me gustan los bailoteos, parezco mono porfiado, me tienen que sosegar a palos cuando me da por bailar. Una vez estuve bailando hasta que se acabó la noche, la reventó la luz del día de un solo cuete. Un Año Nuevo creo que fue.
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